sábado, 28 de febrero de 2015

Cigarros paraguayos: dinosaurios vivientes del consumo tabacalero nacional 1

A mediados del siglo XVIII, el consumo de tabacos que se hacía en los principales puntos habitados de nuestro territorio no difería demasiado de su equivalente en el resto de América.  Los cigarros de Cuba y el rapé español encabezaban la lista de productos requeridos  por  la población,  aunque  ya  entonces  existía  un  incipiente comercio proveniente del interior y de algunos países vecinos.  En ese sentido,  Paraguay era la región sudamericana que acreditaba la mayor actividad del ramo, tal cual lo demuestra la constante aprobación de decretos y reglamentos españoles con la actividad tabacalera paraguaya como eje central, que superan ampliamente la docena entre 1778 y 1797. Incluso llegó a establecerse allí una gran factoría autorizada por la  Real  Renta  de Tabacos y Naypes (caso único en el continente), si bien su existencia fue en extremo fugaz: apenas entre 1786 y 1789.


Con todo y así las cosas, la confección de puros en ese país logró subsistir y exportar sus productos durante  la mayor  parte  del  siglo  XIX.  Con  el advenimiento del XX el dispendio de marras se vio bastante opacado merced a la aparición de fuertes competidores      locales      e      internacionales (especialmente europeos y brasileros), pero su fama  nunca se perdió del todo en algunas regiones del norte argentino. De hecho, los cigarros paraguayos continúan  siendo  confeccionados  en  los  mismos lugares de la nación guaraní, bajo los mismos métodos,  usando similar materia prima y con la característica artesanal hogareña  que  identifica  a  la  actividad  desde  hace doscientos  años, ya que  prácticamente todos los manufactureros son cuentapropistas que elaboran  y venden la producción con el apellido familiar (1). En esta primera entrada comprobaremos  su  antigua  popularidad mencionando una fracción de incontables registros documentales del pasado, y en la segunda veremos que semejante artículo no ha perdido vigencia regional,   puesto que aún se puede conseguir en ciertos puntos  informales de la Mesopotamia y el Litorial argentinos, del mismo modo que lo hicimos nosotros coronando toda el tema con una degustación histórica.


Harían falta varias entradas para reseñar las menciones de los cigarros paraguayos entre 1800    y   1880,  pero podemos  resumirlas  con  algunos ejemplos emblemáticos. Si hablamos sobre las viejas publicidades que aparecían en los diarios urbanos del país, podemos citar una de 1862 perteneciente  a la “cigarrería francesa” Au Gamin de París, de Luis Geissel, ubicada en Maipú 145 de Buenos Aires, que dice contar con un “excelente y variado surtido de cigarros de todas clases, Bahía, habanos, suizos, paraguayos, criollos, etc, etc…”. A la hora de buscar estadísticas aduaneras (guarismos capaces de evidenciar el éxito de un determinado producto importado con escaso margen para la duda o la discusión), los cigarros paraguayos tienen un protagonismo absoluto desde 1858 hasta 1866, cuando arribaban a nuestros puertos por vía fluvial en múltiples modos de tipo “granel”, o sea, por kilos, arrobas, barricas, paquetes, cajas o cajones. Queda claro que sólo hablamos de cigarros terminados, ya que la importación de tabaco suelto de ese origen era igual o más importante,  así como su uso en todo tipo de cigarrillos y cigarros de hoja.   Y   si quisiéramos graficar la cuestión histórica mediante el arte testimonial no hace falta más que visualizar algunas escenas de la Guerra del Paraguay (2)  pintadas  por  el  gran Cándido López (quien plasmaba panoramas verídicos observados por él mismo), donde pueden ser examinadas ciertas vistas relativas a marchas o campamentos militares con detalles que muestran a soldados  y jefes fumando cigarros.    Desde   luego,   tales pormenores sólo son visibles frente a las obras en tamaño real, pero reproducimos una de ellas -donde sin dudas hay al menos tres personajes fumando puros- como homenaje a su extraordinario creador. ¿De qué otro origen sino paraguayo podían ser esas tagarninas, fumadas a orillas del Pilcomayo?


Resumiendo: los puros del Paraguay fueron extremadamente habituales entre los fumadores argentinos durante los períodos de la colonia, la independencia, las guerras civiles  y  la unificación nacional.  Posteriormente perdieron buena parte de su antigua celebridad, pero continuaron siendo consumidos  copiosamente en el norte del país hasta nuestros días.  Así,  pudimos detectar un punto de venta bastante peculiar   en    la ciudad entrerriana de  Concordia,   donde nos agenciamos de varios ejemplares para fumarlos y obtener algunas apreciaciones sobre un  tipo de espécimen cigarrero  que adquiere la categoría de “dinosaurio” del consumo patrio. ¿Cómo serán estos cigarros de pasado tan rico y lejano, otrora tan consumidos en la Argentina y aún hoy elaborados con métodos bien ajenos a todo indicio tecnológico? La respuesta estará aquí muy pronto, en la segunda y última entrada del tema.

                                                           CONTINUARÁ…    

Notas:

(1) Aunque hubo muchas ocasiones que lo ameritaban, nunca presentamos links a videos de youtube por su carácter generalmente efímero. Pero vamos a hacer una excepción teniendo en cuenta lo raro y poco asequible de las imágenes respectivas, plasmadas en cierta nota de la TV paraguaya que reseña el trabajo familiar de una fábrica de cigarros en Caazapá.  En este caso específico se trata de la familia de Ina Villalba, pero lo que allí podemos ver puede hacerse extensivo perfectamente a todos los demás establecimientos pequeños del país, como el de Juan Fretes, cuyos ejemplares degustaremos para la segunda y última entrada de esta serie: https://www.youtube.com/watch?v=fjUR3rCvSAo


(2) En 1865 la Argentina se alió con Brasil y Uruguay en la llamada Guerra de la Triple Alianza o simplemente Guerra del Paraguay, extendida desde ese año hasta 1870. Como muchos saben, fue un episodio bélico catastrófico para el Paraguay, perdedor de la contienda,    que pagó duramente las consecuencias con una virtual destrucción  y ocupación del país. No  obstante,   la industria del tabaco se recuperó rápidamente (suponemos que por ese mismo carácter atomizado y familiar del que hablamos) y su vigencia mercantil en la Argentina se encuentra bien documentada hasta 1880, cuando el sector tabacalero nacional comenzó a cobrar un cierto ímpetu, toda vez que tabacos de nuevos orígenes   (Italia, Alemania, Filipinas, Holanda, etc.)   ganaban el gusto del consumidor en las principales ciudades del país.  Aun  así  hay  registros  tarifarios aduaneros al respecto hasta 1908. Pero insisto: una vez que perdieron los principales mercados urbanos, los puros paraguayos siguieron siendo profusamente fumados en el NEA, el Litoral y la Mesopotamia mediante la introducción y comercialización informal. No por nada los encontramos en la ciudad de Concordia en pleno siglo XXI.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Andanzas de Generoso Mosca, el incorregible falsificador de etiquetas

Durante las últimas décadas del siglo XIX la industria argentina vivió inmersa en una especie de caos legal, errático entre la Ley Nacional de Marcas  de  1876  y  el  completo  desconcierto al  respecto  -a  veces involuntario y otras veces premeditado- que dominaba a los principales protagonistas del sector. El marcado déficit de controles gubernamentales no hacía más que aumentar considerablemente la gravedad del problema y, de hecho, no existía una autoridad de aplicación abocada a regular la genuinidad de los procesos productivos ni su posterior formalización en el mercado comercial. Así, por ejemplo, el debido y puntilloso registro de la patente de un invento o de cierta marca  no garantizaba en absoluto su exclusividad puesto que,  en la práctica,  cualquier hijo de vecino podía utilizarla en beneficio propio.  Dicha situación comenzó a cambiar recién hacia comienzos del siglo XX mediante diversas modificaciones y mejoras realizadas en aquella primitiva norma, que rápidamente propiciaron un marco jurídico mucho más claro y preciso.  No es de extrañar,  entonces,  la avalancha de juicios realizados en los años posteriores al novecientos, muchos de ellos referidos a las cuestiones puntuales que nos interesan en este blog.


Dentro de la antigua literatura técnica del tema aparecida en nuestro país resulta interesante revisar algunos trabajos como Sentencias sobre marcas de fábrica y patentes de invención, publicado por la Librería de Mayo en 1905. El volumen contiene una selección de fallos del doctor  Francisco  B.  Astigueta,  un especialista  que sentó jurisprudencia en la materia.   Y  entre ellos no  faltan  algunos  relativos  a  la  próspera  tarea  de  los elaboradores de bebidas, de los cuales seleccionamos un grupo hermanado por el mismo elemento común: la falsificación y el plagio de etiquetas.  El  primer  personaje  involucrado  en semejantes maniobras es un tal Generoso Mosca,  a quien escogimos como referencia para el título de la entrada no sólo por su curioso y llamativo nombre, sino por lo prolífico de su accionar (1). Es así que la lista de querellantes en su contra  incluye a Francisco Cordero, Gerónimo Bonomi, Otard Dupuy, La Gran  Destilería Buenos Aires (Cusenier), J. H. Secrestat y Branca Hermanos. Esas personas y empresas, como productores o importadores,  representaban buena parte del núcleo vinícola y licorista de la época, responsable de algunos de los artículos bebestibles más populares y exitosos.   Siguiendo el mismo orden en que citamos sus nombres, hablamos nada más y nada menos que de Vino Cordero, Amaro Monte Cúdine, Cognac Otard Dupuy, Ajenjo Cusenier, Bitter Secrestat y Fernet Branca.


Todo indica que el pillo de Mosca había armado un taller especializado en etiquetas pertenecientes a variedad de vinos, aperitivos y licores, con el agravante de que no tenía ningún reparo en despachar cantidades ingentes de rótulos impresos a imagen y semejanza de las marcas más rutilantes.   Según entendemos,  él mismo se ocupaba de  “diseñar “ algunos modelos,    mientras que otros eran adquiridos a espurios litografistas colegas, cuyos nombres también aparecen en el fallo: E. Ramírez, Santiago de Leido y Virginio Albanesio (2) Lo bueno del caso es que nuestro villano eligió como estrategia de defensa  (fallida,  por lo visto)  no negar en absoluto la autoría de los hechos que se le  imputaban, sino aducir que desconocía su ilicitud. Pero ello no le fue muy útil, ya que el juez entendió que no podía desconocer el carácter indebido de lo que hacía. Partes del texto lo señalan claramente: “que las excusas que uniformemente ha presentado el querellado en su descargo no son admisibles”  dice una, y otra dictamina que “no ha podido ignorar que esas etiquetas, que  sirven para designar la clase y procedencia de un artículo determinado,  no pueden expenderse libremente sin estar adheridas a los envases a los que se destinan, y que careciendo él de la autorización o representación necesarias, le estaba prohibida su venta.”  Como cierre asegura: “contribuye a corroborar esta afirmación y a destruir la excusa de ignorancia que presenta el querellado, el contenido del documento (…) de fecha anterior a la demanda, en el que Mosca se reconoce autor de una falsificación…”, lo cual evidencia además que el granuja de marras tenía antecedentes documentados al respecto. Como resultado, Generoso Mosca fue condenado a pagar una multa de 500 pesos o, en su defecto, a pasar un año en la cárcel.


Aunque el caso de Mosca es el más notorio por la cantidad e importancia de las marcas adulteradas, no es el único. También podemos señalar el de Cayetano Mammolino, querellado por Branca Hermanos a causa de su fernet, así como por J y F Martell, creadores del prestigioso cognac homónimo, y por Delor y Cía., fabricantes del famoso Aperital.   Los puntos centrales de esta causa se asemejan a bastante a los de la anterior, tanto como la culpabilidad del acusado y la idéntica sentencia: 500 pesos o prisión de un año. Muy llamativa resulta asimismo la aparición sistemática de los productos de Branca en diferentes fallos, indicativa de su renombre  y  de los peligros que esa misma popularidad representaba en un sector plagado de fabricantes clandestinos de vinos, elaboradores improvisados de licores y falsificadores consuetudinarios de etiquetas, todos ellos perfectamente bien dispuestos a asociarse con el propósito final de comercializar brebajes temibles  (a veces al límite de la toxicidad), cuyos rótulos famosos podían engañar al consumidor incauto o al menos pudiente (3). Tal es un caso en el que Branca Hermanos querella a los señores Verocai y Chissoti por una casi grotesca simulación de su etiqueta. No hace falta extenderse demasiado en la cuestión, dado que podemos mostrar los dos ejemplares en conflicto: el verdadero Fernet Branca y el Fernet Verocai.  Como podemos observar,  este último llegaba al extremo de señalar que era  “idéntico al de la casa Fernet Branca de Milán”,  amén de exhibir una silueta visual y textual prácticamente gemela en cuanto a diseño, leyendas y color.


No es la primera vez en que nos detenemos a analizar las grandezas y las miserias de la industria de bebidas a fines del XIX y principios del XX. Ni será la última, porque es uno de los momentos históricamente más cautivantes de nuestro pasado, en pleno proceso de transformaciones sociales, económicas y tecnológicas.


Notas:

(1) Por si alguien tiene interés, el siguiente es el link directo al caso Mosca, aunque desde  allí  se  puede  acceder  a  cualquier  parte  del   trabajo  completo: https://archive.org/stream/sentenciassobre00astigoog#page/n36/mode/2up/search/mosca
(2) En la entrada del 3/12/2012 revisamos un caso similar referido a cigarros toscanos. En esa ocasión también se menciona la libertad y el desenfado con que se movían los imprenteros y litografistas a la hora de fabricar por encargo todo tipo de etiquetas comerciales.
(3) Además del vacío legal y la falta de fiscalización, quienes producían y negociaban esos productos se valían de ciertas realidades propias de la época: la gran cantidad de analfabetos propensos a ser engañados por la similitud de dibujos, letras y colores, y el consumo creciente entre los sectores de la clase obrera,  a  los  que  les  atraía sobremanera el precio de “ganga” que exhibían las diferentes bebidas cuando eran apócrifas.

viernes, 6 de febrero de 2015

Antología de entradas: los cafés, fondas, boliches y bodegones porteños

Prácticamente en los comienzos de Consumos del ayer dimos inicio a una serie de entradas relativas a recordar algunos reductos gastronómicos  ubicados  en  diferentes  barrios porteños. Además del mero análisis histórico que ello supone, quisimos también homenajear a los sitios que fueron y siguen siendo tan típicos del vivir cotidiano. Tanto los simples lugares para el servicio de  bebidas como aquellos  que  daban  de comer eran mucho más abundantes entonces que hoy, incluso en una ciudad donde la gastronomía continúa teniendo una importancia medular dentro de las actividades mercantiles. Pero en los siglos XIX y XX casi no había esquina barrial que no contara con algo al respecto, siempre bajo nombres que se perpetuaron en la memoria ciudadana: bares, almacenes (con despacho de bebidas), fondas, cafés, bodegones, boliches y otras denominaciones adyacentes. Allí pasaron buena parte de su vida muchos hombres de las generaciones que nos precedieron, pocillo, vaso o plato mediante.


Por supuesto que nunca tuvimos anhelos de completitud al respecto (eso es prácticamente imposible), pero sí logramos rescatar la figura de muchos  emplazamientos dedicados  al  ramo  en cuestión, incluyendo algunos que fueron famosos por distintas   circunstancias   relacionadas   con   sus actividades, su concurrencia o su ambiente. Hubo así remembranzas de locales célebres por su aureola maleva,    por  sus reuniones  políticas  o  por  la presencia de artistas,  entre  muchos  otros  motivos  que  hicieron  a  sus  respectivos renombres. Tuvimos en cuenta además todos los posibles marcos sociales y humanos, desde los figones para oficinistas hasta las cantinas fiesteras,  pasando  por  los  bares para personas solitarias y los restaurantes familiares.  Aquí van las diferentes entradas subidas con un criterio geográfico de vecindad, con los correspondientes links para aquellos que quieran  conocerlas o volver a revisarlas:

Paseo de Julio
Aunque no se trataba de  un barrio en el sentido estricto de la palabra, el Paseo de Julio (actual Avenida Leandro N Alem)   fue uno de los lugares más concurridos de Buenos Aires durante el siglo XIX. Su ubicación costera le daba un cosmopolitismo muy particular en los días de la inmigración masiva y allí se afincaron numerosos locales dedicados a los quehaceres de nuestro interés.  http://goo.gl/qpO6sT
La Boca
Tal vez el vecindario cuyo pasado está más  ligado a la faena de las fondas y cantinas sitas en la Vuelta de Rocha y sus inmediaciones. Y no es para menos, puesto que supo ser un refugio de colectividades (no sólo la italiana) que le dieron esa impronta populosa y bulliciosa que ha llegado hasta nuestros días, al menos como imagen estereotipada en el pensamiento colectivo. http://goo.gl/AR8Z1f
Parque Patricios
Barrio cerril y montaraz por su origen ligado con los antiguos corrales abastecedores de carne para la ciudad. En las proximidades de aquel matadero pusieron pie numerosos cafés y pulperías, donde se daban cita todo tipo de personajes urbanos, periféricos e incluso camperos. Más tarde se transformó en un pujante vecindario industrial y comercial con la consecuente ampliación de sus actividades mercantiles y gastronómicas. http://goo.gl/HK1YtB
Belgrano
En otros tiempos, Belgrano fue un municipio separado de la ciudad de Buenos Aires geográfica y administrativamente. A su vez, las vías del ferrocarril dividían la zona en dos: el alto, que tenía su eje en la Avenida Cabildo, y el bajo, formado por todo lo que estaba desde las vías hacia el  Río de la Plata.    Respetando  esa  vieja  frontera  logramos individualizar separadamente una buena cantidad de reductos especializados en las actividades del comer y el beber. http://goo.gl/q20Eim


Barracas
Distrito de los arrabales otrora importantísimo y populoso gracias a la presencia de grandes depósitos para el acopio de mercaderías. Pero además, hasta las primeras décadas del siglo XX, poseía uno de los dos  únicos pasos vehiculares y peatonales por los que se podía cruzar el Riachuelo. La avenida Montes de Oca aún sigue siendo el centro de la vida social y mercantil, junto con otras arterias que llegaron a rebosar de comercios ocupados en las labores de la gastronomía. http://goo.gl/e8wTwp
Flores y Caballito
Cuando el Ferrocarril del Oeste y su tren encabezado por La Porteña lograron ligar a Buenos Aires  con el antiguo municipio de  San José de Flores,   en  1857,   pocos imaginaban el camino de progreso y urbanización que se abría de allí en más para los barrios del centro y del oeste porteño. Así, tanto Flores como Caballito acreditan su propia y rica historia de bares, confiterías y demás locales análogos. http://goo.gl/4VcDpa
Chacarita y Colegiales
La llamada Chacarita de los Colegiales era un emplazamiento estudiantil de los jesuitas. Con el tiempo y la llegada de medios de transporte (con el Tranvía Lacroze como punta de lanza)  la zona se transformó en un activo barrio relacionado a las industrias  y  el comercio, amén de contar con el cementerio más grande de la ciudad. Tanto Chacarita como Colegiales poseen un pasado bien nutrido respecto a cafés, bares y restaurantes. http://goo.gl/cQEjZF
Boedo
Durante muchos años, la actual Avenida Boedo fue algo así como la “General Paz” del presente, dado que marcaba el límite entre la ciudad de Buenos Aires y el municipio de Flores. Luego, con la federalización, la barriada se integró al mapa urbano hasta crecer de un modo que vale la pena reseñar. Lo más interesante es que sus bares y confiterías han tenido siempre una ligazón muy especial con las actividades culturales y sociales. http://goo.gl/tzFQxi


Devoto y Villa del Parque
Al filo del cambio de siglo XIX al XX don Antonio Devoto proyectó y llevó adelante cierta urbanización residencial que ha llegado hasta la actualidad como uno de los lugares más bonitos de la ciudad. En las décadas posteriores se dieron cita los comercios dedicados a las actividades que aquí nos interesan, tanto en Villa Devoto propiamente dicho como en su vecino Villa del Parque. http://goo.gl/Wpt0m5
Balvanera
Vecindario enorme que ya nadie reconoce por su vieja y auténtica nomenclatura, sino por los sub-barrios que cobija:  Congreso,  Facultad de Medicina,  Abasto  y  Once.  Sin  embargo, volvimos a unificarlo para conocer los numerosos reductos del comer y el beber que acredita su vasto pasado, rico además en sucesos y anécdotas de todo tipo. http://goo.gl/2Ois25
Bajo Flores
A la vera de un vecino más famoso, el barrio de Flores propiamente dicho (al cual, en realidad, pertenece), creció otra barriada popular a comienzos de los años 1900. Las avenidas Varela y Del Trabajo (hoy Eva Perón y antes Quirno Costa) constituyen dos núcleos arteriales que cobijaron buena cantidad de comercios del ramo. http://goo.gl/96JDPt
Almagro
En su condición de punto clave en  el movimiento urbano, Almagro es otro de esos sectores de Buenos Aires que en pocas décadas pasó de ser un lugar periférico a representar la pujanza comercial y el tráfico inter barrial. El recuerdo de sus bares, cafés y bodegones transcurre entre avenidas, trenes, estaciones de subte, tranvías y otros medios de transporte propios de la ciudad. http://goo.gl/5sFvP1


De ese modo realizamos un paseo histórico por la urbe conociendo el corazón de sus viejas mesas y sus pretéritos mostradores, aquellos en los que nunca faltaban el café, el vermouth,  la ginebra,  los tallarines  y  las milanesas  o  los bifes con papas fritas.   Y posiblemente lleguen más añoranzas de ello en el futuro, porque para eso estamos en este blog.