martes, 14 de octubre de 2014

Cafés, fondas, boliches y bodegones en Almagro

La historia del vecindario otrora periférico y suburbano que terminó integrándose a la gran metrópolis  es bastante recurrente en el pasado de la ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, pocos barrios son tan emblemáticos al respecto como Almagro, que sufrió una transformación radical de fisonomía en la segunda mitad del siglo XIX. Los motivos que podríamos señalar son muchos, pero la superabundancia de medios de transporte que sucesivamente fueron surcando su geografía es, sin ningún lugar a dudas, el principal de todos. La data cronológica resulta contundente en tal sentido, comenzando con la llegada del pionero Ferrocarril del Oeste en 1857, que estableció su estación Almagro muy cerca del cruce entre las actuales Medrano y Bartolomé Mitre. Algunos años después fueron tranvías los encargados de llevar público desde allí hasta la Plaza Miserere (1), punto neurálgico situado en el vecino Balvanera, y más tarde las líneas de subterráneos A y B (inauguradas en 1914 y 1932, respectivamente), que completaron, junto con los automotores,  el espectro de movilidad para la creciente masa de población. 


Semejante coyuntura de progreso fue un caldo de cultivo muy propicio para el emplazamiento de comercios gastronómicos,  desde los modestos almacenes con despacho de bebidas hasta las suntuosas confiterías,    pasando  por  todas  las instancias intermedias. Así, como apuntamos en una entrada reciente sobre los cafés con pasatiempos misceláneos  (2),  el  paradero  limítrofe  en  el entramado municipal que mantuvo hasta el año 1888 hizo de Almagro un territorio pletórico de reñideros de gallos y canchas de pelota, de las cuales podemos señalar el Almacén, bar y reñidero de los hermanos Brenta, o la cancha de pelota Rivadavia (que funcionó en Rivadavia entre Bulnes y Mario Bravo desde 1876 hasta  1885),  a  modo  de  ejemplo.  Y  si  vamos  específicamente  a  los  cafés  y establecimientos similares para el expendio de bebidas, la lista se amplía enormemente gracias al paciente trabajo y la memoria de los historiadores Salvador Otero y Emilio Sannazzaro. 


Entre tantos, elegimos los que siguen:

- Almacén y bar Las Tejas, en Rivadavia 3502, cuyo nombre obedecía a la más obvia de las razones: su techo.
- Almacén y bar La Vieja, en Rivadavia 3825. En este caso no hace falta aclarar el origen de tal denominación.
- Café La Sonámbula, ubicado en la esquina SE de Rivadavia y Maza.
- Los bares Munich y El Ceibo, sobre la avenida Boedo 557 y en su intersección con México, respectivamente.
- Café La Petiza (así tal cual), en Rivadavia y Esperanza (antes Sadi Carnot y luego Mario Bravo).
- Almacén El Colegio, sito en un lugar bastante infrecuente para los comercios en general y los del ramo que nos ocupa en particular: el Pasaje San Carlos, de tipo peatonal y uno de los más antiguos en el ámbito porteño. (3). La gracia del establecimiento resultaba alusiva al Colegio Pío IX, erigido en Yapeyú 197, que contó entre sus alumnos a personajes como Carlos Gardel, Ceferino Namuncurá y Arturo Illia.
- Café El Pasatiempo, originalmente reñidero y luego trastocado a Mi Tío, enclavado en Venezuela y Quintino Bocayuva.
- Bar El Cóndor, en la esquina NE de Corrientes y Medrano, que solía ofrecer sillas y mesas extras en tiempos de carnaval.
- Café de Don Converso, en Corrientes y Mario Bravo.
Sobre Corrientes y Carril (actual Aníbal Troilo), el Café La Morocha, donde actuaron numerosas figuras del tango.
- Almacén de Don Justo, en Guardia Vieja y Billinghurst. Como tantos de su tipo, tenía dos entradas: por Guardia Vieja se ingresaba a la despensa, y por Billinghurst al despacho de bebidas.
- Café Mundo Argentino, emplazado sobre el límite barrial de Diaz Vélez y Río de Janeiro. El apelativo apuntaba a una de las tantas revistas editadas por la cercana Editorial Haynes, que proveía con su personal la mayor parte de la clientela.


También existieron en Almagro fondas, bodegones y restaurantes recordados,  como Il Vero Mangiare (Guardia Vieja y Sánchez de Bustamante), donde solía asistir el púgil José María Gatica. Otros fueron La Copa de Oro (Lavalle y Gallo), la cervecería Río Rhin (Rivadavia 4453) y la Cantina Italiana Giovanotti (Corrientes 3459). Por supuesto que no olvidamos a la perla del barrio: la Confitería Las Violetas, que se ha convertido en un punto de visita y reunión para porteños y no porteños.  No abundamos en su historia por haber formado parte de una entrada anterior (4), pero se trata de uno de esos lugares a los que hay que ir, aunque sea una única vez, al menos a tomar un café.


Para finalizar, evocaremos dos reductos que representan postulados  opuestos  dentro  de  una  misma  realidad popularmente aceptada: que el pasado no vuelve, y que el mundo sigue andando (5).  El primero es el bodegón  El Cunqueiro (Medrano y Sarmiento), hasta hace poco visible en un edificio del año 1898, hoy cerrado y próximo a demoler. El otro es el bar El Banderín (Guardia Vieja 3602) que inició sus actividades en 1929 y actualmente pertenece a la nutrida nómina de bares notables de la Ciudad de Buenos Aires. Semejante final feliz es producto de la singular capacidad  de sus dueños (los de hoy y los de ayer) para lograr que no perdiera vigencia a través de los años. En 2014 luce bien conservado,  bullicioso,  tradicional y a la vez extrañamente moderno,  colmado  de banderines y otros emblemas deportivos tan caros a los afectos y las pasiones de los argentinos.


Notas:

(1) Entre los emprendimientos precursores podemos señalar el Tranway Central, el Tranway Argentino (ambos absorbidos posteriormente por la compañía Anglo Argentina), el  Tranway  Lacroze  y la empresa  La  Capital,  que tenía su depósito y centro de operaciones en Boedo 750. La siguiente es una foto del servicio inaugural de esta última, en 1897.


(2) Subida el 25/8/2014.
(3) El Pasaje San Carlos nace en la calle Quintino Bocayuva 151 y no tiene salida. Su origen se remonta a una subdivisión de antiguas quintas realizada en 1865. Hoy se alzan en esa arteria unas quince o veinte casas, la mayoría construidas en los primeros años del siglo XX. Hasta hace no mucho era de libre acceso, pero luego fue cerrado con un sólido portón de rejas.


(4) De la serie “Estampas del comercio antiguo”, sobre las confiterías, subida el 8/9/2012. 
(5) Quien suscribe es un lector frecuente de temas científicos, especialmente de lo que tiene que ver con la física cuántica. En función de eso, considero que la primera de estas afirmaciones es una falacia absoluta. Hoy, la ciencia acepta que tiempo y espacio interactúan de maneras que apenas estamos empezando a comprender.

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