lunes, 14 de julio de 2014

Las importaciones de comestibles y bebidas en los comienzos de la unidad nacional 2

En la primera entrada de esta serie, subida hace ya varios meses  (24 de febrero, para ser exactos),  adelantamos la intención de realizar un enfoque somero sobre alimentos y bebestibles importados por nuestro país en la primera mitad del decenio de 1860, y todo gracias a cierto compendio documental denominado Estadística de la Aduana de Buenos Aires que abarca el período 1861-1866. Cumplimos ahora en continuar aquel anticipo, comenzando por los productos que arribaban desde Europa. Vale aclarar nuevamente que, en esos tiempos, la manufactura de industria nacional se reducía a un escaso volumen de vinos, aguardientes, cerveza, alimentos en fresco, panificados, lácteos, cigarros y materias primas del mismo tipo, casi siempre sin envasar y en presentaciones a granel. No había aun un verdadero desarrollo productivo, ni para el mercado interno ni mucho menos para la exportación.  De hecho,  como también señalamos,  las ventas al exterior estaban casi exclusivamente formadas por artículos pecuarios sin ningún valor agregado: carne, cueros, cebo, astas y demás componentes de ejemplares vacunos, equinos y ovinos  propios de la ganadería extensiva. Nada sorprendente, si tenemos en cuenta que recién entonces comenzaba a formarse la Argentina tal como la conocemos hoy, con la posibilidad de establecer políticas a largo plazo.


Así, la mayoría de las compras del comercio exterior nos llegaban desde el Viejo Mundo. Nuestra relación mercantil con el bloque continental en cuestión era constante y tenía como protagonistas a España, Italia, Francia, Alemania, Bélgica, Holanda y Portugal. Ajustándonos a las cifras específicas de 1861, España era un prolífico proveedor de aceite de oliva presentado en botellas, latas y botijuelas (1). El vino tinto era recibido en cascos (15.506 unidades en ese período anual, lo que daría unos aproximados 3.800.000 litros) y cajones de doce botellas, asentados como docenas, en cantidad de 546. Llama la atención el rubro de los anizados (sic), compuesto por licores o aguardientes con sabor a anís muy apreciados en la época, que se importaban en damajuanas.   Hacia el final del compendio los ítems se vuelven más concretos, lo que nos permite saber, por ejemplo, que en 1865 recibimos de allí  5.748  cascos de Jerez.  Otras mercaderías destacadas de origen español eran el azafrán, el chocolate, la pasta de sopa  y las aceitunas (en barriles), por mencionar sólo un puñado.  El  aceite  de  oliva  también era un componente relevante en  nuestras importaciones desde Italia, pero su mayor volumen está mensurado con otra vieja unidad de medida, dado que se declaran 19.861 arrobas (equivalentes a unos 12 kilos cada una) y 4.381 botijuelas.  Vemos también vermouth, caña (2), licores (2.960 docenas), queso (3.464 libras) y vino tinto (1.368 cascos y 3.757 docenas). Los renglones itálicos de comestibles en general y conservas en general son muy relevantes, pero acusan sólo el importe y no sus pesos o medidas (3).


Alemania  nos  remitía vino  (cascos y botellas), cerveza, “coñac” (obviamente un émulo germano, lo que era habitual en muchas otras partes del mundo y más tarde en la propia Argentina),  licores dulces, bastante ginebra, té perla (4) y vinagre. De Bélgica anclaban en nuestros muelles buques con con coñac, ginebra, cerveza, licores, vino del Rhin y manteca, entre otros. Inglaterra acusaba envíos similares, pero su especialidad era el té, que por 1861 llegó a la aduana porteña en cantidad de 1.484 libras (5). Poco hay para decir de Portugal en ese mismo año, pero ya en 1862 se hace significativo el renglón específico del vino Oporto, en cascos y botellas. Holanda es otro de los orígenes que exhibe un gran volumen con cierta singularidad productiva: la ginebra, fraccionada en cascos, damajuanas y  frasqueras, es decir, cajas de madera que incluían 12 o 24 botellas, casi siempre de gres. Queda claro que no incorporamos en estas descripciones a los hoy llamados commodities, que a mediados del siglo XIX eran principalmente azúcar (blanca o terciada), sal, arroz y café, aunque tal vez sí los señalemos cuando nos toque examinar las importaciones de procedencia americana.


Dejamos para el final a Francia por ser el origen mejor registrado en su diversidad de bebidas, que parecen tener un prestigio bien ganado y un consumo muy sólido hacia 1861. Además del queso (29.041 libras) y sardinas (36.852 cajas), remarcamos lo que sigue, con varios volúmenes galoneados, como se decía entonces: vino tinto  (7.479  pipas  y  13.780 docenas),  vermouth  (11.652  galones),  cognac  (36.299 galones), ajenjo (13.056 galones), cerveza (1.378 docenas), curaçao (66 docenas), kirsch (1.295 docenas), marrasquino (44 docenas) y licores dulces (5.775 docenas). Años más tarde aumenta todavía más la variedad de brebajes galos mediante la incorporación a los asientos de champagne, vino de Burdeos  y otras especificidades geográficas tan renombradas en nuestros días.


La estadística incluye mucha data técnica de navegación que no es de mayor interés para este blog, si bien resulta didáctico saber que los principales puertos europeos de despacho eran entonces Liverpool, Londres, Barcelona, Cádiz, Génova, Burdeos, Havre, Marsella, Amberes y Hamburgo. En la próxima y última entrega de esta serie vamos a indagar los suministros que viajaban  hacia estas tierras desde la misma América: Estados Unidos, Brasil, Cuba, Uruguay y Paraguay, a los que sumaremos el país más alejado de todos: la India.

                                                            CONTINUARÁ...

Notas:

(1) Las “botijuelas” eran recipientes de barro cocido que contenían desde 2 hasta 5 litros, en promedio. Estaban emparentadas con las grandes tinajas y presentaban diversos modelos, de los cuales el tipo óvalo alargado con manija era el más común.


(2) Ya habíamos dicho algo acerca de los “aguardientes” y las “cañas” de todas partes del mundo, y de la posibilidad de que ellas fueran denominaciones primitivas para  producciones actualmente famosas como bebidas de identidad bien concreta. Casi con seguridad, buena parte de los alcoholes italianos declarados de ese modo no eran otra cosa que grappa, al igual cachaça en el caso de Brasil y ron en el caso de Cuba. Salta a la vista que muchas bebidas formaban parte de grupos altamente genéricos y demasiado abarcativos, pero ello resulta muy razonable en una época en que sólo se reconocían  nombres más definidos para el cognac, la ginebra y otros pocos licores, sobre todo si provenían de Francia.


(3) Esta familia era abundante y correspondía a productos alimenticios sólidos o líquidos envasados en latas, paquetes y otras presentaciones múltiples, difíciles de medir por su peso total. En diarios de la época solía ser frecuente publicar la llegada y puesta en venta de tales embarques a las distintas colectividades, férreas consumidoras de los productos típicos de sus naciones respectivas. Como ejemplo, el siguiente es un anuncio aparecido en el diario El Nacional en noviembre de1866 bajo el título “Milán en Buenos Aires”.


(4) El té perla es también llamado té de jazmín. Se elabora mediante un proceso de contacto prolongado entre las hebras de uno y las flores del otro.
(5) No obstante, el grueso del té llegaba directamente de India, la mayor colonia británica por esos tiempos, como analizaremos en la próxima entrada de este mismo tema.

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