jueves, 10 de noviembre de 2016

Los 8 Hermanos y el Hula-Hula: un dueto añejo que se las trae

¿Cuál fue realmente el período dorado de las bebidas espirituosas argentinas? No existe una respuesta única, contundente e inequívoca para esa pregunta, aunque resulta factible establecer algunas buenas aproximaciones. En este blog asumimos la existencia de tres lapsos históricos bastante definidos al respecto, cada uno con ciertas particularidades. El primero transcurrió entre 1880 y 1900 -tal cual hemos visto muy recientemente- con el desarrollo primigenio de una industria impulsada por la creciente demanda de la época. El segundo puede ubicarse entre 1915 y 1930, desde los tiempos iniciales de la Primera Guerra Mundial (que obligó a una rápida sustitución de importaciones) hasta la demoledora crisis desencadenada en Wall Street en octubre de 1929. Finalmente, hubo una tercera etapa de apogeo durante los años posteriores al segundo gran conflicto bélico del siglo XX, cuya duración podemos marcar a grandes rasgos entre 1946 y 1965. Desde luego que existe una cuarta, que es ahora mismo, cuando se verifica un inusitado auge de la actividad en todas sus formas, pero ella está cronológicamente fuera del campo de estudio de este blog.


A la hora de ensayar ejercicios de cata, el acceso a productos añejos se va complicando paulatinamente cuanto más atrás nos remontamos en el tiempo, pero aún hoy es relativamente factible ubicar algunos ejemplares del tercer lapso mencionado en buen estado de conservación. En los cinco años de Consumos del Ayer dimos cuenta de no pocas botellas de alcoholes datados en las décadas del cincuenta y del sesenta, y lo propio vamos a hacer hoy con dos prototipos de auténtico valor histórico en el más amplio sentido del concepto: un  licor de anís y un rhum. Como bebidas genéricas, ambos artículos cuentan con una tradición de consumo que hemos acreditado infinidad de veces mediante la presentación de estadísticas , documentos y testimonios que así lo demuestran. Sólo diremos, en este caso, que las botellas no fueron adquiridas ni donadas por terceros, sino que formaban parte de esa casi infaltable cohorte de licores a medio consumir que existe en tantos aparadores y alacenas de los hogares argentinos. Así ocurrió en mi caso personal, y me resulta difícil determinar cuánto tiempo llevaban esos envases allí, pero supongo que al menos uno de ellos (el rhum) se encuentra en un estado casi idéntico al del día de ocupación del inmueble -a estrenar- por parte de mi familia, en julio de 1969.


La primera etiqueta es bien conocida por el público argentino: el Licor de Anís 8 Hermanos, cuya presencia en estas tierras se remonta a fines del siglo XIX de la mano de Antonio Freixas, primero como importador y luego como productor. En 1977 la elaboración de la marca pasó a manos de la empresa Cusenier, actual Pernod Ricard Argentina. La botella puede ser fechada estimativamente en los primeros tiempos de esta última administración (entre 1977 y 1980), sobre todo por el antiguo domicilio de O’Brien 1202 del barrio de Constitución, que fue abandonado alrededor de 1982. El segundo envase pertenece a un producto mucho menos conocido: el Rhum Hula-Hula,  de la otrora monumental destilería Orandi y Massera, que allá por los cincuenta fabricaba algunos brebajes actualmente ilustres y venerados en el campo de las bebidas históricas nacionales, como la Caña Quemada Legui y la Grappa Valleviejo. El datado, en este caso, es difícil de establecer, si bien percibimos algunos indicios que lo ubicarían en el primer quinquenio del decenio de 1960 (1) (2).


Servidos en pequeñas y antiguas copas de licor, las diferencias entre los productos empiezan por la matriz cromática: amarillo pálido con marcado tinte verdoso para el anís y dorado intenso bien definido para el rhum. El aroma del primero tiene todo lo esperable en su tipo, con el ingrediente de un fondo alcohólico de buena calidad  (graduación 36°) y sabores que confirman el protagonismo anisado, vegetal, levemente mentolado y bastante estimulante. El rhum, por su parte, tiene una nariz muy profunda e intensa  que inmediatamente sugiere potencia alcohólica elevada (graduación 50°) , con muchos elementos de maderas añejas, vainilla y otros bordes propios de una larga evolución en toneles y botella. El gusto está a tono con el alcohol declarado, ya que resulta tremendamente potente, casi cáustico, aunque sin perder la calidad y genuinidad de su perfil espirituoso. Posiblemente haya sido concebido para mezclas y no para beber solo. De hecho, el pico de la botella se ve cruzado por una banda que reza de modo textual ESPECIAL PARA PONCH.


Quizás hayan sido bebidos puros o mezclados, en ponche, tragos o copitas, pero lo importante reside  en que  uno y otro se mostraron  tan íntegros como todos los destilados evaluados desde nuestra primera cata, en el año 2013. ¿Será reiterativo afirmar que en aquel entonces la industria de bebidas en general, y la de destilados en particular, sabía hacer las cosas muy bien? Tal vez, pero no podemos evitar afirmarlo una vez más. No siempre se tienen la oportunidad y el placer de probar líquidos envasados hace cuarenta o cincuenta años, y mucho menos de encontrarlos en tan buena condición. Otra cata, otra experiencia y otro aprendizaje, que subimos aquí para la posteridad cibernética.

Notas:

(1) Los antiguos documentos asequibles de la empresa Orandi y Massera la ubican en una enorme planta sobre Avenida Pavón al 4900, en la localidad de Lanús (llamada fugazmente Pte. Perón en tiempos de dicho régimen). Nuestra botella indica un domicilio de la calle Lavalle, en Capital Federal, que aparenta ser posterior y aún hoy figura en algunas guías de industria, junto con otro de la provincia de Mendoza. El de Lanús subsistió, al parecer, hasta fines de los años cincuenta.


(2) El 25 de mayo de 2014 subimos una entrada titulada “Venerables licores argentinos” en la que degustamos varios especímenes, entre ellos un licor llamado Consular, perteneciente a la firma en cuestión

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