viernes, 14 de noviembre de 2014

Recuerdos almaceneros

En el año 1998, la Secretaría de Promoción Social del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires tuvo la idea  de realizar  un  concurso  literario  entre ciudadanos de la llamada  tercera  edad,   cuya principal condición era que los textos estuvieran referidos a los entrañables almacenes barriales. De la iniciativa surgió luego un volumen denominado El almacén de mi barrio, en el cual se plasmaron los cuentos y poesías ganadores. Lo bueno de todo es que  las  historias  volcadas  por estos “veteranos” escritores aficionados representan un testimonio invalorable que nos transporta a la vida cotidiana  entre  1920  y  1960,  cuando  los emprendimientos en cuestión florecían  sin distinciones geográficas ni sociales.   Los treinta y tres relatos de la singular antología incluyen la figura del almacén en todas sus variantes posibles: chicos y grandes, solitarios o con despachos de bebidas, urbanos, suburbanos  y  pueblerinos,  enclavados  en  comunidades humildes  o  en  barrios acomodados.      Decidimos entonces reseñar algunos párrafos que resultan ser un complemento de lujo para lo apuntado en la entrada sobre el tema subida hace más de un año (1).


Como ocurre con cualquier compilación descriptiva dentro de un tema  común,    las  imágenes  recurrentes  son  casi incontables, especialmente aquellas relacionadas con la variedad  de productos  ofrecidos  (herencia de las viejas pulperías), con la habilidad de los integrantes del gremio para realizar ciertas tareas propias de su oficio (el empaquetado en láminas de papel anudadas por sus vértices, por ejemplo) y con el invariable sentido de solidaridad comunitaria a la hora de  otorgar  fiados  y entregar  yapas  a  familias  y niños, respectivamente. Eran los tiempos en que la confianza mutua y la empatía reinaban entre los vecinos, que se sentían unidos por la cultura del trabajo y la esperanza en el porvenir.  Así, muchas veces, los antiguos almaceneros obraban  tácitamente como asistentes sociales, consejeros o prestamistas (sin afán alguno de lucro, ya que el cobro de intereses se consideraba un insulto), cuando no como generadores directos y genuinos de puestos de trabajo. De hecho, son varias las historias que aluden a los jóvenes sin ocupación que eran empleados como dependientes, cadetes o repartidores por los almacenes de sus respectivos barrios.


El texto del concursante Alberto Raúl Vázquez resulta poderosamente gráfico y evocador de épocas y ambientes. Efectuando la añoranza del almacén El Asturiano, propiedad de Don  Celsio,  su  autor  asegura  que   “tras  ingresar nos enfrentábamos a un amplio mostrador de madera color oscuro en medio del cual solía acomodarse Don Celsio, flanqueado a la derecha por la balanza y una gruesa cantidad de hojas de papel de envolver, y a la izquierda por la máquina de cortar fiambre y varios frascos de vidrio conteniendo ajíes en vinagre, pickles  y sobre todo unos grandes confites redondos que atraían mi golosa atención. A su espalda tenía unos enormes cajones de los que extraía harinas,  legumbres,  fideos  y  el azúcar en terrones (…) Las paredes estaban cubiertas por estanterías sobre las que se ubicaban productos envasados tales como yerba,  té,  conservas y gran variedad de bebidas alcohólicas…” Más adelante continúa: “el ambiente interior estaba impregnado de olor a café, encurtidos y sobre todo del llamado vulgarmente “quebracho”, vino tinto contenido en un enorme barril de madera ubicado en el despacho de bebidas y cuyo aroma  se  colaba  a  través  de  la  abertura  sin puerta  que  comunicaba  ambas dependencias”.   Para  terminar,  hace una referencia de la solidaridad  social que mencionamos, rememorando lo siguiente: “a fin de mes, cuando mi papá cobraba su sueldo, cancelábamos la cuenta y el almacenero nos gratificaba con algún obsequio, generalmente una libra de chocolate o una botella de licor Cusenier”.


Hablando acerca de otro local análogo, Elina Villar de Cordero señala pormenorizadamente algunos menesteres de la actividad. “Todos los almacenes se parecían, con su mostrador y sus bolsas de arpillera abiertas exponiendo la mercadería: yerba, porotos, maíz…”, dice, y sigue: “una campana de vidrio cubriendo el trozo de queso o dulce, el papel extendido sobre el mostrador para envolver desde un pan de jabón amarillo hasta un kilo de azúcar escurridiza, que sacaba de la bolsa con una palita de zinc y depositaba en el centro. Con habilidad envolvía rápidamente y con los dos dedos hacía un repulgue a los lados del paquete, rematados con una especie de moño o mariposa, dándole una vuelta en el aire”. Volviendo a la importancia social almacenera, otro relato invoca una labor menos conocida pero muy lógica en los tiempos pretéritos: “al estilo de una estafeta postal, el almacén funcionaba como puesto telefónico gratuito ya que, por ser el único en el barrio que poseía  aparato, los vecinos (con la debida autorización) daban su número como referencia y cuando recibía llamados, el almacenero mandaba avisar al destinatario del mensaje”. Algunas veces, los dueños “ganaban la calle”, por decirlo de alguna manera. Así lo recuerda Eugenio Carlos Ducan cuando dice que “para las fiestas de fin de año, Don Antonio sacaba a la puerta una especie de horno a leña en el que se cocían castañas, que entregaba crujientes y bien doradas”.


Decenas son las figuras para evocar, desde productos hasta modalidades de consumo y personajes, en un repertorio que se vuelve infinito considerando la singularidad de cada almacén  dispuesto en cada esquina, en cada barrio y en cada ciudad argentina del ayer. Pero seleccionamos una que habla otra vez de aquella solidaridad  sana y genuina, de la benevolencia comunitaria practicada como una costumbre por los almaceneros y sus familias. Elsa Libe Argüelles, en Don Manuel, trae a su memoria cierta época difícil, cuando su padre perdió el trabajo que mantenía a la familia de cinco.  Y  apunta:  “Don  Manuel  (el almacenero de confianza) no decía nada, hasta que un día, como con vergüenza, me susurró: -oye niña, necesito alguien que me dé una mano en el negocio; pregúntale a tu hermano si quiere y a tu padre si lo deja ayudarme unas pocas horas luego del estudio”. Desde luego, la familia aceptó, el muchacho cumplió con creces y el apuro económico pudo ser mitigado hasta que el hombre volvió a conseguir un empleo digno.  Con el tiempo, la autora terminó percatándose de que Don Manuel nunca había necesitado ayuda alguna en su pequeño local, sobradamente atendido por él mismo y su esposa. Por eso, al finalizar su texto, remata con este párrafo que no necesita comentarios, a modo de cierre: “mucho tiempo después me di cuenta de que nos había ayudado sin soberbia, con esa inteligencia perfecta de los bien dotados de alma”.

Notas:

(1) Fue dentro de la serie “Estampas del comercio antiguo”, con fecha 8/6/2013.

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