jueves, 20 de noviembre de 2014

Frontignan, Chipre y Pajarete: exóticos vinos dulces que consumían los argentinos hace ciento sesenta años

Cierta operación denominada removido constituye una figura tradicional en la actividad aduanera. Según la legislación que rige actualmente el comercio exterior argentino,  la mercadería  bajo  régimen  de   “removido”   es aquella que viaja entre dos aduanas de nuestro  país  sin  tocar  ningún  punto  ajeno  a  esa  repartición.   En  el  caso  de  las importaciones implica el tránsito de bienes extranjeros entre jurisdicciones aduaneras, y eso significaba indefectiblemente un viaje por barco hace poco más de ciento cincuenta años, que es la época en la que ubicamos estas perlitas que tanto nos gusta analizar aquí.  En  efecto,  viejas estadísticas de la Provincia de Buenos Aires  (cuando aún se hallaba separada de la Confederación Argentina) nos dieron  la oportunidad de encontrar un puñado de peculiares productos vínicos que arribaron originalmente a la Reina del Plata, pero que al momento de tomar los datos respectivos se hallaban en proceso de transferencia hacia el puerto de San Nicolás, otra de las aduanas bonaerenses de gran importancia en el siglo XIX (1)


Hace muy poco culminamos una serie de entradas sobre las importaciones de comestibles y bebidas en el quinquenio 1861-1865, pero  este  hallazgo  apenas  anterior  en  términos cronológicos justifica sobradamente una reseña propia,  y veremos pronto por qué. Es así que en los compendios estadísticos de los años 1858 y 1860, dentro del pelotón rotulado como “efectos de removido” por la aduana de San Nicolás, se detallan numerosos ítems que corresponden a importaciones generales,  incluyendo todo tipo de bebidas. Conociendo bien el marcado gusto por los vinos generosos y dulces que existía en aquella época,   no nos  sorprende  la presencia de jerez, oporto, moscatel y Asti (suponemos que espumante), aunque hay tres casos particulares que merecen ser remarcados por su rareza: el vino Pajarete, el vino Frontignan y el vino Chipre. ¿Qué eran esos misteriosos artículos de nombres intrigantes y pintorescos? La respuesta es sorprendente y nos lleva a la siguiente conclusión: ya en ese entonces la variedad de mercaderías importadas era notablemente amplia, mucho más de lo que solemos imaginar para un período tan lejano de nuestra historia.


El Pajarete es un antiguo vino dulce de la región española de  Málaga  elaborado con uvas semi pasificadas y criado varios años en barricas de roble. Actualmente, el rótulo “Pajarete” pertenece a la DOC Málaga y forma parte de su demarcación territorial, pero  es  probable  que  en  los  viejos  tiempos  la elaboración así conocida se extendiera por todo el sur de España.   En Chile llegó a ser muy popular bajo esa   misma   designación   y  se   lo   producía artesanalmente con el agregado de arrope (mosto caramelizado). Yendo en concreto a su pretérito paso  por la naciente Argentina, lo hallamos dentro de la data del año 1858 en cantidad de ocho cajones,  lo que en principio nos da la certeza absoluta de que llegó embotellado y no a granel, pero también nos deja con una gran incógnita sobre su contenido exacto (2).


Por su parte, Frontignan es una comarca ubicada en el sudeste de Francia, sobre el mediterráneo, cuyo vino dulce más conocido es el Muscat de Frontignan, dueño de una fama que se remonta a los tiempos de Carlomagno. Se lo considera una referencia entre los ejemplares vinificados con cierta variedad específica llamada “Moscatel de Grano Pequeño” (Muscat a Petit Grains).  No obstante el carácter netamente aromático del cepaje,   los vinos resultantes son delicados,   de color amarillo ámbar  y  un dulzor manifiesto pero no exagerado. Seguramente esas virtudes eran bien apreciadas en las sobremesas argentinas pudientes de antaño, cuando todavía no habían desaparecido del todo los usos gastronómicos coloniales. El vino Frontignan (apuntado a veces así, y otras por su castellanización de Frontiñan) comparece tanto en los cómputos de 1858 como en los de 1860, acusando 44 y 90 cajones, respectivamente.


Nos queda el espécimen más extravagante de todos, el Chipre. Por fortuna, la historia vitivinícola y el mismo sentido común  despejan cualquier duda respecto a su identidad, puesto que siempre ha existido  un  único  vino  chipriota  con  fama internacional  y  proyección exportadora:   el Commandaria,   legendario   tinto   dulce de antecedentes bien documentados a lo largo de la antigüedad. En nuestros días, el vino Commandaria se elabora  con  las  cepas  Xinistery  y  Mavro cosechadas sobremaduras y posteriormente dispuestas al sol para su pasificación. El grado alcohólico final oscila entre 15  y  20 grados,   ya que puede ser encabezado (optativamente) con alcohol vínico, luego de lo cual  se lo añeja en recipientes de roble por períodos de hasta cuatro años. La presencia del vino “Chipre”  en la aduana de San Nicolás es bien modesta, ya que sólo desembarcaron 2 cajones durante 1860. Por supuesto, ello no implica necesariamente que tal ingreso haya sido el único (3).


¿Cómo y cuándo habrán sido disfrutados estos singulares elixires foráneos? ¿Después de las comidas? ¿Acompañando los manjares reposteros de la época?  ¿Durante las tertulias de la alta sociedad? ¿En las noches frías de invierno, junto a algún fuego? Lo más probable es que su dispendio haya abarcado todas las circunstancias descriptas y muchas otras que apenas nos podemos imaginar.  Pero  lo  lindo,  como  nunca  nos cansamos de decir, es el hecho de poder recrear la vida argentina cotidiana de antaño, humilde o lujosa, urbana o rural, criolla o gringa.


Notas:

(1) El removido se considera  siempre un proceso transitorio que puede durar entre semanas y meses. Seguramente, cuando los datos que nos ocupan fueron publicados, dichos efectos ya habían sido despachados, comercializados y consumidos.
(2) Las poco elocuentes unidades de  medida “cajones”  y  “canastos” aparecen  reiteradamente en las estadísticas aduaneras de ese entonces junto con las pipas, las bordelesas, los barriles, las barricas y las damajuanas. Ya en el decenio siguiente, los datos oficiales son mucho más definidos  y se refieren a sólo a “docenas” (de botellas),  damajuanas (de diez litros), barriles y galones, pero todo indica que hasta 1860  la administración  aduanera  tenía  por  costumbre asentar  los  ingresos  según las características visuales de los bultos,  sin especificar dimensiones ni contenidos. No sabemos por lo tanto cuantas unidades portaban los misteriosos cajones: ¿doce, veinticuatro o mucho más?


(3) Personalmente creo que el mismo artículo debe estar “escondido” en otras partes de la estadística, ya que la recién mencionada  ambigüedad para registrar las cantidades se hace extensible a los nombres de los productos, casi siempre apuntados al voleo y sin ningún criterio de uniformidad. Por ejemplo, el texto abunda en descripciones del estilo “vino dulce”,  que bien le pueden caber tanto al Commandaria como a otros prototipos similares. Chipre no tenía entonces ninguna relación comercial con nuestro país, ni tampoco el Imperio Otomano (bajo cuya dominación se encontraba hacia 1860), pero sí practicaba un nutrido comercio con Gran Bretaña. Lo más probable es que esa mercadería haya sido embarcada en Londres por una de las numerosas casas de comercio inglesas que importaba y exportaba vinos, alimentos y demás efectos de consumo.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Recuerdos almaceneros

En el año 1998, la Secretaría de Promoción Social del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires tuvo la idea  de  realizar  un  concurso  literario  entre ciudadanos de la llamada  tercera  edad,   cuya principal condición era que los textos estuvieran referidos a los entrañables almacenes barriales. De la iniciativa surgió luego un volumen denominado El almacén de mi barrio, en el cual se plasmaron los cuentos y poesías ganadores. Lo bueno de todo es que  las  historias  volcadas  por  estos  “veteranos” escritores aficionados representan un testimonio invalorable que nos transporta a la vida cotidiana  entre  1920  y  1960,  cuando  los emprendimientos en cuestión florecían  sin distinciones geográficas ni sociales.   Los treinta y tres relatos de la singular antología incluyen la figura del almacén en todas sus variantes posibles: chicos y grandes, solitarios o con despachos de bebidas, urbanos, suburbanos  y  pueblerinos,  enclavados  en  comunidades  humildes  o  en  barrios acomodados.      Decidimos entonces reseñar algunos párrafos que resultan ser un complemento de lujo para lo apuntado en la entrada sobre el tema subida hace más de un año (1).


Como ocurre con cualquier compilación descriptiva dentro de un  tema  común,    las  imágenes  recurrentes  son  casi incontables,   especialmente aquellas relacionadas con la variedad  de  productos  ofrecidos  (herencia de las viejas pulperías), con la habilidad de los integrantes del gremio para realizar ciertas tareas propias de su oficio (el empaquetado en láminas de papel anudadas por sus vértices, por ejemplo) y con el invariable sentido de solidaridad comunitaria a la hora de  otorgar  fiados  y  entregar  yapas  a  familias  y niños, respectivamente. Eran los tiempos en que la confianza mutua y la empatía reinaban entre los vecinos, que se sentían unidos por la cultura del trabajo y la esperanza en el porvenir.  Así, muchas veces, los antiguos almaceneros obraban  tácitamente como asistentes sociales, consejeros o prestamistas (sin afán alguno de lucro, ya que el cobro de intereses se consideraba un insulto), cuando no como generadores directos y genuinos de puestos de trabajo. De hecho, son varias las historias que aluden a los jóvenes sin ocupación que eran empleados como dependientes, cadetes o repartidores por los almacenes de sus respectivos barrios.


El texto del concursante Alberto Raúl Vázquez resulta poderosamente gráfico y evocador de épocas y ambientes. Efectuando la añoranza del almacén El Asturiano, propiedad de Don  Celsio,  su  autor  asegura  que   “tras  ingresar nos enfrentábamos a un amplio mostrador de madera color oscuro en medio del cual solía acomodarse Don Celsio, flanqueado a la derecha por la balanza y una gruesa cantidad de hojas de papel de envolver, y a la izquierda por la máquina de cortar fiambre y varios frascos de vidrio conteniendo ajíes en vinagre, pickles  y  sobre todo unos grandes confites redondos que atraían mi golosa atención. A su espalda tenía unos enormes cajones de los que extraía harinas,  legumbres,  fideos  y  el azúcar en terrones (…) Las paredes estaban cubiertas por estanterías sobre las que se ubicaban productos envasados tales como yerba,  té,  conservas y gran variedad de bebidas alcohólicas…” Más adelante continúa: “el ambiente interior estaba impregnado de olor a café, encurtidos y sobre todo del llamado vulgarmente “quebracho”, vino tinto contenido en un enorme barril de madera ubicado en el despacho de bebidas y cuyo aroma  se  colaba  a  través  de  la  abertura  sin  puerta  que  comunicaba  ambas dependencias”.   Para  terminar,  hace una referencia de la solidaridad  social que mencionamos, rememorando lo siguiente: “a fin de mes, cuando mi papá cobraba su sueldo, cancelábamos la cuenta y el almacenero nos gratificaba con algún obsequio, generalmente una libra de chocolate o una botella de licor Cusenier”.


Hablando acerca de otro local análogo, Elina Villar de Cordero señala pormenorizadamente algunos menesteres de la actividad. “Todos los almacenes se parecían, con su mostrador y sus bolsas de arpillera abiertas exponiendo la mercadería: yerba, porotos, maíz…”, dice, y sigue: “una campana de vidrio cubriendo el trozo de queso o dulce, el papel extendido sobre el mostrador para envolver desde un pan de jabón amarillo hasta un kilo de azúcar escurridiza, que sacaba de la bolsa con una palita de zinc y depositaba en el centro. Con habilidad envolvía rápidamente y con los dos dedos hacía un repulgue a los lados del paquete, rematados con una especie de moño o mariposa, dándole una vuelta en el aire”. Volviendo a la importancia social almacenera, otro relato invoca una labor menos conocida pero muy lógica en los tiempos pretéritos: “al estilo de una estafeta postal, el almacén funcionaba como puesto telefónico gratuito ya que, por ser el único en el barrio que poseía  aparato, los vecinos (con la debida autorización) daban su número como referencia y cuando recibía llamados, el almacenero mandaba avisar al destinatario del mensaje”. Algunas veces, los dueños “ganaban la calle”, por decirlo de alguna manera. Así lo recuerda Eugenio Carlos Ducan cuando dice que “para las fiestas de fin de año, Don Antonio sacaba a la puerta una especie de horno a leña en el que se cocían castañas, que entregaba crujientes y bien doradas”.


Decenas son las figuras para evocar, desde productos hasta modalidades de consumo y personajes, en un repertorio que se vuelve infinito considerando la singularidad de cada almacén  dispuesto en cada esquina, en cada barrio y en cada ciudad argentina del ayer. Pero seleccionamos una que habla otra vez de aquella solidaridad  sana y genuina, de la benevolencia comunitaria practicada como una costumbre por los almaceneros y sus familias. Elsa Libe Argüelles, en Don Manuel, trae a su memoria cierta época difícil, cuando su padre perdió el trabajo que mantenía a la familia de cinco.  Y  apunta:  “Don  Manuel  (el almacenero de confianza) no decía nada, hasta que un día, como con vergüenza, me susurró: -oye niña, necesito alguien que me dé una mano en el negocio; pregúntale a tu hermano si quiere y a tu padre si lo deja ayudarme unas pocas horas luego del estudio”. Desde luego, la familia aceptó, el muchacho cumplió con creces y el apuro económico pudo ser mitigado hasta que el hombre volvió a conseguir un empleo digno.  Con  el tiempo, la autora terminó percatándose de que Don Manuel nunca había necesitado ayuda alguna en su pequeño local, sobradamente atendido por él mismo y su esposa. Por eso, al finalizar su texto, remata con este párrafo que no necesita comentarios, a modo de cierre: “mucho tiempo después me di cuenta de que nos había ayudado sin soberbia, con esa inteligencia perfecta de los bien dotados de alma”.

Notas:

(1) Fue dentro de la serie “Estampas del comercio antiguo”, con fecha 8/6/2013.

martes, 4 de noviembre de 2014

Las importaciones de comestibles y bebidas en los comienzos de la unidad nacional 3

Es muy razonable pensar que la mayor parte de las manufacturas introducidas por nuestro país en la primera mitad de la década de 1860 provenían de Europa, mientras que los suministros de nuestros vecinos americanos se limitaban a productos primarios de la tierra. Tal apreciación, básicamente,  es correcta.  Por aquel entonces,  el Viejo Mundo contaba con importantes industrias desarrolladas en los tres renglones que nos convocan  -las comidas,  las bebidas y los tabacos-,  tal cual repasamos en la anterior entrada de esta serie subida el 14 de Julio último. Vinos, vermouths, destilados, alimentos envasados y cigarros, entre otros, formaban parte de los efectos que hacían arribo desde las grandes capitales de la Revolución Industrial para deleite de los habitantes más pudientes en este país todavía nuevo y económicamente poco desarrollado.     Sin embargo, y no obstante esa realidad incuestionable, los envíos de la misma América acusaban algunas sorpresas en materia de bienes con valor agregado.


Si hacemos un “barrido”  de norte a sur respecto a nuestros socios comerciales no europeos de la época, la gama de orígenes de las importaciones patrias comienza en USA y sigue por Cuba, Brasil, Paraguay y Uruguay, a los que vamos a sumar la lejana India por ser el único caso del repertorio mencionado en esta serie que no pertenece a Europa ni a América. Ahora bien, que ya en 1861 tuviéramos una relación mercantil con el gran país del norte es quizás un dato poco conocido, pero las estadísticas lo confirman con evidencias difíciles de cuestionar, ya que observamos envíos de licores, ginebra, té perla y manteca, a la sombra de los tres ítems más importantes en volumen: tabaco (de hoja y de mascar), cigarros (1.025 .000 unidades) y arroz (35.665 arrobas). Siguiendo hacia el sur llegamos a las Antillas, donde la isla de Cuba (asentada a veces con ese nombre y otras como La Habana)  presenta un grupo de productos muy interesantes por su especialización casi idéntica a los rubros que la caracterizan hoy en día: azúcar (89.545 arrobas de blanca y 2.523 de terciada), “caña” (1.231 pipas) (1), cigarros (1.466.000 unidades) y cigarrillos (3.919 “cajetillas”).


De Brasil nos llegaba azúcar (47.000 arrobas), tabaco negro, cigarros de hoja y fariña (harina de mandioca), como ítems principales, pero hacemos hincapié en la llamada  yerba  paranaguá  (yerba  mate  brasilera, considerada inferior a la del Paraguay, que aun así arribó por volumen de 7.665.000 libras en 1861) y otra vez en la “caña” (2). Los registros muestran asimismo algunas  mercaderías que  pertenecían al tránsito desde Portugal, al estilo de vinos de Oporto y Madeira, lo cual queda perfectamente aclarado en una nota especial (3). Paraguay exhibe más o menos un espectro similar, con caña, tabaco, cigarros y yerba mate, pero advertimos allí un indicio de gran interés para los historiadores: la lectura de todo el compendio quinquenal denota una fuerte caída hacia la finalización del período, cuyo motivo no es otro que el inicio la llamada Guerra de la Triple Alianza o, más comúnmente, Guerra del Paraguay, extendida entre 1865 y 1870.


Al revisar los embarques del Uruguay nos topamos con una verdadera sorpresa, ya que el abanico de productos está encabezado por los huevos de gallina, en número de 6.351 cientos. ¿La Argentina importaba huevos? Sí, y de ello no hay dudas, puesto que han quedado testimonios incontrovertibles que además objetan severamente la frescura de tales materias primas (4). Finalmente viene la India, cuyo renglón relevante es el del té, embarcado hacia nuestros puertos por valor de báscula determinando en 142.090 libras (unos 65.000 kilos) durante el año 1861. Desde luego, la India era entonces una colonia británica, y por esa misma razón resulta una fortuna documental que sus importaciones hayan quedado asentadas de modo separado a las restantes.


Culminamos así el repaso de esta elocuente información volcada a las estadísticas oficiales hace ciento cincuenta años, cuando el sentimiento de una patria unificada apenas empezaba a surgir entre los habitantes del territorio nacional.

Notas:

(1) De acuerdo con la nomenclatura usual a mediados del siglo XIX, la llamada “pipa” de roble contenía unos 550 litros en promedio
(2) Ya lo dijimos antes, pero la denominación “caña” de Cuba y de Brasil seguramente era utilizada para definir lo que hoy conocemos como ron  y cachaça, respectivamente, quizás ambas muy rústicas para nuestro paladar actual, pero geográficamente genuinas al fin.
(3) Esa nota es la que se puede leer a continuación en una imagen tomada del original, con ciertos usos ortográficos típicos de esos años:


(4) El 25 de febrero de 1867, los médicos de la policía Claudio Amoedo y Manuel Blancas presentaron al jefe del Cuerpo, Cayetano M. Cazón, una nota en la que describían las pésimas condiciones sanitarias de la ciudad de Buenos Aires y la ausencia de controles al respecto. En una parte del texto, los firmantes aseguran que “hace mucho tiempo que notamos la falta de visitas domiciliarias y la falta de policía en los mercados, donde la fruta verde se expende a todo el que quiere comprarla y donde los huevos importados del extranjero, ya en estado de descomposición, pasan a las confiterías  y a otros establecimientos en que se elaboran masas azucaradas”.