lunes, 25 de mayo de 2015

Cigarros paraguayos: dinosaurios vivientes del consumo tabacalero nacional 2

La Fábrica Real de Tabacos de Sevilla, erigida en 1758, fue la primera gran planta elaboradora de cigarros y rapés que existió en el mundo (1). Su funcionamiento se tradujo en un férreo control  del  gobierno monárquico  de  España   sobre   la importación,  manufactura y comercialización del tabaco y sus derivados. Entre otras cosas, eso implicó la virtual veda ante cualquier iniciativa productiva en las colonias americanas, con excepción del cultivo extensivo que proveía la materia prima. Por lo tanto,  no estaba permitido aquí procesarla,  torcerla, picarla o industrializarla en ninguna de sus formas. Pero hubo una única y notable salvedad: la fábrica erigida en Paraguay hacia 1778 por iniciativa de la  Real  Renta  de  Tabacos  y Naypes,   que era una especie de agencia tributaria virreinal.    El  hecho de  haber seleccionado el territorio paraguayo para su emplazamiento en un indicio claro de la importancia que ese país tenía en la actividad tabacalera, toda vez  que sus productos se consumían profusamente por las colonias vecinas, incluido el Virreinato del Río de la Plata. La vigencia de tales artículos (especialmente los cigarros puros) se extendió por mucho tiempo luego de la independencia nacional,   mientras que la masividad de su consumo en la Argentina está bien documentada hasta la década de 1870 inclusive, tal como analizamos en la primera entrada del tema subida el pasado 28 de febrero.


Actualmente, los cigarros paraguayos constituyen uno de esos casos donde el paso del tiempo no parece haber dejado huella. Todavía existen en el país vecino cientos  de   fábricas   pequeñas   y   familiares,   netamente artesanales,   dedicadas a su rústica producción en todo el ámbito regional con materia prima y  métodos de manufactura que no difieren en nada de los usos más comunes durante los siglos XVIII y XIX. ¿Esa provisión regional incluye aún a la Argentina? Sí, la incluye, ya que su entrada a nuestras fronteras  (casi siempre informal) sigue siendo  abundante, y aunque los puros paraguayos dejaron de ser consumidos en las grandes capitales de nuestro país hace mucho tiempo, todavía es posible conseguirlos en diferentes localidades del norte y la Mesopotamia. De ese modo se abastece el autor de este blog, gracias a los buenos oficios de varios amigos que viajan regularmente a la ciudad entrerriana de Concordia y allí los consiguen. Así, tal como anticipáramos en su momento, llegó el día en que decidimos degustarlos analíticamente para volcar nuestras impresiones.


La ocasión elegida ya resulta frecuente de acuerdo con distintas catas efectuadas anteriormente: una sobremesa de asado en la terraza de JA!, la vinoteca de Joaquín Alberdi en el barrio porteño de Palermo. Aprovechando la benignidad de un otoño que aún no parecía tal, se dio cita un grupo de amigos, entre los cuales Enrique Devito  y  Sebastián Nazábal   (que además  proveyó  excelentes  destilados  para acompañar),  junto con un servidor,   fueron  los encargados de fumar los ejemplares y expresar sus puntos de vista. La marca asequible en Concordia es Fuerte Puro de Juan Fretes, de Caazapá, envasada y comercializada con esa simpática tosquedad propia de la actividad tabacalera paraguaya artesanal: un paquete de papel madera conteniendo cien unidades distribuidas en dos mazos de cincuenta, uno encima del otro. El aspecto exterior de los prototipos también delata la condición  100%   manual de la confección,    dado que los cigarros se presentan en formatos totalmente irregulares (2), con capas que varían entre el marrón muy oscuro, el marrón medio y el marrón claro. Un mismo puro, incluso, suele tener distintas tonalidades de color, nervaduras, poros blancos y otras imperfecciones; partes más redondas y sectores más chatos;  cortes discontinuos en una o ambas puntas; en  fin:   todas    las evidencias de una actividad que mantiene inalterada su raíz sencilla y campesina, sin indicio alguno de adelanto tecnológico o perfeccionamiento científico. Eso, para mí, los hace aún más interesantes.


Con todo, el encendido se llevó adelante sin sobresaltos, mientras que la combustión resultó bastante pareja y el tiro nada apretado, más bien fácil y suelto. Los aromas y sabores  estaban  en  perfecta  sintonía  con  la  aureola  de  rusticidad antedicha, predominando el tono agreste, vegetal, aunque también dotado de cierto perfil cárnico y levemente especiado durante determinados momentos, especialmente en la última parte. Se trata,   sin  dudas,   de  “dinosaurios” tabacaleros americanos casi idénticos a sus similares del pasado, con un carácter salvaje que, bien entendido, representa el mayor encanto. No caben dudas: son cigarros de campo para fumadores curtidos y poco afectos a las sutilezas que entregan otros puros más elaborados y estacionados. Pero, por sobre todo, siguen siendo fieles a su perfil histórico, el mismo que resultó tan familiar para los fumadores argentinos desde los tiempos de la colonia hasta la época de la organización nacional.  Si no fuera porque estábamos ubicados en una cómoda terraza en pleno Buenos Aires, bien podríamos habernos sentido como viejos parroquianos de pulpería.


Culminamos así otra cata a la espera de la próxima, donde tendremos la oportunidad de presentar un par de añejas joyas licoristas de producción argentina.

Notas:

(1) El soberbio edificio de la fábrica aún existe,  transformado en la Universidad de Sevilla. Su belleza arquitectónica lo hace un punto obligado para los turistas que visitan la ciudad. El siguiente es el link a la completa descripción histórica de Wikipedia, que incluye algunas fotos:  http://es.wikipedia.org/wiki/Real_F%C3%A1brica_de_Tabacos_de_Sevilla
(2) Quien suscribe ya lleva varios paquetes consumidos a lo largo de cuatro años (siempre de la misma marca) y puede asegurar, además, que las diferentes partidas llegan a variar significativamente en tamaño y calidad de terminación.

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