lunes, 27 de abril de 2015

Curiosidades industriales y mercantiles en la ciudad porteña de antaño

El sistema impositivo denominado monotributo no es, como  muchos  creen,   un invento de los últimos tiempos.  Por el contrario,  existieron  numerosos antecedentes a lo largo de nuestra historia, como el Impuesto  de  Patentes  que debían pagar los comerciantes del siglo XIX en la Ciudad de Buenos Aires.   Diseñado  y  aplicado según los diversos rubros mercantiles, profesiones y oficios ejercidos tanto en locales como en oficinas,  depósitos   y talleres, este método resultó ser un modo sencillo para asegurar la recaudación del fisco mediante un tributo único. En función de ello, cierta publicación oficial de 1870 presenta el listado de todos los contribuyentes porteños, calle por calle, dividido de acuerdo con la típica  nomenclatura  barrial  de  la  época que reconocía  los vecindarios por sus parroquias. Vamos paseando así por Catedral al Norte, Catedral al Sur, San Miguel, San Telmo, Socorro, San Nicolás, Pilar, Balvanera, Santa Lucía, Piedad, San Cristóbal, Concepción  y  Monserrat.   Lo bueno es que por allí podemos ubicar actividades comerciales que ya no existen, oficios desaparecidos o muy raros en nuestros días, y otras particularidades que resultan  comprensiblemente extravagantes a nuestros ojos, teniendo en cuenta que se trata de un  testimonio gráfico impreso hace 145 años.


Ateniéndonos en principio a las labores vinculadas con el comer y el beber que aquí nos convocan, hallamos  todas  las  variantes  del  comercio gastronómico concebibles en aquel período. Aunque actualmente nos cuesta distinguir diferencias entre ellas, cada una correspondía a tipos  y  jerarquías bien determinados.  Yendo de mayor a menor,  el repertorio abunda en infinidad de sitios declarados como Confitería, Restaurante, Café, Bodegón, Boliche, Fonda o Pulpería. De todos modos, el valor de las “patentes” no parece estar determinado por esas disparidades de escalafón, sino más bien por las dimensiones físicas de los lugares  y  por la cantidad de público  o  de mesas que alcanzaban a cobijar. Por ejemplo -según parece- un bodegón grande pagaba mayor impuesto que un restaurante chico. La perlita del rubro resulta ser un caso ubicado en cierta arteria descripta como Estación Boca  s/n y regenteada por Luisa Gay, que conjuga dos categorías aparentemente incompatibles: “Boliche de Confitería”. Las explicaciones sobre la curiosa denominación del local, así como del sitio en que se ubicaba, dan para un análisis más detallado que desarrollamos en nota al pie (1).


Dentro de la dinámica actividad de las bebidas hay cosas de interés, empezando por varios Licoristas que llegarían a desarrollar envergadura y prestigio en las décadas siguientes (2). Un espécimen  bien raro es el de J B Martini, dispuesto en la calle Piedad  (Bartolomé Mitre) con la descripción textual de Alambique. ¿Destilador de alcoholes, tal vez? Sin llegar a la certeza, es muy probable. Observamos además una única Fábrica de Limonada (Pedro Geshardts, Montevideo 119) y muchos introductores (importadores) de todo tipo de artículos, aunque cierto caso aparenta especializarse en la cuestión vínica: Pedro Gremier,  de la calle Cuyo  (Sarmiento)  apuntado como Introductor de Vinos. También proliferan los “Depósitos de Vinos” dedicados a la estiba y la distribución, pero sólo pudimos detectar  un Embotellador en toda la vieja metrópolis: Francisco Revelo, de la calle Cerrito.


No resulta sorpresiva la existencia de numerosos toneleros, ya que los recipientes de madera constituían entonces el principal método para transportar   y   almacenar mercancías más allá de su tipo, naturaleza o consistencia. Pero sí resulta interesante un establecimiento sin parangón dentro del registro: el Lavadero de Bordelesas (textual y guarramente abreviado Labadero Bordales.) que tenía un tal Juan Larrosa en el Bajo de la Recoleta  (3).


Los locales dedicados a la proveer los productos básicos de la alimentación no difieren mucho de los principalmente conocidos: carnicerías, panaderías, almacenes, etcétera. No obstante, hay un detalle que nos habla de cierta distinción de envergaduras mediante nombres que el tiempo hizo desaparecer. Hablamos de los cuartos y de los puestos, pequeños sitios de carácter  precario dotados de las mínimas comodidades para el despacho. Así, por ejemplo, no era lo mismo la Panadería que el Cuarto de Pan o el Cuarto de Masas, ni la Carnicería que el Puesto de Carne. Claras diferencias en el valor de las respectivas patentes así lo confirman.


Habría mucho más para señalar, especialmente aquello referido a la ubicación insólita de algunos comercios si practicamos la fantasía cronológica de concebirlos en los mismos lugares, pero trasladados a nuestra Buenos Aires del siglo XXI.   Verbigracia, ¿quién se imagina  Puestos de Leña sobre la calle Charcas o la Avenida Santa Fe? ¿O un Tambo en Suipacha al 300? Lo dicho: la historia tiene mucho para contarnos, incluso cosas que despiertan  de inmediato la sonrisa asombrada. Para terminar con algo de eso (y saliendo un poco de los temas centrales del blog), aquí va una selección hecha entre algunas de las tantas denominaciones de oficios, comercios y fábricas presentadas en el registro de 1870, que pueden resultar simpáticas por lo extrañas o anacrónicas:

Oficios: Anteojero, Cohetero, Mercachifle, Lampista, Lanchero, Limpiador de sombreros, Partera, Pisador de drogas, Sangrador, Velero.
Comercios y fábricas: Abaniquería, Agencia de carruajes, Almacén de pianos, Agencia de conchavos (empleos), Almidonería, Barbería, Botería, Caballeriza, Canastería, Carbonería, Casa Amueblada (prostíbulo), Cajonería fúnebre, Catrería, Fábrica de estearina (con la que se hacían velas), Fábrica de cola y aceites, Fidelería, Fosforería, Guitarrería, Hojalatería, Jaulería, Lavadero de lana, Litografía (imprenta), Matadero de carneros, Maizería, Miriñaquería, Paragüería, Persianería, Ropería, Ropavejería, Sombrerería, Talabartería, Yesería.


Notas:

(1) La Estación Boca (posteriormente llamada Estación Brown) pertenecía al FCBAPE, siglas del Ferrocarril Buenos Aires al Puerto de Ensenada. Tenía su enclave junto al actual predio del estadio de Boca Juniors y  contaba con pequeños talleres y depósitos adyacentes. Creemos por lo tanto que la calle  Estación Boca  de 1870 puede ser alguno de los dos pasajes  conocidos hoy como Práctico Poliza y Juan de Dios Filiberto, que corren a ambos lados de la vía entre Brandsen y Suárez delimitando el predio en donde se levantaban los galpones de la empresa. Por su parte, lo de Boliche de Confitería podría deberse a un simple acto de sinceramiento sobre el aspecto del lugar. De acuerdo con los usos coloquiales de la época, todos los comercios gastronómicos situados en cercanías o dentro de las mismas estaciones ferroviarias eran  llamados genéricamente “confiterías”, pero tal vez en este caso la denominación tiene un significado traducible como “boliche que hace las veces de confitería”. La que sigue es una foto reciente de otra  modesta estación del FCBAPE en el barrio de La Boca, llamada Barraca Peña. Desde luego que ya no funciona como tal, pero ha sido felizmente preservada y declarada bien cultural de la ciudad.


(2) Como arquetipos de ello podemos citar a Marius Berthe  y a Juan Inchauspe. En el caso del primero, vemos a su viuda e hijo a cargo del negocio hacia 1895 según importantes avisos publicitarios. Inchauspe, junto a sus hermanos Pedro y Andrés, fue precursor de las bebidas gaseosas en la Argentina.


(3) No era en realidad una calle sino todo un sector, que en ese barrio correspondía a la franja entre Avenida Libertador y el río.

lunes, 13 de abril de 2015

Whisky, el inmigrante escocés aquerenciado en Argentina desde 1862

La importación y el desarrollo del consumo de whisky en nuestro país durante el siglo XIX es un tema que merecería ser precedido por una breve introducción relativa a la historia de la bebida, pero sobre ese particular  existen  cientos  (o tal vez miles)  de referencias asequibles en blogs, sitios webs y medios gráficos  de  todo  tipo.  Por  lo  tanto,  sólo  nos limitaremos a señalar que durante el período en que ubicamos las primeras señales del arribo a nuestros puertos de “aguardientes” desde las islas británicas, allá por 1862, la industria en cuestión se encontraba en pleno proceso de crecimiento.   Muchas de las destilerías y marcas mejor reconocidas de la actualidad  nacieron en esa centuria, como Glenlivet (1823), Talisker (1831), Cardhu (1824), Knockando (1898), Glenmorangie (1843) y Glen Scotia (1832), entre tantas otras. No debe extrañar, entonces, que  la presencia de destilados entre los ítems de nuestro tráfico comercial con el Reino Unido sea de tan antigua data,    aunque su análisis detallado genera interrogantes  que trataremos de ir esclareciendo en el debido orden cronológico merced a una serie de viejos testimonios documentales.


Como dijimos, la primera aparición legitimada por estadísticas oficiales resulta ser una importación de origen británico descripta como “aguardiente en cascos” de 1862. No hay ninguna remesa similar enviada desde UK antes de ese año, ni en cascos, ni en botellas, ni bajo ninguna otra presentación, por lo que podemos tomar esa fecha como el antecedente  pionero de la saga whiskera en nuestro país. El renglón de marras apunta 8.100 galones (unos 36.000 litros) (1) que recalaron aquí en recipientes de madera, pero debemos señalar también que no es posible obtener certidumbres absolutas sobre la naturaleza de todo ese volumen. Dicho de otro modo, no hay forma de saber si  los 8.100 galones (compuestos por diferentes embarques a lo largo del año)  corresponden a la bebida de nuestro interés, aunque sí podemos asegurar que dentro de esa cantidad había una parte mayoritaria de whisky,  tal vez rústico,  tal vez primitivo,  tal vez cualitativamente marginal, pero whisky al fin. ¿Por qué motivo hacemos semejante aseveración? Porque (ya que hablamos de Inglaterra), como bien decía el genial Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle, las deducciones más lógicas se obtienen luego de descartar todas aquellas que no lo son. Veamos…


A falta de mayores precisiones, ¿qué otras bebidas espirituosas podrían haber llegado a la Argentina en cascos, desde Gran Bretaña, en 1862? La primera inferencia lógica es el Gin, pero podemos desecharla de plano inmediatamente, ya que ese producto no era descripto como “aguardiente” sino como ginebra, y además casi nunca se lo fraccionaba en cascos, sino en botellas de vidrio,  porrones de gres o damajuanas.  La  segunda posibilidad con mayores chances es algún alcohol de caña tipo Ron nativo de las Antillas o de otros puertos sudamericanos y caribeños, pero eso también se derrumba enseguida, puesto que tales mercaderías arribaban en forma directa y abundante desde sus respectivos países productores, como Cuba, Brasil y Paraguay, con quienes la Argentina tenía una fluida relación comercial, sin necesidad alguna de pasar por Londres (2). Lo mismo sucede con cualquier otro destilado que nos venga a la mente, sea porque se lo asentaba con un nombre distinto, porque no se lo despachaba en cascos, porque era importado en forma directa desde otra procedencia o porque su consumo local resultaba insignificante. Podríamos señalar más fundamentos que le dan consistencia a nuestro postulado, como la agresiva política exportadora iniciada por las destilerías escocesas en esa misma época o la gran colectividad británica instalada entonces en nuestro país, pero creo que lo visto es suficiente. Todos los dedos de la investigación histórica apuntan al whisky como protagonista de esta vieja e intrigante mención, volcada de un modo muy genérico por la pluma de los empleados aduaneros porteños hace 153 años.


Con el correr del tiempo nuestras importaciones se volvieron variadas y suntuarias. El ingreso cada vez mayor de bebidas prestigiosas y caras desde las grandes capitales de Europa obligó a ir abandonado paulatinamente aquellos rótulos primitivos que registraban casi todos los destilados como “aguardientes” y “cañas”, según el caso. En consecuencia,  tanto las menciones de carácter estadístico como las propias marcas de los productos y sus publicidades  se volvieron  más precisas al indicar orígenes,   tipos   y calidades. Como ejemplo emblemático de lo dicho,  el capítulo de comercio del censo 1887 (es decir, 25 años después de aquella aparición inicial) detalla algunos de los especímenes más destacados de la época dentro del segmento que nos ocupa, asequibles por botella en los comercios del ramo: los escoceses Garnkirk, Walker y Higgins, así como cierto ejemplar irlandés sin mayores datos nominales, todo ellos con precios que fluctúan desde los $ 1,25 hasta los $ 1,60 entre 1885 y 1887.


Pero aunque el viejo spirit  ya era reconocido por su auténtica gracia y había disponibilidad de buenas etiquetas embotelladas en origen, su llegada en barriles no se detuvo. Hasta los años finiseculares del XIX e incluso durante las dos primeras décadas del XX  encontramos evidencias concretas de embarques a granel. Para graficarlo elegí cierto cuadro de uno de los tantos y antiguos Registros Estadísticos  que presenta el minucioso resumen de las importaciones whiskeras  durante los años 1891, 1892, 1893, 1894 y 1895, donde puede observarse separadamente la evolución de los arribos en botellas y en cascos.


De dichos números se desprende que mientras el grupo  de  los  embotellados  crece  en  forma significativa, de 3.792 docenas en 1891 a 12.768 en 1895, los cascos se mantienen estables con ligeras oscilaciones entre los 16.000 y los 23.000 litros totales. Es obvio que una modalidad  iba ganando terreno toda vez que la otra se estancaba, pero ello no nos preocupa demasiado porque conocemos el desenlace final, algunas décadas después: para 1930 el whisky importado (3) venía exclusivamente en botellas y los barriles habían desaparecido. Lo que sí nos interesa, y mucho, es saber qué se hacía con todo ese volumen desembarcado en cascos durante setenta años. Descarto el envío directo al consumo así tal cual, porque no conozco testimonio alguno de whisky despachado suelto en bares, cafés o pulperías (algo que llegó a ser frecuente, en cambio, con la caña, la grapa y hasta el cognac). Sólo nos queda entonces una posibilidad, que es el fraccionamiento en nuestro país. Y de ello hay indicios bien claros: en los años previos al 1900 eran frecuentes las  publicidades ofreciendo ejemplares escoceses   con   marcas   ignotas creadas por los mismos embotelladores argentinos, incluso bajo el paraguas de alguna distribuidora o cadena célebre, como la legendaria Gath  y Chaves.


Hoy el whisky es el destilado de mayor éxito en el mundo, con su propia legión vernácula de seguidores y fanáticos. Por eso, no está de más volver sobre sus primeros pasos en esta parte del mundo, cuando la palabra Argentina  apenas empezaba a cobrar significado.

Notas:

(1) Utilizando como parámetro el galón inglés, equivalente a 4,54 litros. Existe también un galón americano de 3,78 litros, pero es muy poco probable que la referencia haga alusión a esta última medida.
(2) Ver entrada del 4/11/2014, “Las importaciones de comestibles y bebidas en los comienzos de la unidad nacional 3”.
(3) En realidad, no hubo whisky que no fuera importado hasta fines de la década de 1940, cuando se elaboraron los primeros ejemplares de  industria nacional.

jueves, 9 de abril de 2015

Cuando Corrientes se llamaba Triunvirato: un recuerdo de sus cafés, bares y lecherías

La avenida Corrientes fue proyectada como tal en el año 1822, aunque recién hacia 1871 dejó de ser un ancho pero simple camino de tierra para convertirse en algo levemente más importante, que por aquel entonces dio en llamarse Boulevard Corrientes (1). Sin embargo, existe un dato poco conocido respecto a la sección que va desde  Federico Lacroze hasta Canning (actual Scalabrini Ortiz), y es que durante el lapso 1893-1937 se le cambió el nombre por Triunvirato. La idea era acoplar nominalmente esa parte de la famosa arteria con la avenida Triunvirato que hoy conocemos, su empalme lógico más allá del cementerio de la Chacarita. Incluso fue modificada la numeración, con el inicio en cero a partir de Canning (2). Pero lo más interesante del todo es que durante aquella época,  e incluso después,  las cuadras de referencia cobijaron una gran cantidad de bares, cafés, cervecerías y lecherías. A ellas, a sus nombres, a sus estampas y al barrio de Villa Crespo está dedicada esta entrada.


Según el historiador porteño Diego del Pino, los primitivos comercios de impronta gastronómica instalados en el paraje fueron dos pulperías. La más antigua se llamó Pulpería de Tachella, un almacén de campo con el típico despacho de bebidas situado en la actual esquina de Corrientes y Scalabrini Ortiz. Constaba de una edificación sencilla estilo rancho, pero bastante sólida para el entorno y la época: paredes de material,  techo de tejas,  enramada, palenque y algunos cuartos. Se dice que su pasado se remonta a los últimos años del gobierno de Rosas y que allí se detenían boyeros, carreteros y lecheros en su camino hacia la campiña bonaerense. La otra, en Corrientes y Dorrego, era la pulpería La Tapera, mucho más modesta en términos edilicios, tal como su nombre lo indica (3). Mejorada estructural y visualmente, perduró hasta 1926 como Almacén y Casa de Comidas y para 1938 se había transformado en un café con cancha de bochas en el fondo.


En sus buenos tiempos, la vieja Triunvirato rebosaba de locales especializados en oficios del comer  y  del beber,  concentrados en el segmento correspondiente a las alturas actuales del 5700 al 5200, es decir, entre Juan B Justo y Canning. Imaginemos un viaje en tiempo y espacio, en  el  cual  cruzamos la antigua vía del Ferrocarril San Martín (4) y vamos para el centro. Allí, en la primera mitad del siglo XX, podíamos encontrarnos con los siguientes reductos:

- Café El Dandy, llegando al Arroyo Maldonado.
- Café El Greco, a la altura del 5701, esquina Thames. Sus dueños eran Olivero, Arias y Tacchieri. Años más tarde se instaló en el lugar una cantina.
- Cervecería De Becker, en el 5655. De estilo cercano a las recordadas Munich, siempre regenteadas por dueños alemanes y dotadas de los tradicionales compartimentos de madera lustrada, vidrios coloreados, ornamentas de ciervos y cuadros con motivos teutones. Lógicamente, se vendía mucha cerveza en todas sus variantes de tamaño: chopp, cívico, balón y otros.
- Bar Agapito, situado en el 5579.
- Café Paulista, en el 5598.
- Glorieta La Victoria, en la vieja numeración de Triunvirato 864 (hoy Corrientes 5566, entre Gurruchaga y Serrano). Las glorietas eran comercios gastronómicos tipo “recreo”, con profusión de jardines y mesas al aire libre. En los sectores cubiertos solía haber billares, así como juegos infantiles en la parte exterior. Las frecuentaban tanto familias como grupos de amigos, según días y horarios.
- Lechería La Pura, que se hallaba en el 5563. Ofrecía leche, crema, helados (sólo en verano) y todas las variantes del corte entre café y leche, preparadas con el esmero propio de un comercio especializado.


- Café de Venturita, cercano a la esquina con Serrano. Fue un reducto tanguero por excelencia. En un libro de recuerdos, Francisco Canaro narra que tenía un palco demasiado alto, cercano al techo del lugar. Cuando debía ejecutar alguna melodía con su violín el arco raspaba el cielorraso, provocando comentarios y risas entre el público.
- Café Buenos Aires, entre Gurruchaga y Serrano, muy frecuentado por la colectividad árabe. No era raro ver allí alguna odalisca falsificada ejecutando danzas más parecidas a una ranchera que al auténtico baile del Cercano Oriente.
- Lechería La Esmeralda, sumamente concurrida por simpatizantes y socios de los clubes Chacarita  y Atlanta (que por entonces tenía sus respectivos estadios tocando vértices en Humboldt y Padilla). En el fondo despachaba minutas, recordándose su bife con cebollas.
- Café Los Rosales, en la actual Corrientes 5444.
- Bar San Bernardo, en el 5434, frecuentado por avezados jugadores de billar, ya que disponía de un gran salón con nada menos que veinte mesas de juego. Tenía también mesas para el ajedrez.


Hasta llegar al 5200, otros recordados cafés y bares fueron Rívoli, Los Alerces, La Puñalada, El Guaraní, El Imparcial, La Morocha, El Aguila e Imperio Canning , todos ellos pletóricos de parroquianos pertenecientes a las colectividades típicas de la ciudad (italianos, españoles) y del barrio (judíos, armenios). En la mayoría se jugaban juegos de mesa con cartas,  dominó  y  dados,  hasta que semejante práctica comenzó a ser fuertemente reprimida por las autoridades, en la década de 1930. Precisamente por esos años se dio en aquellas seis o siete cuadras de avenida Triunvirato un hecho poco frecuente en la ciudad, con excepción del centro: la existencia simultánea de unos 25 comercios gastronómicos, lo que da un promedio de unos cuatro establecimientos por cuadra, cantidad llamativa por lo abundante aún en esos tiempos.


Volvimos así a la avenida Corrientes, de la que habíamos visto algo hace bastante tiempo, cuando nos referimos a sus aceras más conocidas y céntricas.  Pero ahora hemos analizado la otra punta del asunto, quizás menos rutilante, pero no por ello menos valedera.

Notas:

(1) Hablamos, por supuesto, de Callao hacia el oeste. Desde allí hacia el bajo fue una calle angosta hasta 1935, cuando se realizó el famoso ensanche que incluyó el emplazamiento del Obelisco y la Plaza de la República.
(2) En 1937, cuando el sector en cuestión  volvió a  llamarse Corrientes, la numeración tuvo que ser cambiada otra vez para seguir el orden ascendente que crece desde el bajo. Pero el resto de la avenida Triunvirato quedó como estaba, y por ese motivo hoy nace al 2700, cifra que no guarda relación con ninguna calle cercana.
(3) Mencionada anteriormente en la entrada del 1/1/2013, “Cafés, fondas, boliches y bodegones en Chacarita y Colegiales”.
(4) Originalmente del ferrocarril Buenos Aires al Pacífico, como se llamó la empresa hasta la nacionalización de 1948. Si bien el tendido data de las últimas décadas del siglo XIX, la estación Chacarita que se ubica a pocos metros del paso a nivel sobre Corrientes fue inaugurada en 1934. Eso nos da la pauta de que recién por ese entonces la zona comenzó a cobrar el ajetreado dinamismo urbano característico de nuestros días.