martes, 9 de febrero de 2016

El cine nacional y su mirada sobre los bares porteños a lo largo del siglo XX

Allá por setiembre de 2014, en ocasión de celebrarse los 150 años  de  El  Federal,  comenzamos una entrada alusiva al tema asegurando lo siguiente:  “pocas cosas resultan tan caras a la idiosincrasia de los porteños como sus cafés, con todo el contenido que eso implica: el encuentro, los amigos, la espera, la charla y otras situaciones que conforman un espíritu único y singular”. Nada de lo dicho ha cambiado desde entonces hasta hoy,  y bien cabe asegurar que la frase representa  un cuadro de situación bastante acertado en torno al ambiente de los bares de Buenos Aires. Pero sabemos que el origen del rubro es tan antiguo como la patria misma, dado que existen numerosos testimonios sobre su presencia en los tiempos de la Revolución de Mayo. Ahora bien, considerando los dos siglos de historia implícitos en ello, la pregunta que uno puede hacerse es la siguiente: ¿fue siempre así, o acaso el típico bar porteño tuvo alguna vez otras connotaciones? Para responder tal interrogante trazaremos una ligazón entre el tópico de los bares y una de sus mayores fuentes testimoniales: el cine argentino.


Pensar que las actividades comerciales gastronómicas se mantuvieron inalterables durante dos siglos equivale a negar los enormes cambios económicos y sociales que vivió el país. Por  eso,  queda claro que los comercios de nuestro interés se fueron transformando con el correr de las décadas,   tanto como lo hicieron sus eternos parroquianos. Hay, por ejemplo, suficientes evidencias como para afirmar que los bares fueron sitios más bien marginales hasta bien  entrado  el  siglo  XX, empezando por su ambiente casi exclusivamente masculino. Y digo casi porque las únicas excepciones a esa regla no escrita tenían que ver con el comercio sexual. Así, en los bares de 1870, 1890 o 1910 podían encontrarse dos posibles cuadros de situación: eran lugares poblados de hombres solitarios (inmigrantes recién arribados, trabajadores solteros, bebedores patológicos, etc.), o eran reductos que enmascaraban el funcionamiento de prostíbulos. Algunos contaban con “divertimentos” accesorios, como riñas de gallos o juegos de cartas, bochas y billares, pero siempre por dinero.   De  un modo u otro, hablamos de locales sórdidos a los que no asistían las mujeres decentes ni los hombres honrados. Sin embargo, el paso de los decenios reemplazaría lentamente esas estampas casi temibles por otras mucho más amigables.


Decíamos que el cine nacional supo registrar el fenómeno con toda su capacidad visual e histriónica. Las obras que presentan el tópico del bar urbano son casi innumerables, pero decidimos citar tres casos testigos correspondientes a sendos períodos del séptimo arte vernáculo (los inicios, la época de oro y el fin del siglo XX), cuyas respectivas secuencias resultan bien representativas de lo que sostenemos. La primera es la legendaria película Tango, de 1933, que gira en torno a los tiempos fundacionales de ese género musical. El momento que nos interesa muestra un  lóbrego comercio de paredes oscuras, ventanas pequeñas y ambiente viciado por el humo del tabaco.  Hay muchas mujeres presentes, pero ellas no están allí para matar el tiempo, sino para ejercer el llamado oficio más viejo del mundo. Los masculinos portan semblantes bien acordes con el término que se usaba en la época: son gente de avería. En las mesas se consumen café y bebidas alcohólicas fuertes. No obstante, la mayor impresión que surge de la secuencia no está dada por las actividades non sanctas que  se practican en el lugar, sino  por  el  entorno  general  de tristeza y abatimiento, de una amargura característica en  personas que han sido llevadas a cierta situación  por las circunstancias de la vida, más que por voluntad propia.


Menos de veinte años después,   lo que podemos apreciar en El Hincha (1951) corresponde a una realidad completamente diferente. El bar ya no es un sitio oscuro ni está relacionado a las actividades propias de la noche. Bien al contrario, se trata del honesto negocio de barrio regenteado por un respetable comerciante  y su  hija,  al que asiste cierto grupo de amigos luego de un partido de fútbol. El ambiente, en este caso, destila bullicio, alegría y emociones “sanas” que nada tienen que ver con la marginalidad delineada en la cinta anterior.    En  las mesas hay muchas botellas de cerveza, pero su presencia no parece sugerir ningún tipo de adicción, sino más bien el simple consumo bebestible capaz de matizar una charla poblada de ingredientes futbolísticos. En general, todo el cuadro carece de elementos “pecaminosos”: estamos ahora en un ámbito afable, bien iluminado, de actividades diurnas, al que concurren familias y amigos como parte de la vida tradicional de vecindario en el viejo Buenos Aires.


Otro salto en el tiempo nos lleva a 1981, cuando  lo plasmado en Gran Valor en la Facultad de Medicina parece estar en las antípodas de todo lo anterior. Como el propio nombre de la cinta sugiere, este bar se  sitúa  en  las  inmediaciones  de  un  centro  de estudios universitarios.  Nada queda ya de fútbol, alcohol o conductas ilícitas. El comercio de marras está  frecuentado  por  estudiantes  y  profesores prolijamente vestidos (muchos de ellos con corbata), quienes parecen estar allí en forma previa, posterior o intermedia entre clases.  Sólo se consume café mientras se repasan apuntes y libros. Hay personas fumando y ceniceros dispuestos para ello, pero no se percibe la pesadumbre ambiental del tabaco. Algunos detalles, como el televisor,  marcan el abismo tecnológico que separa a ésta de las épocas anteriores, pero lo más importante es que la secuencia nos pone frente a un contexto que vuelve casi irreconocibles los casos anteriores.    Los  bares porteños ya no son reductos de aspecto turbio, como en la década del treinta, ni locales donde se reúnen diariamente los amigos del barrio, como en los años cincuenta. En los años ochenta son sitios pulcros, de carácter utilitario, donde estudiantes, oficinistas y profesionales van a tomar una infusión durante alguna pausa en el moderno y diario trajín.


Lo visto nos permite percibir las transformaciones que sufrieron los bares de la ciudad según se sucedían las épocas, pero sobre todo a la idea que de ellos se tenía entre la población. Y el cine argentino supo dejar registro en muchas de sus obras para que nosotros, décadas después, podamos entender algo más acerca de nuestro pasado.

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