lunes, 17 de julio de 2017

El cigarro francés, un furor de ventas en los tiempos de Sarmiento y Avellaneda

De los tres grupos genéricos apuntados bajo el encabezamiento de este blog, el tabaco es el menos estudiado por la investigación histórica. Salvo dignísimas excepciones (1), lo que atañe al dispendio argentino de cigarros, cigarrillos, rapés y demás derivados cuenta con escasas referencias enfocadas en su pasado, no obstante haber sido uno de los segmentos más dinámicos del comercio exterior y de la industria nacional. Incluso es bastante ignorado por los historiadores economistas, quienes rara vez apuntan su formidable papel como fuente de ingresos fiscales, tanto por los derechos aduaneros de importación (dominante hasta 1890) como por la existencia posterior de una manufactura vernácula considerada -en sus buenos tiempos- la más importante de Sudamérica. También nosotros hacemos un mea culpa:  no le hemos brindado aquí toda la atención que merece, pero al menos logramos subir algunas entradas relativas al tema y crear Tras las huellas del Toscano, que es una derivación para el examen específico de la rama italiana.


En ese orden de cosas, el repaso de antiguas estadísticas aduaneras permite advertir cierta procedencia europea ubicada durante varios años entre las primeras posiciones. Hablamos de Francia y de un éxito que comenzó a finales de la década de 1860 y se extendió hasta 1880. El lapso en cuestión coincide muy bien con los períodos presidenciales de Domingo Faustino Sarmiento (1868-1874) y Nicolás Avellaneda (1874-1880) citados referencialmente a título de encabezamiento. La data portuaria de la época abunda en ejemplos para referir, pero elegimos un cuadro muy ilustrativo de importaciones arribadas en 1874 donde los ejemplares franceses encabezan con holgura el rubro cigarros acusando la friolera de 18.273.000 unidades, seguidos por los alemanes (9.187.000), italianos (9.086.000) y paraguayos (7.029.000). Como dijimos, ese “veranito” del humo francés en Argentina duraría sólo hasta fines del decenio (2), pero aun así parece interesante conocer algo sobre tan curiosos especímenes, originados en un país que hoy no asociamos ni remotamente con la industria de los cigarros de hoja.


Lo cierto es que Francia supo ser una verdadera potencia tabacalera reglamentada a modo de estanco (3) desde 1811, cuando Napoleón Bonaparte creó la Regie des Tabacs. Hacia1870, en pleno auge del tabaco francés por nuestras latitudes, dicha repartición controlaba enormes factorías, cuya nomenclatura completa de ubicaciones llegó a ser la siguiente : Bordeaux, Châteauroux, Dieppe, Dijon, Issy-les-Moulineaux, Le Havre, Le Mans, Lille, Lyon, Marseille, Metz, Morlaix, Nancy, Nantes, Nice, Orleans, Pantin, Paris Reuilly, Riom, Satrsbourg, Tonneins, Toulouse y Vesoul. Las imágenes de abajo corresponden a una de ellas, la Manufacture Nationale des Tabacs de Nancy. Si apreciamos la magnitud del edificio, imaginamos  su volumen productivo, entendemos que había más de veinte plantas similares y consideramos que existía una fluida relación comercial con Argentina (gran importadora por entonces), ya no resulta tan sorprendente aquel éxito de los tabacos galos en estas tierras lejanas. Con el paso del tiempo, la industria francesa del puro se redujo a la mínima expresión y sus tabacos desparecieron de los comercios argentinos.


Una caja de Picaduros comprada en Burdeos hace casi una década que todavía obraba en mi poder me dio la idea de fumar reflexivamente y volcar aquí algunas impresiones de comparación histórica. Los Picaduros son unos legendarios cigarros pequeños y económicos que se remontan  a finales del siglo XIX. Durante la mayor parte de su historia fueron hechos con materia prima cultivada en la misma Francia  (4), y aunque no sabemos si eso continúa siendo así, el hecho de haber sobrevivido al eclipse de la industria gala de los puros los convierte en símbolos del otrora popular y genuino tabaco europeo. De lo que sí estamos seguros es de su armado a máquina, evidente por la prolijidad y uniformidad de un formato cilíndrico con  calibre apenas menor en lo que sería el lado de la “boquilla”. El encendido es rápido al igual que toda su combustión y tiro; no hay dudas de que estamos frente a un producto de consumo bien masivo, pensado para reemplazar ocasionalmente al cigarrillo de papel (ver publicidad de los setenta ubicada junto a este párrafo). No obstante, el sabor es rico, de cuerpo medio -o sea, ni muy suave ni muy fuerte- levemente picante, generoso en humo y con final agradable. No tiene la complejidad de un habano ni la potencia de un toscano, pero se perfila como un cigarro abordable en cualquier momento del día, y eso era una enorme virtud en las últimas décadas decimonónicas.



















Seguramente experimentamos algo parecido a lo que percibieron tantos argentinos y extranjeros residentes en los días formativos de nuestra nación, hace ciento cuarenta años. Y precisamente de eso nos ocupamos en este blog: rescatar del olvido viejos hábitos de la vida cotidiana argentina.


Notas:

(1) Que son el libro La historia del tabaco de Juan Domenech (publicado en 1940) y el C.P.C.C.A  (Cigarette Pack Collectors Club of Argentina), cuya web compendia una excelente labor surgida del coleccionismo de marquillas e incluye algunos trabajos bibliográficos accesibles en soporte virtual. http://cpcca.com.ar/es-index.htm
(2) A partir de 1880 comenzó a verificarse un crecimiento sostenido de los puros italianos, que se volvió  irreversible para 1885. Diez años después sus cifras de importación eran  mayores a las de todos los demás países juntos. Nótese la importancia porcentual de cada procedencia en el siguiente cuadro del bienio 1894-1895 (expresado en kilos: 1kilo equivale a 200 cigarros) y compárese con el cuadro de 1874 subido antes (expresado en miles de unidades).


(3) Monopolio estatal que regula la fabricación, comercialización y venta de ciertos productos. Desde el siglo XVIII hasta la segunda mitad del XX fueron varias las naciones europeas que utilizaron este sistema, en especial para tabacos y alcoholes.
(4) Le tabac en France de 1940 a nos jours: histoire d’un marché. Eric Godeau, 2008.

jueves, 15 de junio de 2017

Botellas y vajilla 2: del lebrillo artesanal de barro a la loza industrial whiteware

Siempre vale la pena recordar el siguiente concepto básico de los consumos argentinos históricos: no sólo es importante saber qué comían y bebían los habitantes de este país, sino también cómo y dónde. Siguiendo ese razonamiento, un adecuado encuadre respecto a los entornos y las formas puede decirnos mucho sobre las distintas clases sociales, los diversos ámbitos geográficos y los momentos específicos que atañen a ello. En esta segunda y última entrada de la serie dedicada al tópico de botellas y vajilla consideraremos los objetos cerámicos en función de sus tan interesantes como poco conocidas modificaciones durante los tiempos fundacionales y formativos de nuestra república, que se extendieron desde la misma Independencia de 1816 hasta los años del centenario en 1910.


Hablando concretamente del período señalado, digamos que la mesa de la etapa post-colonial estuvo marcada por cierta dualidad de productos. Los artículos importados desde España y Francia  eran caros y estaban limitados a las clases acomodadas, mientras que para el resto de la población existía  una amplia variedad de contenedores cerámicos mucho más económicos (1), de tradición tanto hispano americana como llanamente indígena. Los expertos tienen nombres y clasificaciones bien concretos para cada tipo: verbigracia, la variedad denominada Buenos Aires Evertido estaba cepillada en superficie y cubierta por una pintura conocida como monocromo rojo, a veces aplicada íntegramente y otras sólo en la parte exterior. Ciertas piezas provenientes del resto de América fueron muy populares hasta las primeras décadas del siglo XIX y tenían rasgos que las hacían fácilmente identificables entre sí, como las de Panamá (pasta rojiza), las de México (tonos pálidos asalmonados) o las de Perú (esmalte verdoso). Ello permite individualizarlas aún hoy en ocasión de hallazgos arqueológicos, que ciertamente son bastante numerosos.


Por ese entonces, los implementos que vestían la mesa eran escasos y estaban limitados a los usos esenciales: platos, lebrillos, vasos (o copas, muy raras hasta 1850), fuentes y alguna que otra sopera. Pero en la segunda mitad de la centuria decimonónica sucedió que la cultura europea vino a complementar la acelerada revolución industrial para concebir toda clase de utensilios con funciones y propósitos bien determinados, como potes, saleros, salseras, mantequeras, azucareras, fruteras, platos playos, platos hondos, platos de postre, juegos de té, juegos de café y muchos otros. Como bien dice el arquitecto, arqueólogo y amigo de este blog Daniel Schavelzon, “se hacía  necesario reponer las piezas rotas por otras idénticas, lo que era imposible para la artesanía. La producción industrial comenzó entonces a brindar la posibilidad de adquirir juegos de mesa con piezas reemplazables en el comercio a costos razonables y variedad en el catálogo, dejando de lado la tradición  de los artesanos.” (2)


No obstante, los tipos de loza más extendidos en el mundo occidental de la época se remontan al siglo XVIII, cuando un fabricante inglés llamado Josiah Wedwood creó dos variantes rápidamente exitosas por baratas, delgadas, livianas, fuertes, fáciles de limpiar, mantener y reemplazar, sin olvidarnos de que poseían virtudes desconocida hasta entonces. ¿Cuáles eran? Muy simple: permitían variar el motivo de la decoración en cualquier momento, total o parcialmente y sin modificar el rango de precio. Estas lozas, conocidas como Creamware (1760) y Pearlware (1780), dominaron la escena aproximadamente hasta 1830 y luego fueron reemplazadas por la aún más barata y abundante Whiteware, llamada así porque su tonalidad era marcadamente más blanca que las dos anteriores, sin tendencia a volverse amarilla con el paso de los años (3). De hecho, muchos historiadores especializados en el tema sostienen que la asociación popular entre la loza amarillenta y lo viejo es quizás una herencia de esa época. Al respecto, Schavelzon cita una reseña del médico Eduardo Wilde (3) tras su visita a un orfanato en el año 1874, donde señala: “en uno de los cajones había una fuente de loza, de esas que de viejas se ponen amarillentas…”


Hacia 1880, los implementos cerámicos de todo tipo se volvieron furor hasta el punto de adquirir una categoría de ornamento, muchas veces  llevada al borde del paroxismo. La gente no sólo acumulaba juegos de vajilla para distintas ocasiones, sino también floreros, portarretratos, bacines y complejas figuras de supuestas procedencias extravagantes, mejores cuanto más lejanas. En La Gran Aldea, Vicente Fidel López describe la decoración de cierta casa mencionando “hojas exóticas en vasos japoneses y de Saxe, enlozados pagódicos y lozas germánicas: todos los anacronismos del decorado moderno.” Tal panorama fue modificándose a partir de la Primera Guerra Mundial con la aparición de materiales novedosos y competitivos, primero importados y luego nacionales. Si lo pensamos un poco, el vidrio barato y el plástico son dos símbolos del siglo XX que contrastan cronológicamente con los materiales cerámicos del XIX, marcando la evolución social y tecnológica de la humanidad desde un enfoque poco habitual: el de la vida doméstica.


Ahora sabemos bien que aquellos juegos de vajilla de la abuela -aparentemente innecesarios y reiterativos- no estaban allí por capricho. Todo lo contrario: formaron parte de las costumbres sociales durante los tiempos en que la palabra Argentina iba cobrando significado.

Notas:

(1) Siempre hablando de los grupos que hoy llamaríamos “dentro del sistema”. En estratos más humildes y ciertas regiones alejadas de los centros urbanos las costumbres eran  muy cerriles y podían verse cosas bien rústicas, como escudillas de madera, lebrillos de barro común o cuernos bovinos utilizados como vasos.
(2) Historias del comer y del beber en Buenos Aires, Editorial Aguilar, 2000.
(3) La Pearlware no se ponía amarilla como la Creamware, pero estaba cubierta por un baño de cobalto que le infundía un tono azul característico. La triunfadora Whiteware (que básicamente aún utilizamos con pocos cambios) es realmente blanca, sin desviaciones cromáticas de ningún tipo. Por supuesto, esto no incluye las eventuales decoraciones que pueden agregársele por encima.
(4) Personaje destacado de la llamada Generación del Ochenta, prolífico escritor, viajero incansable y Ministro de Justicia e Instrucción durante el gobierno de Roca. 


miércoles, 24 de mayo de 2017

Botellas y vajilla 1: gres versus vidrio en los antiguos envases de ginebra

Aunque tienen siglos de existencia como bebidas semejantes, aún hoy se discute profusamente sobre la verdadera naturaleza del gin y de la ginebra. ¿Son sinónimos o no? Los orígenes insulares británicos o europeos continentales, la destilación directa o la mezcla de alcoholes, la presencia exclusiva de bayas de enebro o la adición de componentes aromáticos complementarios, entre otros, son los ejes de esta antigua controversia. Pero se trata de un debate que, francamente, nos importa muy poco. Nuestra indiferencia se basa en razones del más puro orden práctico histórico, puesto que tales rótulos sirvieron indistintamente para nominar un único aguardiente de amplio consumo en todo nuestro territorio, y muy especialmente en los entornos campestres. Lo que sí nos interesa es otra dicotomía (ya no de nombres, sino de envases) que lleva a preguntamos: ¿cuál era su modo de presentación más común? ¿El típico porrón largo y cilíndrico de gres, o la no menos tradicional botella cuadrada de vidrio?


En los registros aduaneros del siglo XIX resulta posible discernir una miríada de contenedores con diversas formas y tamaños, pero eso no nos dice nada sobre su material constitutivo. Exceptuando algunos ingresos aislados en cascos de madera (que fueron esporádicos hasta el decenio de 1860, para luego desaparecer), las descripciones pasan siempre por botellas, frascos (apuntados sueltos o en cajones de 12 unidades) y damajuanas. Todos los mencionados pueden ser tanto de gres como de vidrio (1), lo que nos deja sin contestar  la pregunta fundamental. Algunos años más tarde, ya en las postrimerías decimonónicas, la ginebra pasó a fabricarse localmente, aunque las publicidades y testimonios del sector son igualmente poco útiles. Entendamos una cosa: hay infinidad de bibliografía relativa a historia, fabricación y uso de ambos materiales en los países del Viejo Mundo, pero lo que aquí nos concierne se reduce exclusivamente a su dispendio vernáculo. En definitiva, ¿qué tipo de botella era más frecuente en la Argentina de los viejos tiempos?


Sabemos que el gres es una cerámica de alta calidad y gran resistencia usada desde antiguo para fabricar envases, mayormente de cerveza (2) y un poco menos de ginebra (3). No obstante,  hablando de esta última bebida,  los hallazgos arqueológicos realizados en nuestro país no parecen demostrar que el uso del gres haya sido tan común como el de vidrio, cuyo empleo sí llegó a modelar una típica botella cuadrada con algunas variantes de formato y tamaño que aún hoy conocemos como “de ginebra”. Según Paula Moreno, en su trabajo Botellas cuadradas de Ginebra (4), para finales del siglo XIX se producían masivamente case bottles (así se las conocía) vidriadas en Alemania, Francia, Bélgica e Inglaterra con capacidades variables, siendo más frecuentes la pinta (0,57 litros) y el cuarto de galón (1,14  litros). El formato de cuatro paredes laterales contaba con dos singulares variantes: una de caras paralelas y otra de tipo tronco piramidal, algo más angosta en la base que en los hombros.


Curiosamente,  las dos marcas de ginebra más famosas y longevas en la historia nacional (primero importadas y luego fabricadas aquí) no ayudan mucho a aclarar el asunto. Tanto Bols como Llave utilizaron gres y vidrio en distintos períodos, si bien la primera quedó definitivamente más estereotipada con el porrón cerámico (del que hizo amplia publicidad) y la segunda con la botella cuadrada, que de hecho aún hoy utiliza. El resto de lo que se importaba desde Europa en tiempos de la Belle Époque parece haber arribado en envases de vidrio de acuerdo con sus rótulos comerciales y tipos emblemáticos entre 1880 y 1920, es decir Néctar, Fockink, Burnetts (marcas) y Old Tom (tipo), por mencionar algunos. Nada indica que algo distinto ocurriera en los ejemplares finiseculares de elaboración nacional. Pero todavía nos queda pendiente  la cuestión  central que nos habíamos propuesto analizar.


En rigor de verdad, a falta de registros fidedignos e  irrefutables, no hay manera de saber si un material fue más utilizado que el otro durante la primera mitad del siglo XIX. En las décadas posteriores se incrementó el arribo de marcas internacionales reconocidas, como las que mencionamos en el párrafo anterior, y lo cierto es que la gran mayoría utilizaba la botella cuadrada de vidrio. Pero hay un dato que inclina la balanza con mayor fuerza en favor de los receptáculos vidriados. En efecto, numerosos testimonios fotográficos relativos a la pretérita vida en el campo argentino, atesorados por coleccionistas, museos y reparticiones públicas, no dejan dudas sobre el extendido consumo de ginebra y su inequívoco fraccionamiento vítreo, mientras que el gres brilla por su ausencia. Seleccioné un par de imágenes conocidas y difundidas largamente por el Archivo General de la Nación. Los respectivos recuadros ampliados permiten incluso advertir las dos variantes de las que hablamos antes: en la primera se observa sin inconvenientes el modelo con caras paralelas (hasta se distingue la típica etiqueta de Llave) y en la segunda el tipo tronco piramidal. Resta decir que este último era particularmente común entre las acreditadas casas inglesas de Gin, lo cual prueba (si acaso hace falta probarlo) que el gaucho criollo encaraba la bebida sin preocuparse demasiado por denominaciones, presentaciones o países de procedencia. Para él, en definitiva, gin y ginebra eran lo mismo, y no existe la menor duda de que consumió profusamente tanto una como otra en versiones holandesas, británicas, argentinas o de cualquier parte.


Las botellas son parte de la historia de la vida cotidiana en la Argentina del ayer, como también lo es la vajilla. Veremos en la próxima entrada la interesante evolución de su uso entre nuestros compatriotas antepasados según épocas, costumbres y características sociales.

                                                          CONTINUARÁ…

Notas:

(1) De hecho, las “damajuanas” no son ajenas al mundo de los objetos cerámicos, toda vez que el material en cuestión también era usado para fabricar contenedores grandes. La siguiente es una foto publicada en un sitio de remates de internet, mostrando dos excelentes y bien conservados botellones antiguos aparentemente auténticos de diez y cinco litros (nótese la marca incisa del alfarero señalada con flecha en el ejemplar más grande, que reza Doulton & Co. Lambeth 1880). La típica lata de duraznos de 820g dispuesta al costado, además de afear notoriamente la toma, resulta útil como contraste de proporciones.



(2) En la entrada del 7/12/2011 analizamos su profusión en la industria local cervecera, bajo el título “Cuando la cerveza venía en botella de gres”. http://consumosdelayer.blogspot.com.ar/2011/12/cuando-la-cerveza-venia-en-botella-de.html
(3) Con gres se hicieron además botellas de whisky y agua mineral, frascos de medicamentos y tinteros.
(4) Link a la versión digital del texto: http://www.iaa.fadu.uba.ar/cau/?p=2583

lunes, 24 de abril de 2017

Los ramos generales y su importancia en la vieja campiña bonaerense

Hoy se los suele recordar bajo el apelativo de “almacenes”, pero  los comercios de ramos generales llegaron a ser mucho más que simples sitios destinados a la provisión de mercaderías. Su presencia resultaba crucial en los caseríos, las inmediaciones de las estancias y todos aquellos lugares verdaderamente aislados de los centros urbanos, puesto que no sólo se dedicaban a la venta de bebidas, alimentos y tabacos, sino también a los productos textiles de la indumentaria campestre (alpargatas, botas, boinas, bombachas) y a los de limpieza, bazar, talabartería y ferretería, entre muchos otros. Completaba el cuadro la distribución zonal de ciertas marcas de cervezas, vinos, soda o gaseosas, así como el despacho de combustibles y acopio de cereales. A diferencia de los pueblos urbanamente constituidos, donde era factible el arraigo de diferentes tiendas y negocios, los ramos generales conjugaban un poco de todo e incluso más, siempre en  puntos donde la presencia humana no superaba las 400 o 500 almas. En cierta forma, podríamos decir que no eran nada específico, pero mucho en general. Ni siquiera ostentaban la chapa de auténticos boliches o pulperías rurales, pero la escasez de alternativas los volvía un imán irresistible para todos aquellos que deseaban disfrutar un trago en tan solitarios parajes. Así, sobre sus mostradores, nunca se mezquinaba el vasito de vino, caña o ginebra.


Si buscamos reseñas visuales podemos hallar una muy evocadora en Las cartas, de Jorge Lovalvo (1). El texto afirma que: “un almacén de ramos generales era, en aquella época, realmente eso: la más diversa muestra de artículos necesarios para la vida y trabajos en el campo (…) Se construía con un gran sótano como depósito. Sobre él y con pisos casi siempre de madera, mercaderías, mostradores, estantes y vitrinas. Las balanzas para el despacho al menudeo eran de doble plato (2) (…) En los patios exteriores, el despacho de combustible y cereales a granel. Productos de gran consumo como yerba, azúcar, arroz, harina y porotos también se vendían a granel y al peso; esto es que llegaban al almacén en bolsas de cuarenta y cinco kilos y se despachaban según la cantidad pedida. En el salón estaban las especias, en frascos de vidrio que guardaban pimienta, comino, nuez moscada, anís en grano, canela y clavo de olor. El vino se recibía en bordalesas hechas con maderas nobles y normalmente de 225 litros.”


Frente a tamaña multiplicidad de actividades parece difícil agregar algún rubro adicional, pero los añejos registros indican que allí también era costumbre hospedar a pasajeros ocasionales, casi siempre viajantes de comercio sorprendidos por la noche o las inclemencias del tiempo.  Para comprobarlo recurriremos a un par de ejemplos sustentados -por enésima vez- en bibliografía ferroviaria, en este caso la  Guía Comercial de los ferrocarriles Sud y Oeste del año 1942, que contiene completa descripción del entorno social, industrial y mercantil adyacente a las estaciones dispuestas en sus respectivos recorridos. Empezaremos con el paraje y estación Vergara, del partido de Magdalena, que acusaba entonces un población de 330 habitantes. El texto nos indica que, entre los escasísimos emprendimientos de la comarca, tres pertenecían a Juan D. Novas: el almacén de ramos generales, el hospedaje y el surtidor de nafta, obviamente dispuestos todos en un mismo lugar. El comercio en cuestión aún se hallaba en pie y formalmente abierto hasta hace algunos años, como puede verse en la primera imagen debajo  (3).


Mucho más al sudoeste, cerca del final de la “panza” costera de Buenos Aires, una excelente descripción de Sergio García volcada en la revista Todo Trenes nos acerca una postal del típico ramos generales, pero esta vez con más de treinta años de abandono al momento de la visita descripta, hecha hacia 1992. En este caso se trata del caserío sito frente a la estación Energía (400 habitantes en 1942), del ramal Dorrego a Defferrari (4): “cruzando la calle y haciendo esquina estaba un viejo almacén abandonado y detenido en otra época. Era posible entrar y notar que su notable abandono no lo había borrado sino que simplemente lo había maquillado un poco, posándose mansamente como una inmensa montaña de polvo y telarañas sobre las variadas formas de sus mostradores, estanterías que llegaban hasta un techo lejano, botellas vacías olvidadas en algunos estantes y hasta alguna mercadería abandonada, como sogas y latas de quién sabe qué cosa (…) El almacén se comunicaba con un enorme depósito adoquinado con madera cuya entrada daba hacia una calle lateral. (…) Un tercer edificio de ladrillos rojos y altas cornisas invadidas por algunas plantas era el cascarón distinguido de un hotel. Reconocimos la recepción con su mostrador y los casilleros donde se ordenaba la correspondencia y se colgaban las llaves…”.


Por supuesto, el completo nomenclador del ferrocarril de 1942 nos aclara el cómo y el  porqué del negocio y sus dependencias anexas: todo pertenecía a la sociedad Yraola, Soldavini y Cía,  que de hecho explotaba comercios similares en varias localidades cercanas. En Energía, por lo pronto, su órbita abarcaba el almacén de ramos generales, el acopio de cereales, la feria de remates ganaderos, el taller de reparación de maquinaria agrícola y el hotel, amén de un servicio público: el de estafeta postal.


¿Quién no quisiera tener la experiencia de bajarse de un viejo tren con coches de madera y locomotora a vapor, en una mansa jornada invernal, buscando  el abrigo del almacén de ramos generales para saborear una bebida espirituosa mientras la vista recorre el ejército de botellas, cajas, paquetes, prendas y enseres dispuestos en sus prolijas estanterías? Algo ciertamente imposible, y ni siquiera hablamos del tren: lo más parecido que existe en nuestros días es alguna de esas “pulperías” aggiornadas para el turismo -con precios acordes- bien distintas a sus similares de otros tiempos. Pero es lo único que queda, además de las fotos y los recuerdos.

Notas:

(1) Editorial Dunken, 2005.
(2) Modelo sumamente común en otras épocas. En uno de los platos se colocaba la mercadería y en el otro pesas (casi siempre de bronce) hasta lograr el equilibrio.


(3) Obtenida y publicada por el sitio del Mueso Ferroviario Ranchos  http://flavam.com/museo_ferroviario_ranchos/indexesp.html
(4) El ramal de Dorrego a Defferrari (202 km) fue construido por el FCS a comienzos de la década de 1910. La crisis producida por la Primera Guerra Mundial impidió completar su recorrido (faltaba sólo un tramo de 50 km), que pudo inaugurarse de punta a punta recién en 1929. Además de las mencionadas terminales, contaba con las estaciones Faro, Gil,  Zubiaurre, Oriente, Copetonas, Claromecó, Bellocq, Orense, Cristiano Muerto, Energía y Ramón Santamarina. Varios de esos nombres se convirtieron en pueblos pujantes que hoy subsisten gracias a la cercana presencia de balnearios de veraneo. Su traza fue clausurada para todo tráfico en 1961, durante la primera gran racionalización del sistema ferroviario. 


viernes, 24 de marzo de 2017

Precursores del bag-in-box

Como su nombre lo indica, el sistema bag-in-box para envasar líquidos consiste en una bolsa dentro de una caja. No obstante la simpleza del concepto, semejante adelanto es posible gracias a ciertos artilugios bastante sofisticados. La clave de todo reside en el material utilizado para fabricar el saco, compuesto por sucesivas capas de polietileno y  láminas metalizadas. Hay otros artificios que entran en juego, aunque el más vistoso y festejado es la válvula de descarga al estilo canilla o grifo. El conjunto asegura un perfecto equilibrio entre las presiones interna y externa, permitiendo que la bolsa interior se contraiga paulatinamente a medida que el líquido es extraído. Dichos atributos aseguran  una eficiente protección contra el oxígeno y la consecuente durabilidad del producto, que puede extenderse por quince o veinte días. En palabras típicas de un vendedor ambulante, algo práctico y necesario en toda casa moderna donde se disfruta alguna copa de vino acompañando las comidas, sin el eterno problema de las botellas abiertas a medio consumir.


Pero el expendio de vinos al consumidor mediante un grifo no es algo nuevo, ni mucho menos. Durante siglos, los barriles de madera contaron con un sistema mucho más rudimentario pero igualmente efectivo, basado en dos pequeños objetos de naturaleza básica. Nos referimos al espiche y a la espita, que, junto a las mismas vasijas de madera, fueron los verdaderos predecesores del bag-in box, de los dispensers profesionales y de cualquier otra técnica para fraccionar vinos y bebidas eludiendo las limitaciones de los  envases vidriados. Sin estas perlitas del ingenio humano hubiera sido imposible el despacho de vino suelto en almacenes, boliches y pulperías, así como el corte de caldos que realizaban los comerciantes de las grandes urbes. Hemos desmenuzado el tema muchas veces, incluso en el sentido de los fraudes que ello posibilitaba, pero el hecho es que la espita y el espiche fueron elementos sumamente comunes en los viejos tiempos.


El arquitecto Daniel Schavelzon, del Centro de Arqueología Urbana de la UBA, sintetiza muy bien el tema (1) explicando que “los barriles que contenían líquidos necesitaban un sistema para extraer su contenido sin destruirlos, por lo que desde antiguo existe una especie de canilla o pico vertedor (la espita) que se clavaba en alguna de sus partes. Cuando dejaba de usarse se colocaba un tapón de madera (el espiche) que hacía que el barril sirviera nuevamente.”  Y agrega, refiriéndose a la sencillez de su diseño: “estas viejas espitas eran simples llaves de paso con sólo una posición de apertura y tenían una forma tal que podían clavarse de un solo golpe sin que se deformaran o rompieran. Esto se lograba haciéndole al pasador un solo agujero; o estaba abierta o estaba cerrada.”. Las espitas más comunes se fabricaban en madera, eran baratas y tenían una duración limitada. También las había de bronce, caras y generalmente importadas, pero de durabilidad casi infinita. Los espiches, en cambio, eran siempre de madera (2)


Ya que es imprescindible algún boquete para introducir el vino, las barricas actuales siguen teniendo un orificio y un espiche de fábrica, ya no de madera, sino de metal o silicona. Este agujero se hace siempre en el lomo de la vasija y a veces era el que usaban los comerciantes  para colocar la espita, obligando a tener el barril de pie. Pero como la estiba de barriles resulta más práctica en forma horizontal (acostados), casi todos preferían  realizar otro orificio adicional en una de las tapas. Por lo tanto, resultaba común que los barriles tuvieran dos espiches tapando sendos agujeros: el de la bodega y el del comercio. En tiempos de la distribución de vinos y bebidas en cascos,  los espiches acompañaban a las barricas retornables durante toda su vida útil, yendo de aquí para allá. Las espitas, en cambio, eran propiedad de los almaceneros, bolicheros y/o pulperos, que debían contar con cierto surtido según la variedad de productos que despachaban en semejante modalidad. El repertorio era variable, pero los buenos comercios de antaño contaban al menos con un barril de tinto económico, otro de tinto más caro, uno de blanco seco y uno de vino dulce. A ellos podía agregarse la eventual oferta de destilados (grappa, caña, aguardiente) y de vermouth. En consecuencia, resulta lógico inferir que cualquier comercio gastronómico  tenía  al menos cuatro o cinco espitas en uso y algunas de repuesto para eventuales roturas.


Como tantos otros objetos antiguos, las espitas de madera se venden hoy como una especie de adorno, al igual que barrilitos de todas las formas y tamaños imaginables. Pero las de verdad dejaron de verse a mediados de la década de 1960, cuando desapareció definitivamente la comercialización de vinos a granel en envases de madera (3). Hoy podemos recordar tales objetos y hasta “jugar” con sus émulos decorativos, pero no debemos olvidar que barricas, espitas y espiches fueron los dispensers y los bag-in-box de nuestros antepasados.


Notas:

(1) Link para los que deseen  leer el informe completo: http://www.iaa.fadu.uba.ar/cau/?p=3860 Incluye imágenes de las espitas encontradas en excavaciones arqueológicas porteñas, con precisiones sobre los lugares de hallazgo.
(2) Es común confundir un término con otro o creer que son sinónimos. Los diccionarios de la lengua española lo definen bien: espita se refiere al grifo y espiche al tapón.
(3) El viejo cine argentino tiene infinidad de películas que muestran escenas de bares y fondas con barricas, e incluso algunos momentos puntuales del uso de las espitas, pero ninguno filmado en primer plano. Para ello hay que recurrir a la versión local de las Obras Maestras del Terror de Edgar Alan Poe, filmada en 1960 por el gran Narciso Ibáñez Menta. En El tonel de Amontillado hay acercamientos más que interesantes donde pueden verse espitas de madera en acción.