sábado, 3 de octubre de 2015

El secreto de Misia Paca

El término lingüístico misia o misiá define un trato de cortesía o respeto que se aplica a las mujeres de cierta edad, equivalente a los más conocidos señora o doña. Hacia finales del siglo XIX el vocablo de marras estaba extendido indistintamente en ámbitos rurales, pueblerinos y urbanos. Numerosas obras literarias de la época dan fe de ello, como la que vamos a reseñar hoy volviendo nuestra atención hacia el inefable Fray Mocho,  el costumbrista argentino que supo generar con la pluma auténticas litografías sobre usos, costumbres y personas de su tiempo. Muestra cabal de ese estilo criollista y conversado es Cuadros de la Ciudad, una selección de treinta y cuatro cuentos cortos enfocados en las contradicciones sociales porteñas a mediados de la década de 1880.


Según el relato de nuestro interés, titulado La economía es la madre de la riqueza, durante algún momento de aquel período hicieron su aparición en las calles y plazas de Buenos Aires los pasteles de una tal Misia Paca,  los que,  “vendidos a precios increíbles por su baratura y rellenados con generosa liberalidad, desalojaron a sus rivales en el comercio menudo y mataron toda competencia,   produciendo una crisis espantosa en la antes boyante (1) industria pastelera.” Por supuesto, semejante éxito despertó de inmediato una ola de envidias y recelos entre sus competidoras  desplazadas,  quienes  se  abocaron  a  buscar desesperadamente  el  secreto  profesional  de  la  victoriosa oponente.  Los comentarios al respecto distaban mucho de ser piadosos. “¡Si nunca hizo ni tortas fritas!”, decía una, mientras otra aseguraba: “dejen que venga la semana santa…¡el pescado no tiene más que un precio!” Pero la semana santa llegó y Misia Paca vendió sus pasteles con el suceso de siempre,  baratos  y  tan  bien rellenos que su jugo “chorreaba por los enemigos”, como decía la clientela.


En un arrebato supremo de resentimiento y animosidad, las comadres llegaron a propalar que los pasteles de Misia Paca se hacían con carnes de origen oscuro, ya no de mula o de caballo, sino con algo mucho menos inocuo.  Hasta se habló de “varios ingleses sin familia que habían desaparecido”, así como de un carrero de la aduana atorado con un huesito de tamaño y proporciones claramente antropomorfas. Entretanto, Misia Paca estaba radiante.    Desde su nueva posición de triunfo,  sentenciaba:  “se han fundido porque son haraganas y ambiciosas, y quieren ganar platales… Que trabajen y se contenten con poco, como yo, y ya verán”. El reinado de la susodicha se extendía por toda la ciudad,  llegando sus pasteles a todos los estómagos, “pues no quedó negro vendedor que quisiera otra factura que no fuera aquella sin rival”. Ya no había competencia: descartada la insidiosa calumnia de la carne de inglés y la malévola especie de que tales pasteles eran aptos sólo  para  las  personas  sin  estómago,  se  acallaron  las  protestas  y  los  labios enmudecieron. Misia Paca fue aclamada y su nombre inscripto en la lista de oro de las grandes damas caritativas de la ciudad.  Hasta su esposo,  que era un triste capitán, ascendió en el ejército para llegar a jefe de batallón.


Pero sucedió que una noche, habiendo reunión en una obra caritativa presidida por la exultante Misia Paca, se atendía el pedido de una pobre mujer cargada de hijos, viuda reciente de un viejo soldado. La benefactora se dirigía a la infortunada  con una cierta superioridad aduladora. Y allí, en presencia de numeroso testigos, se dio el siguiente diálogo:

- Bueno, usted es pobre porque quiere… Trabaje y economice. ¡La economía es la madre de todas las riquezas!
- Sí, señora.
- Yo también soy esposa de soldado y ya ve, hasta donde he llegado haciendo pasteles.
- Pero para eso ya estoy vieja y llena de hijos…
- ¿Eso qué importa? No sea haragana.
- Si no es por haraganería… sino porque no voy a hallar ninguno de tropa que me quiera  pa’ casarme.
- ¿Acaso yo le aconsejo eso?
- No, pero si no me caso con un oficial que me mande las economías del batallón… la leña, la carne, la grasa, la harina…que son tan caras, ¿cómo voy a fabricar pasteles tan baratos, señora?




















En palabras del autor, el argumento fue tan contundente y explicaba de manera tan sencilla como inesperada el secreto profesional de Misia Paca, que acabó su reinado, basado solamente en la economía… del cuerpo que mandaba su esposo y que resultaba ser la madre de la riqueza, como ella pregonaba.

Notas: 

(1) Boyante: próspero, feliz.

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