martes, 22 de julio de 2014

Tres añosas alhajas de la buena enología nativa: crónica de una degustación

Cuando  las  reseñas  sobre  la  vida  de  una  persona  se transforman invariablemente en panegíricos, quiere decir que esa persona hizo las cosas muy bien a lo largo de su vida. Así ocurrió tras el fallecimiento del ilustre enólogo Don Raúl de la Mota  (1918-2009),  auténtico  pionero  de  la  vitivinicultura argentina  moderna.    Poseedor  de  un  estilo  reconocido internacionalmente, supo generar vinos de calidad adelantada para su época. Comenzó su carrera profesional a principios de los años cincuenta como técnico de las acreditadas bodegas Orfila y Finca Flichman. Posteriormente, luego de una breve gestión en la actividad pública (fue Ministro de Agricultura de la provincia de La Rioja),  arribó con toda su sapiencia a la gran bodega Arizu, la misma que conocieron varias generaciones de argentinos a través de la célebre marca homónima y también de Cruz del Sur, Casa de Piedra, Cuesta del Parral, Valroy y un largo etcétera.  Precisamente,  Consumos del Ayer  tuvo  el  enorme privilegio de probar tres añejos ejemplares elaborados por este insigne hacedor de vinos en aquel portentoso establecimiento situado en Godoy Cruz, muy cerca del centro de la ciudad de Mendoza (1)

















Pero antes de profundizar en la degustación propiamente dicha,  veamos algo sobre esta gran empresa vitivinícola desparecida hace ya treinta años. Fundada en 1888 por los hermanos españoles navarros Balbino, Sotelo y Clemente Arizu, pasó a tener el crecimiento vertiginoso en muy poco tiempo,  al igual que sus similares  del  siglo  XIX  tardío. Promediando el decenio del veinte (2) contaba con 1.868 hectáreas de viñedos distribuidos en amplias fincas según   el siguiente detalle: Chachingo (Maipú, 165 has), La Perla (Luján, 341 has), Las Palmas (Luján, 149 has) y Villa Atuel (759 has), además de numerosos productores asociados sumando otras 454 hectáreas.  Al finalizar la década del sesenta, su espectro de marcas incluía vinos comunes, finos, licorosos y espumantes muy difundidos  y  apreciados entre la población.    La  siguiente  es  una  foto  del establecimiento de Villa Atuel en la que se observa  parte del gigantesco viñedo de más de 1500 hectáreas, calificado en su época como “el mayor del mundo”.


Allá por 1995, el destino hizo que el autor de estas líneas encontrara y adquiriera un lote completo de diez antiguas botellas de Jerez Don Balbino  y un solitario espécimen de  Oporto  Viejo  Juez.  Es  decir,  etiquetas  bien tradicionales de la firma que nos ocupa durante casi cincuenta años. Pero no todo terminó allí, ya que hace poco se sumó otra botella  del  Oporto  Viejo  Juez, propiedad de Joaquín Alberdi, fundador y titular de la prestigiosa vinoteca JA! en el barrio porteño de Palermo. Fue así que nos pusimos de acuerdo para abrir tales tesoros en ocasión de una cena con amigos y dejar testimonio de ello.  Como sabíamos de antemano,  los ejemplares a catar pertenecían a los años de gestión enológica de Raúl de la Mota y eran los siguientes: un jerez Don Balbino datado aproximadamente en 1975, un oporto Viejo Juez de la misma época, y otro oporto Viejo Juez  algunos años anterior, posiblemente de fines de los sesenta, tal vez de 1968 (3). En base a eso y para simplificar la reseña, me referiré a partir de ahora a los dos oportos como  Viejo Juez 75  y  Viejo Juez 68.  La memorable ocasión fue experimentada por el susodicho dueño de casa,  por  el  que suscribe y por los siguientes y fervientes amantes del vino: Sebastián Nazábal (autor de las tomas fotográficas de la cata), Alejo Berraz, Jorge Martínez, Enrique Devito, Marcelo Murano y Antonio Fernández.


La apertura no fue nada fácil. Tanto el Don Balbino como el Viejo Juez 75 tenían sus corchos muy pegados al borde interno de las botellas y se desmenuzaron apenas intentamos  removerlos. No ocurrió lo mismo con el Viejo Juez 68, cuyo tapón logró salir sin mayores contrariedades. Para librar a los dos prototipos “accidentados” de sus molestas borras corcheras realizamos el servicio pasándolos a través del efectivo filtro decantador, gracias al cual aterrizaron en los receptáculos asignados con un perfecto estado de limpidez  y  oxigenación.   Luego,  tal cual se puede apreciar en la imagen correspondiente, las tres hileras de copas mostraban  notorias diferencias cromáticas no carentes de cierta lógica:  un amarillo ámbar intenso para el  Don Balbino,  un dorado luminoso de profundidad media para el Viejo Juez 75 y un dorado bien acentuado para el Viejo Juez 68. En la etapa del aroma y el sabor apreciamos al Jerez Don Balbino inmerso en un perfil de producto seco, levemente punzante (como suelen ser los de su tipo), rico, con cuerpo, bien al estilo tan difundido en la época y muy adecuado para acompañar un buen jamón crudo. Al llegar a los oportos, las diferencias en el color fueron confirmadas por el resto de los sentidos: dulzor menos acentuado para el Viejo Juez 75, que contenía tonos a miel, pasas, confituras y madera tostada. Más meloso resultó el Viejo Juez 68, con notas de caramelo y frutas desecadas culminando en un gusto opulento, prolongado, glotón en términos de azúcar residual pero sin defectos. En otras palabras, nos dimos el lujo histórico de ver, oler y gustar tres modelos de la antigua industria vitivinícola nativa pletóricos de sensaciones placenteras luego de casi cincuenta años de sueño al abrigo del vidrio.


Tanto Don Balbino Arizu, el bodeguero incansable, como Don Raúl de la Mota, el enólogo preclaro, se habrían sentido orgullosos del fruto de su trabajo si hubieran estado con nosotros  (y en cierta manera, allí  estaban).   Para  terminar  reproducimos  el  texto plasmado en la contraetiqueta del Viejo Juez 75, quizás una redacción del mismo Don Raúl, que transmite de manera brillantemente sintética  lo que hemos querido verter aquí. Dice así:  tonalidad rubí topacio, afelpado paladar, excepcional bouquet.  Todo ello es producto de su tradicional y paciente elaboración, que culmina con un largo añejamiento en pipas de roble, las que forman parte de nuestras bodegas desde hace casi un siglo.

Notas:

(1) Como señalamos más adelante, Arizu poseía también un extenso viñedo y una gran planta de elaboración en Villa Atuel, pero tenemos la certeza de que tanto el jerez como el oporto de la casa eran vinificados, estacionados y fraccionados íntegramente en la planta  de  Godoy  Cruz.   La fuente de esa información no es otra que el minucioso recuerdo de Don Raúl, con quien tuve  la oportunidad de charlar dos veces, una de ellas en su  domicilio mendocino, grabador y cuaderno de notas mediante.
(2) En 2012 fue descubierta una cinta  muda de 38 minutos referida a la bodega Arizu, rodada en el año 1925. Hasta el día de hoy se la considera el testimonio fílmico más antiguo sobre la vitivinicultura nacional. Mayores datos sobre el tema en el siguiente link: http://www.diasdehistoria.com.ar/content/hallaron-la-pel%C3%ADcula-m%C3%A1s-antigua-de-la-vitivinicultura


(3) Para determinarlo con el mayor grado de certeza posible -como de costumbre- nos basamos en múltiples recursos: datos de las etiquetas, algunos datos legibles en los restos de las estampillas fiscales, datos obtenidos de fuentes externas, etcétera. 

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