sábado, 27 de diciembre de 2014

Estampas del comercio antiguo: las ferias

Desde el punto de vista lingüístico, la palabra feria sirve para definir varias cosas bien distintas entre   sí, tanto como pueden serlo el simple sinónimo  de “mercado”, algún período de días no laborables, un parque de diversiones o una exposición relativa a determinada especialidad. De ese modo multifacético lo entendemos hoy,  pero para los argentinos que habitaban las principales ciudades del país durante la mayor parte del siglo XX nunca hubo demasiada vuelta idiomática, porque la feria no era otra cosa que el mercado callejero ambulante. Veremos enseguida que este carácter nómada no siempre fue tal, e incluso que muchas de las ferias andarinas llegaron a sentar cabeza en inmuebles modernos y funcionales. Pero lo cierto es que su estampa más conocida  (la que evocaremos hoy)  es aquella instalada en plena vía pública, en días y horarios determinados, donde se comercializaba un poco de todo  y  donde los puestos eran sencillos carros o trailers (según la época) provistos de mesas con caballetes y  toldos protectores. En sitios así, durante décadas, las amas de casa de nuestro país supieron adquirir sus artículos de primera necesidad, comestibles y no comestibles.


Dos de los principales cronistas porteños del siglo XIX, Manuel Bilbao y José Antonio Wilde, ilustran con bastante certeza que la Recova Vieja fue el  enclave de Buenos Aires en el que funcionó el primer mercado y/o feria de carácter medianamente estático, con puestos bajo techo  y otros a la intemperie (1). Allí se vendían especialmente aves y carne, pero es indudable que a tales existencias se agregaban frutas y verduras, además de incontables puntos para el despacho de dulces, frituras de pescado, tortas, alfajores y demás  viandas.  Con  el  paso  de  los  años,  otros emplazamientos se instalaron en diferentes terrenos descampados de la urbe o, como se los llamaba entonces, huecos, formando reductos especializados en  la compra y venta de los más variados enseres, desde animales en pie hasta cerámicas, vinos, plantas y cuanto producto nos podamos imaginar.  Pero la falta total de controles sanitarios y bromatológicos pronto puso a tales espacios en la mirada de las autoridades, que veían en ellos un peligroso medio para la propagación de azotes contagiosos, sobre todo a partir de las terribles epidemias de cólera en 1867 y fiebre amarilla en 1871.


Quizás por ese motivo de salubridad pública, entre 1880 y 1910 las ferias tuvieron una especie de decadencia, lentamente remontada a partir del centenario en vista de las nuevas posibilidades de conservación y movilidad de las sustancias alimenticias. Así se inició el período que hoy nos proponemos reseñar, cuyo desarrollo alcanzó hasta bien entrado el decenio de 1970.   De  hecho, cualquier habitante urbano que ronde el medio siglo de edad (y de allí para arriba) debe recordar muy bien las instalaciones ocasionales devenidas en “mercados al paso” que recorrían diferentes vecindarios, aunque siempre terminaban aquerenciándose en alguno específico. Como norma casi general, la instalación de una feria suponía el corte programado de cierta calle, por lo que su funcionamiento estaba acotado a dos o tres días por semana y en horarios matutinos. Allí, en sus tiendas movedizas, estaban los fruteros, verduleros, almaceneros y demás comerciantes, cada uno munido de todos los implementos necesarios para realizar su labor, tales como balanzas, cortadoras y hasta heladeras portátiles. Semejantes traslados pueden parecer hoy engorrosos y difícilmente justificables, pero hay que tener en cuenta que para su época las ferias sólo competían con los locales inmuebles establecidos en los barrios y con sus “primos hermanos” de los mercados (2).  En  ese  contexto,  los precios módicos solían ser su mayor atractivo, habiéndose dado el caso de ferias que, bajo el llamativo rótulo de populares, estaban sujetas estrictamente a valores previamente establecidos por las autoridades de turno.


Algunas de las susodichas llegaron a ser famosas por su magnitud espacial y la cantidad de público que convocaban,   como la que tenía asiento en Avenida Córdoba entre Rodríguez Peña y Callao (cuya foto podemos observar en pequeño al principio de la entrada,  cuando la primera arteria contaba con un boulevard central).  Otra  bien emblemática fue la de Iriarte esquina Vieytes, en Barracas, de la cual rescatamos la imagen que sigue (circa 1915), bastante conocida en el ambiente de los historiadores  porteños pero no siempre accesible para el público todo. Si observamos la escena inmortalizada por algún fotógrafo visionario, podemos apreciar no pocos detalles de interés. Por ejemplo, la heterogeneidad de mercaderías presentadas, empezando por las plantas con sus masetas sitas abajo en primer plano. ¿Serían plantas comestibles para el cultivo en patios hogareños, plantas medicinales, plantas ornamentales, o un poco de todo?   También se percibe una notoria mezcla de sexos entre puesteros  y  clientes, además de la prolijidad y uniformidad con que están dispuestas las tiendas y  la ausencia total de residuos en los pisos (3).


Por la década de 1960, muchos de estos entrañables lugares pasaron a ser pequeños mercados inmuebles bajo control municipal, aunque manteniendo el rótulo folclórico de “ferias”. Hoy han desaparecido mayormente en todos sus perfiles estáticos o móviles (4), con excepciones puntuales que aún funcionan -en la Capital Federal bajo el nombre de Ferias Itinerantes Barriales y también en el conurbano- aunque no debemos cometer el error de considerarlas análogas a sus antecesoras.  Desde  luego,  la aparición de supermercados y otras alternativas comerciales vino a dar el golpe de gracia a tan antigua modalidad mercantil, junto con la lógica evolución de las reglamentaciones sanitarias. Pero nosotros igual las recordamos, a ellas, a las verdaderas ferias ambulantes de antaño.

Notas:

(1) La llamada Recova Vieja fue una importante edificación que cruzaba la actual Plaza de Mayo de norte a sur a la altura de las calles Reconquista y Defensa. Su construcción se llevó a cabo entre los años 1803 y 1804, y su demolición fue efectuada en 1883, bajo la presidencia de Julio A Roca y la intendencia de Torcuato de Alvear.  De acuerdo con nuestros criterios actuales, semejante arrasamiento nos puede parecer una suerte de crimen histórico y urbanístico, pero viéndolo bajo la adecuada mirada de su tiempo no era más que un avance del progreso para terminar definitivamente con el aire colonial y retrógrado que dominaba el aspecto ciudadano aún en esa época.


(2) Muchos de los feriantes eran, incluso, puesteros en mercados barriales, atendiendo ambas ubicaciones de manera simultánea según días y horarios.
(3) Desde luego que eso puede tener su explicación en el sencillo hecho de que la foto fue sacada en horas tempranas, cuando la feria recién había comenzado a funcionar. Pero como no tenemos esa certeza optamos por destacar el tema de la higiene, teniendo en cuenta que otros sitios del mismo tipo (como los mercados concentradores al estilo de Abasto y Spinetto) se caracterizaban por la gran suciedad que acumulaban en sus inmediaciones.
(4) En rigor de verdad, si hablamos de las del tipo inmueble, hay más excepciones a ello: un  remanente de la feria municipal de Pompeya, sobre la Avenida Sáenz, o el llamado Mercado Juramento, en la plaza Noruega del barrio de Belgrano, pero en ambos casos han perdido su espíritu original o han quedado reducidas a una mínima expresión. También existen “ferias” de tipo más bien turístico y recreativo (caso Mataderos, por ejemplo) pero no tienen nada que ver con lo que aquí estamos analizando.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Añoranzas del interior con manjares de Córdoba y vino de Cafayate

Vicente Genaro Quesada (1830-1913) no era precisamente un anciano cuando comenzó a escribir y publicar las notas que luego darían forma a su obra más célebre. Sin embargo, a él le cabe perfectamente aquello de vivir mucho en poco tiempo, si tenemos en cuenta que le tocó experimentar (como a otros de su generación) las décadas más intensas del período formativo nacional. Cierto día, sorpresivamente, recibió de parte de la editorial Peuser un libro con todos sus artículos condensados, los mismos que describían tan bien el periplo personal que lo había llevado por las principales ciudades  del  país.   El título original del volumen fue Recuerdos de antaño. Hombres y cosas de la República, luego trastocado por el más simple Memorias de un viejo y presentado bajo el seudónimo autoral de  “Víctor  Gálvez”.  Hoy,  el ejemplar de marras resulta referencial para los historiadores, arqueólogos y demás interesados en el pasado de los argentinos. Y no es para menos, ya que se trata de un texto que abunda en detalles sobre las costumbres del siglo XIX, especialmente en cuanto a los consumos cotidianos que nos interesan en este espacio, incluyendo los productos, las modalidades y los entornos.


Por los decenios de la autocracia bonaerense de Rosas y sus similares del interior,    Quesada rememora la humilde y parsimoniosa vida de la ciudad de Córdoba, sobre la que asegura: “era todavía la ciudad de la colonia, con ese aspecto de indolencia, de silencio, de quietismo y de pereza que caracterizaba a las buenas y hospitalarias ciudades del interior”. Más adelante especifica: “recuerdo perfectamente que en ese tiempo echaban azúcar a la ensalada de lechuga, azúcar a los guisos y tal vez hasta a la sopa y el caldo. Cada empanada cordobesa, grande y de sólida masa, contenía un sabrosísimo relleno, con aceitunas y cebollas; el abundoso jugo corría por la mano de quien emprendía la tarea muy agradable de comer aquel manjar. Una empanada era un almuerzo verdadero y suculento (…) Y a fe que entonces tenían buen apetito los estómagos de la ciudad fundada por Cabrera. En efecto: empanadas por desayuno, mazamorra y locro; puchero henchido de legumbres, natilla, arroz con leche polvoreado con canela u orejones de durazno con azúcar al postre. Tal era la comida general, variándose con la carbonada, el chupe o guisos de salsas de la cocina española pura…”  No se olvida de los apetitosos platos elaborados a partir del maíz, apuntando que “el choclo fresco, lechoso y blando, se cocinaba al rescoldo y se comía caliente; la humita azucarada era envuelta en la chala del maíz o bien en guiso; el maíz frito, las rosquillas de maíz y las mil confituras de su harina, todo lo cual era muy gustoso…”


No obstante el deseo casi inmediato que despiertan las nostálgicas imágenes precedentes, Quesada admite a continuación lo siguiente: “la comida de aquel entonces era apetitosa pero pesada, y para ayudar la digestión era necesario beber el vino español, que recuerdo que no pocas veces era un verdadero vinagrillo. No hablo del vino criollo, porque ese era algo espantosamente malo…”   Ahora bien,  si queremos entender tan agudas frases es necesario ubicarlas en el contexto temporal al que alude su autor. Y al respecto hemos señalado reiteradamente una verdad incuestionable: hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XIX,  tanto  los  vinos importados de España como los de Cuyo eran víctimas de un largo viaje , los primeros a bordo de anticuadas  naves veleras y los segundos  en carretas o a lomo de mula.   Poco se podía esperar de esos brebajes primitivos y biológicamente inestables, que además se veían  sometidos a condiciones extremas de movimiento y temperatura durante las prolongadas y penosas travesías por mar o tierra. Pero el lúcido costumbrista que nos ocupa hace una excepción bastante sorprendente: el vino de Cafayate.   Tal vez por gusto personal,  o quizás por alguna otra razón que desconocemos, Quesada elogia los productos vínicos salteños en dos oportunidades bien explícitas (2). La primera es cuando “desafía” a un viejo condiscípulo a demostrar la calidad del vino nacional diciendo “yo le propongo me convenza por medio del vino de Salta, con algunas garrafas del añejo de Cafayate”,  en un claro tono de broma que implica su deseo de probar ése en lugar de cualquier otro. Finalmente, mientras describe el desarrollo de las principales industrias salteñas derivadas de la tierra, no duda en sentenciar que “el vino de Cafayate es delicioso”.


Hay muchos otros párrafos aptos para el análisis, sobre todo aquellos ubicados por los años en que los textos fueron escritos  (1884 y 1885),  plenos  de  transformaciones gastronómicas (“nuestra mesa moderna concede hospitalidad a todos los buenos platos de otros pueblos extraños”) y enológicas (“los viñedos aumentan en las provincias al pie de los Andes, y los vinos de Cordero empiezan a llevarse al litoral (3) Esto es todavía embrionario, necesitan mayores elementos, grandes bodegas y vino estacionado”) Pero las estampas  señaladas bastan para dar una idea sobre esa etapa tan dinámica de nuestro país, cuando recién comenzaba a ser precisamente eso: un territorio unido por el auténtico sentido de nacionalidad.


Notas:

(1) El libro completo se puede leer libremente en el reservorio archive.org. El siguiente es el link: https://archive.org/details/memoriasdeunvie00quesgoog
(2) Vale aclarar que en ambos caso se refiere a su estancia en Córdoba. En el siglo XIX los vinos de Salta eran tan apreciados en el NOA y el centro del país como desconocidos en Buenos Aires y el litoral, situación que se mantuvo hasta la segunda mitad del siglo XX. Sólo hacia la década de 1960 la región comenzó a tener una llegada efectiva a los centros de consumo más distantes.


(3) Desde ya que se refiere al mítico Vino Cordero, el mismo del que alguna vez degustamos una antigua botella, según consta en las entradas el 29/8/2012 y 15/10/2012.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Antología de entradas: los viejos consumos en el cine nacional

A partir de hoy comenzaremos a presentar con periodicidad mensual un  resumen  antológico  de  las  diferentes  series temáticas que subimos desde los inicios del blog hace poco más de tres años. El primer turno le corresponde al compendio de  los  Viejos consumos en el cine nacional,  cuyas  siete entradas  constituyen  un  vehículo  para  analizar  algunas escenas del séptimo arte argentino en sus mejores épocas. Ya en el primer capítulo del repertorio, allá por el umbral del año 2012,  decíamos lo siguiente:  “no sólo de libros se nutre la investigación  histórica  sobre  los  consumos  del  pasado. También el cine suele contener valiosos testimonios acerca de las costumbres del ayer, a veces con un grado de detalle que ni los propios registros escritos (por obvias razones visuales) son capaces de ofrecernos”. Y es así, en efecto: las antiguas películas de la industria cinematográfica vernácula nos han servido ampliamente en la evocación de muchos pormenores de nuestro interés. Vamos entonces a ver cuáles fueron esas obras, dispuestas en orden de publicación  y con sus respectivos enlaces.


El Viejo Hucha (1942)
En esta extraordinaria pieza podemos observar una escena específica con tres consumos prácticamente desaparecidos o muy poco frecuentes en nuestros días: los ravioles de seso, el vino común en botellas de litro con tapón de corcho y los cigarros toscanos. http://goo.gl/ZKsjo4
Pasó en mi barrio (1951)
Ya casi no quedan en nuestras ciudades los típicos comercios que conjugaban las actividades de “almacén y fonda”. La cinta en cuestión revive aquella modalidad mercantil a través de numerosas y bien activas imágenes de un característico local en pleno funcionamiento. http://goo.gl/UD3d6B
La mentirosa (1942)
Otro tipo de negocio que desapareció hace mucho tiempo (a tal punto que sólo los mayores y memoriosos pueden recordarlo) es el de “bar automático”. La película de marras ofrece una visión inmejorable de ello con toda su parafernalia de curiosos dispositivos para el servicio de comidas y bebidas. http://goo.gl/iTtFNB
Puerto Nuevo (1936)
Con la crisis económica de 1930 surgieron en los grandes centros poblados de nuestro país una serie de asentamientos precarios. La zona costera aledaña al barrio de Retiro fue precursora involuntaria en ese sentido, y allí se formó cierto prototipo comercial que perduró, modificado, en las costumbres gastronómicas porteñas: los carritos de la costanera. http://goo.gl/6T9yoW


 















Un guapo del 900 (1960)
Casi como un verdadero cliché de la imagen más estereotipada del “guapo”, esta excelente película nos brinda un cuadro en el que podemos apreciar varios consumos propios de la época: suissé con goma, caña con limonada y vino tinto, todo ello enmarcado en un no menos proverbial sitio de reunión. http://goo.gl/IKswhi
Mercado de Abasto (1955)
De todos los mercados que supieron funcionar en Buenos Aires, el del Abasto dio lugar a un barrio adyacente con su propia impronta histórica y cultural. La célebre cinta de marras transcurre casi íntegramente en el portentoso establecimiento que le da nombre y en sus proximidades. http://goo.gl/y2vSpR
a nombre y en sus proximidades.El mejor papá del mundo (1941)
No solamente existieron consumos de carácter masivo y popular.   Las   clases   más pudientes también acreditaban costumbres cotidianas en sus maneras de comer, beber y fumar, que hoy han desaparecido. Una larga mesa con dos solitarios comensales sirve como punto de inicio a una escena invalorable en tal sentido. http://goo.gl/B0pzlB


Más de una vez señalamos que los antiguos creadores del celuloide difícilmente hayan sido conscientes que con sus obras nos legaban estos auténticos tesoros visuales. Pero eso no importa demasiado: el hecho es que el fruto de su trabajo perduró y que aquí estamos nosotros para disfrutarlo, examinarlo y tratar de comprenderlo en un sentido de remembranza histórica.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Frontignan, Chipre y Pajarete: exóticos vinos dulces que consumían los argentinos hace ciento sesenta años

Cierta operación denominada removido constituye una figura tradicional en la actividad aduanera. Según la legislación que rige actualmente el comercio exterior argentino,  la mercadería  bajo  régimen  de   “removido”   es aquella que viaja entre dos aduanas de nuestro  país  sin  tocar  ningún  punto  ajeno  a  esa  repartición.   En  el  caso  de  las importaciones implica el tránsito de bienes extranjeros entre jurisdicciones aduaneras, y eso significaba indefectiblemente un viaje por barco hace poco más de ciento cincuenta años, que es la época en la que ubicamos estas perlitas que tanto nos gusta analizar aquí.  En  efecto,  viejas estadísticas de la Provincia de Buenos Aires  (cuando aún se hallaba separada de la Confederación Argentina) nos dieron  la oportunidad de encontrar un puñado de peculiares productos vínicos que arribaron originalmente a la Reina del Plata, pero que al momento de tomar los datos respectivos se hallaban en proceso de transferencia hacia el puerto de San Nicolás, otra de las aduanas bonaerenses de gran importancia en el siglo XIX (1)


Hace muy poco culminamos una serie de entradas sobre las importaciones de comestibles y bebidas en el quinquenio 1861-1865, pero  este  hallazgo  apenas  anterior  en  términos cronológicos justifica sobradamente una reseña propia,  y veremos pronto por qué. Es así que en los compendios estadísticos de los años 1858 y 1860, dentro del pelotón rotulado como “efectos de removido” por la aduana de San Nicolás, se detallan numerosos ítems que corresponden a importaciones generales,  incluyendo todo tipo de bebidas. Conociendo bien el marcado gusto por los vinos generosos y dulces que existía en aquella época,   no nos  sorprende  la presencia de jerez, oporto, moscatel y Asti (suponemos que espumante), aunque hay tres casos particulares que merecen ser remarcados por su rareza: el vino Pajarete, el vino Frontignan y el vino Chipre. ¿Qué eran esos misteriosos artículos de nombres intrigantes y pintorescos? La respuesta es sorprendente y nos lleva a la siguiente conclusión: ya en ese entonces la variedad de mercaderías importadas era notablemente amplia, mucho más de lo que solemos imaginar para un período tan lejano de nuestra historia.


El Pajarete es un antiguo vino dulce de la región española de  Málaga  elaborado con uvas semi pasificadas y criado varios años en barricas de roble. Actualmente, el rótulo “Pajarete” pertenece a la DOC Málaga y forma parte de su demarcación territorial, pero  es  probable  que  en  los  viejos  tiempos  la elaboración así conocida se extendiera por todo el sur de España.   En Chile llegó a ser muy popular bajo esa   misma   designación   y  se   lo   producía artesanalmente con el agregado de arrope (mosto caramelizado). Yendo en concreto a su pretérito paso  por la naciente Argentina, lo hallamos dentro de la data del año 1858 en cantidad de ocho cajones,  lo que en principio nos da la certeza absoluta de que llegó embotellado y no a granel, pero también nos deja con una gran incógnita sobre su contenido exacto (2).


Por su parte, Frontignan es una comarca ubicada en el sudeste de Francia, sobre el mediterráneo, cuyo vino dulce más conocido es el Muscat de Frontignan, dueño de una fama que se remonta a los tiempos de Carlomagno. Se lo considera una referencia entre los ejemplares vinificados con cierta variedad específica llamada “Moscatel de Grano Pequeño” (Muscat a Petit Grains).  No obstante el carácter netamente aromático del cepaje,   los vinos resultantes son delicados,   de color amarillo ámbar  y  un dulzor manifiesto pero no exagerado. Seguramente esas virtudes eran bien apreciadas en las sobremesas argentinas pudientes de antaño, cuando todavía no habían desaparecido del todo los usos gastronómicos coloniales. El vino Frontignan (apuntado a veces así, y otras por su castellanización de Frontiñan) comparece tanto en los cómputos de 1858 como en los de 1860, acusando 44 y 90 cajones, respectivamente.


Nos queda el espécimen más extravagante de todos, el Chipre. Por fortuna, la historia vitivinícola y el mismo sentido común  despejan cualquier duda respecto a su identidad, puesto que siempre ha existido  un  único  vino  chipriota  con  fama internacional  y  proyección exportadora:   el Commandaria,   legendario   tinto   dulce de antecedentes bien documentados a lo largo de la antigüedad. En nuestros días, el vino Commandaria se elabora  con  las  cepas  Xinistery  y  Mavro cosechadas sobremaduras y posteriormente dispuestas al sol para su pasificación. El grado alcohólico final oscila entre 15  y  20 grados,   ya que puede ser encabezado (optativamente) con alcohol vínico, luego de lo cual  se lo añeja en recipientes de roble por períodos de hasta cuatro años. La presencia del vino “Chipre”  en la aduana de San Nicolás es bien modesta, ya que sólo desembarcaron 2 cajones durante 1860. Por supuesto, ello no implica necesariamente que tal ingreso haya sido el único (3).


¿Cómo y cuándo habrán sido disfrutados estos singulares elixires foráneos? ¿Después de las comidas? ¿Acompañando los manjares reposteros de la época?  ¿Durante las tertulias de la alta sociedad? ¿En las noches frías de invierno, junto a algún fuego? Lo más probable es que su dispendio haya abarcado todas las circunstancias descriptas y muchas otras que apenas nos podemos imaginar.  Pero  lo  lindo,  como  nunca  nos cansamos de decir, es el hecho de poder recrear la vida argentina cotidiana de antaño, humilde o lujosa, urbana o rural, criolla o gringa.


Notas:

(1) El removido se considera  siempre un proceso transitorio que puede durar entre semanas y meses. Seguramente, cuando los datos que nos ocupan fueron publicados, dichos efectos ya habían sido despachados, comercializados y consumidos.
(2) Las poco elocuentes unidades de  medida “cajones”  y  “canastos” aparecen  reiteradamente en las estadísticas aduaneras de ese entonces junto con las pipas, las bordelesas, los barriles, las barricas y las damajuanas. Ya en el decenio siguiente, los datos oficiales son mucho más definidos  y se refieren a sólo a “docenas” (de botellas),  damajuanas (de diez litros), barriles y galones, pero todo indica que hasta 1860  la administración  aduanera  tenía  por  costumbre asentar  los  ingresos  según las características visuales de los bultos,  sin especificar dimensiones ni contenidos. No sabemos por lo tanto cuantas unidades portaban los misteriosos cajones: ¿doce, veinticuatro o mucho más?


(3) Personalmente creo que el mismo artículo debe estar “escondido” en otras partes de la estadística, ya que la recién mencionada  ambigüedad para registrar las cantidades se hace extensible a los nombres de los productos, casi siempre apuntados al voleo y sin ningún criterio de uniformidad. Por ejemplo, el texto abunda en descripciones del estilo “vino dulce”,  que bien le pueden caber tanto al Commandaria como a otros prototipos similares. Chipre no tenía entonces ninguna relación comercial con nuestro país, ni tampoco el Imperio Otomano (bajo cuya dominación se encontraba hacia 1860), pero sí practicaba un nutrido comercio con Gran Bretaña. Lo más probable es que esa mercadería haya sido embarcada en Londres por una de las numerosas casas de comercio inglesas que importaba y exportaba vinos, alimentos y demás efectos de consumo.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Recuerdos almaceneros

En el año 1998, la Secretaría de Promoción Social del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires tuvo la idea  de  realizar  un  concurso  literario  entre ciudadanos de la llamada  tercera  edad,   cuya principal condición era que los textos estuvieran referidos a los entrañables almacenes barriales. De la iniciativa surgió luego un volumen denominado El almacén de mi barrio, en el cual se plasmaron los cuentos y poesías ganadores. Lo bueno de todo es que  las  historias  volcadas  por  estos  “veteranos” escritores aficionados representan un testimonio invalorable que nos transporta a la vida cotidiana  entre  1920  y  1960,  cuando  los emprendimientos en cuestión florecían  sin distinciones geográficas ni sociales.   Los treinta y tres relatos de la singular antología incluyen la figura del almacén en todas sus variantes posibles: chicos y grandes, solitarios o con despachos de bebidas, urbanos, suburbanos  y  pueblerinos,  enclavados  en  comunidades  humildes  o  en  barrios acomodados.      Decidimos entonces reseñar algunos párrafos que resultan ser un complemento de lujo para lo apuntado en la entrada sobre el tema subida hace más de un año (1).


Como ocurre con cualquier compilación descriptiva dentro de un  tema  común,    las  imágenes  recurrentes  son  casi incontables,   especialmente aquellas relacionadas con la variedad  de  productos  ofrecidos  (herencia de las viejas pulperías), con la habilidad de los integrantes del gremio para realizar ciertas tareas propias de su oficio (el empaquetado en láminas de papel anudadas por sus vértices, por ejemplo) y con el invariable sentido de solidaridad comunitaria a la hora de  otorgar  fiados  y  entregar  yapas  a  familias  y niños, respectivamente. Eran los tiempos en que la confianza mutua y la empatía reinaban entre los vecinos, que se sentían unidos por la cultura del trabajo y la esperanza en el porvenir.  Así, muchas veces, los antiguos almaceneros obraban  tácitamente como asistentes sociales, consejeros o prestamistas (sin afán alguno de lucro, ya que el cobro de intereses se consideraba un insulto), cuando no como generadores directos y genuinos de puestos de trabajo. De hecho, son varias las historias que aluden a los jóvenes sin ocupación que eran empleados como dependientes, cadetes o repartidores por los almacenes de sus respectivos barrios.


El texto del concursante Alberto Raúl Vázquez resulta poderosamente gráfico y evocador de épocas y ambientes. Efectuando la añoranza del almacén El Asturiano, propiedad de Don  Celsio,  su  autor  asegura  que   “tras  ingresar nos enfrentábamos a un amplio mostrador de madera color oscuro en medio del cual solía acomodarse Don Celsio, flanqueado a la derecha por la balanza y una gruesa cantidad de hojas de papel de envolver, y a la izquierda por la máquina de cortar fiambre y varios frascos de vidrio conteniendo ajíes en vinagre, pickles  y  sobre todo unos grandes confites redondos que atraían mi golosa atención. A su espalda tenía unos enormes cajones de los que extraía harinas,  legumbres,  fideos  y  el azúcar en terrones (…) Las paredes estaban cubiertas por estanterías sobre las que se ubicaban productos envasados tales como yerba,  té,  conservas y gran variedad de bebidas alcohólicas…” Más adelante continúa: “el ambiente interior estaba impregnado de olor a café, encurtidos y sobre todo del llamado vulgarmente “quebracho”, vino tinto contenido en un enorme barril de madera ubicado en el despacho de bebidas y cuyo aroma  se  colaba  a  través  de  la  abertura  sin  puerta  que  comunicaba  ambas dependencias”.   Para  terminar,  hace una referencia de la solidaridad  social que mencionamos, rememorando lo siguiente: “a fin de mes, cuando mi papá cobraba su sueldo, cancelábamos la cuenta y el almacenero nos gratificaba con algún obsequio, generalmente una libra de chocolate o una botella de licor Cusenier”.


Hablando acerca de otro local análogo, Elina Villar de Cordero señala pormenorizadamente algunos menesteres de la actividad. “Todos los almacenes se parecían, con su mostrador y sus bolsas de arpillera abiertas exponiendo la mercadería: yerba, porotos, maíz…”, dice, y sigue: “una campana de vidrio cubriendo el trozo de queso o dulce, el papel extendido sobre el mostrador para envolver desde un pan de jabón amarillo hasta un kilo de azúcar escurridiza, que sacaba de la bolsa con una palita de zinc y depositaba en el centro. Con habilidad envolvía rápidamente y con los dos dedos hacía un repulgue a los lados del paquete, rematados con una especie de moño o mariposa, dándole una vuelta en el aire”. Volviendo a la importancia social almacenera, otro relato invoca una labor menos conocida pero muy lógica en los tiempos pretéritos: “al estilo de una estafeta postal, el almacén funcionaba como puesto telefónico gratuito ya que, por ser el único en el barrio que poseía  aparato, los vecinos (con la debida autorización) daban su número como referencia y cuando recibía llamados, el almacenero mandaba avisar al destinatario del mensaje”. Algunas veces, los dueños “ganaban la calle”, por decirlo de alguna manera. Así lo recuerda Eugenio Carlos Ducan cuando dice que “para las fiestas de fin de año, Don Antonio sacaba a la puerta una especie de horno a leña en el que se cocían castañas, que entregaba crujientes y bien doradas”.


Decenas son las figuras para evocar, desde productos hasta modalidades de consumo y personajes, en un repertorio que se vuelve infinito considerando la singularidad de cada almacén  dispuesto en cada esquina, en cada barrio y en cada ciudad argentina del ayer. Pero seleccionamos una que habla otra vez de aquella solidaridad  sana y genuina, de la benevolencia comunitaria practicada como una costumbre por los almaceneros y sus familias. Elsa Libe Argüelles, en Don Manuel, trae a su memoria cierta época difícil, cuando su padre perdió el trabajo que mantenía a la familia de cinco.  Y  apunta:  “Don  Manuel  (el almacenero de confianza) no decía nada, hasta que un día, como con vergüenza, me susurró: -oye niña, necesito alguien que me dé una mano en el negocio; pregúntale a tu hermano si quiere y a tu padre si lo deja ayudarme unas pocas horas luego del estudio”. Desde luego, la familia aceptó, el muchacho cumplió con creces y el apuro económico pudo ser mitigado hasta que el hombre volvió a conseguir un empleo digno.  Con  el tiempo, la autora terminó percatándose de que Don Manuel nunca había necesitado ayuda alguna en su pequeño local, sobradamente atendido por él mismo y su esposa. Por eso, al finalizar su texto, remata con este párrafo que no necesita comentarios, a modo de cierre: “mucho tiempo después me di cuenta de que nos había ayudado sin soberbia, con esa inteligencia perfecta de los bien dotados de alma”.

Notas:

(1) Fue dentro de la serie “Estampas del comercio antiguo”, con fecha 8/6/2013.

martes, 4 de noviembre de 2014

Las importaciones de comestibles y bebidas en los comienzos de la unidad nacional 3

Es muy razonable pensar que la mayor parte de las manufacturas introducidas por nuestro país en la primera mitad de la década de 1860 provenían de Europa, mientras que los suministros de nuestros vecinos americanos se limitaban a productos primarios de la tierra. Tal apreciación, básicamente,  es correcta.  Por aquel entonces,  el Viejo Mundo contaba con importantes industrias desarrolladas en los tres renglones que nos convocan  -las comidas,  las bebidas y los tabacos-,  tal cual repasamos en la anterior entrada de esta serie subida el 14 de Julio último. Vinos, vermouths, destilados, alimentos envasados y cigarros, entre otros, formaban parte de los efectos que hacían arribo desde las grandes capitales de la Revolución Industrial para deleite de los habitantes más pudientes en este país todavía nuevo y económicamente poco desarrollado.     Sin embargo, y no obstante esa realidad incuestionable, los envíos de la misma América acusaban algunas sorpresas en materia de bienes con valor agregado.


Si hacemos un “barrido”  de norte a sur respecto a nuestros socios comerciales no europeos de la época, la gama de orígenes de las importaciones patrias comienza en USA y sigue por Cuba, Brasil, Paraguay y Uruguay, a los que vamos a sumar la lejana India por ser el único caso del repertorio mencionado en esta serie que no pertenece a Europa ni a América. Ahora bien, que ya en 1861 tuviéramos una relación mercantil con el gran país del norte es quizás un dato poco conocido, pero las estadísticas lo confirman con evidencias difíciles de cuestionar, ya que observamos envíos de licores, ginebra, té perla y manteca, a la sombra de los tres ítems más importantes en volumen: tabaco (de hoja y de mascar), cigarros (1.025 .000 unidades) y arroz (35.665 arrobas). Siguiendo hacia el sur llegamos a las Antillas, donde la isla de Cuba (asentada a veces con ese nombre y otras como La Habana)  presenta un grupo de productos muy interesantes por su especialización casi idéntica a los rubros que la caracterizan hoy en día: azúcar (89.545 arrobas de blanca y 2.523 de terciada), “caña” (1.231 pipas) (1), cigarros (1.466.000 unidades) y cigarrillos (3.919 “cajetillas”).


De Brasil nos llegaba azúcar (47.000 arrobas), tabaco negro, cigarros de hoja y fariña (harina de mandioca), como ítems principales, pero hacemos hincapié en la llamada  yerba  paranaguá  (yerba  mate  brasilera, considerada inferior a la del Paraguay, que aun así arribó por volumen de 7.665.000 libras en 1861) y otra vez en la “caña” (2). Los registros muestran asimismo algunas  mercaderías que  pertenecían al tránsito desde Portugal, al estilo de vinos de Oporto y Madeira, lo cual queda perfectamente aclarado en una nota especial (3). Paraguay exhibe más o menos un espectro similar, con caña, tabaco, cigarros y yerba mate, pero advertimos allí un indicio de gran interés para los historiadores: la lectura de todo el compendio quinquenal denota una fuerte caída hacia la finalización del período, cuyo motivo no es otro que el inicio la llamada Guerra de la Triple Alianza o, más comúnmente, Guerra del Paraguay, extendida entre 1865 y 1870.


Al revisar los embarques del Uruguay nos topamos con una verdadera sorpresa, ya que el abanico de productos está encabezado por los huevos de gallina, en número de 6.351 cientos. ¿La Argentina importaba huevos? Sí, y de ello no hay dudas, puesto que han quedado testimonios incontrovertibles que además objetan severamente la frescura de tales materias primas (4). Finalmente viene la India, cuyo renglón relevante es el del té, embarcado hacia nuestros puertos por valor de báscula determinando en 142.090 libras (unos 65.000 kilos) durante el año 1861. Desde luego, la India era entonces una colonia británica, y por esa misma razón resulta una fortuna documental que sus importaciones hayan quedado asentadas de modo separado a las restantes.


Culminamos así el repaso de esta elocuente información volcada a las estadísticas oficiales hace ciento cincuenta años, cuando el sentimiento de una patria unificada apenas empezaba a surgir entre los habitantes del territorio nacional.

Notas:

(1) De acuerdo con la nomenclatura usual a mediados del siglo XIX, la llamada “pipa” de roble contenía unos 550 litros en promedio
(2) Ya lo dijimos antes, pero la denominación “caña” de Cuba y de Brasil seguramente era utilizada para definir lo que hoy conocemos como ron  y cachaça, respectivamente, quizás ambas muy rústicas para nuestro paladar actual, pero geográficamente genuinas al fin.
(3) Esa nota es la que se puede leer a continuación en una imagen tomada del original, con ciertos usos ortográficos típicos de esos años:


(4) El 25 de febrero de 1867, los médicos de la policía Claudio Amoedo y Manuel Blancas presentaron al jefe del Cuerpo, Cayetano M. Cazón, una nota en la que describían las pésimas condiciones sanitarias de la ciudad de Buenos Aires y la ausencia de controles al respecto. En una parte del texto, los firmantes aseguran que “hace mucho tiempo que notamos la falta de visitas domiciliarias y la falta de policía en los mercados, donde la fruta verde se expende a todo el que quiere comprarla y donde los huevos importados del extranjero, ya en estado de descomposición, pasan a las confiterías  y a otros establecimientos en que se elaboran masas azucaradas”.