sábado, 27 de abril de 2013

Cuando el fruqui, el maranfio y la bataclana se cocinaban en bandolión

El término hombres de la vía parece definir, por lógica, a los trabajadores ferroviarios. Pero en las décadas de 1920, 1930 y 1940, semejante voz hacía alusión a un particularísimo grupo humano que tuvo identidad  propia en la Argentina de entonces: los linyeras,  también  llamados  crotos  (1).  Al mencionarlos, resulta imprescindible aclarar de qué tipo de personas estamos hablando,  porque el tiempo  logró  desdibujar  su  semblante  hasta confundirlo con el de otros grupos sociales. Muchas personas de hoy creen que “linyera” es  un  sinónimo  de  ciruja  o  de  atorrante (2), aunque la realidad  histórica  logra diferenciarlos claramente. Mientras que estos últimos practicaban la mendicidad como parte de una vida signada por la marginalidad y la miseria, los auténticos linyeras eran trabajadores golondrinas volcados a las tareas del campo y las cosechas de granos. Entre otras cosas, se caracterizaban por trasladarse como “polizones” en los trenes de carga, si bien ese hábito tenía la más permisiva de las complicidades por parte de guardas, inspectores y autoridades del ferrocarril.


Según el historiador Andrés Carretero, el nombre linyera tiene dos posibles orígenes: el piamontés lingera o el francés linyerie, ambos utilizados para designar el atado donde guardaban sus escasas pertenencias, consistentes en algo de ropa y mínimos enseres para comer. Su vida errática, trashumante y vagabunda sirvió para crear innumerables piezas de la literatura y el cine (3), que muchas veces idealizaron esa filosofía de vida consistente en ganarse la vida con trabajos temporarios  y  mal retribuidos, pero con la contrapartida de una absoluta libertad individual. El linyera jamás se conchababa en algo fijo, por más buena que fuese la paga. Ni siquiera el corazón  lo ataba a un lugar determinado: así como el marinero tiene un amor en cada puerto, el linyera podía tenerlo en cada estación de tren. Pero nunca “sentaba cabeza”, porque eso significaba renunciar a un modo de vivir transitado con orgullo, por propia elección. Eran hombres curtidos por el sol de los veranos y por los vientos del invierno, acostumbrados a vivir y dormir a la intemperie,  más allá de las inclemencias climáticas. Ahora bien, en ese mundo tan singular, dotado de fuertes relaciones internas (cada linyera consideraba a sus pares como hermanos), era lógico que se desarrollara una jerga a la que sólo tenía acceso sus integrantes. Las siguientes son algunas de las voces y verbos más usuales en aquel argot olvidado, entre los que podemos encontrar varios vocablos relacionados con el comer y el beber:

- Bandolión: lata de 5 o 10 litros, de base cuadrada, abierta lateralmente. Servía para cocinar.
- Bataclana: gallina
- Batir la católica: tocar la campana
- Farmacia: cocina
- Flotante: pato
- Fruqui: guiso de gallina
- Hacer galopar la pera: comer apurado
- Hacer una farmacia: robar en una cocina 
- Juan Figura: policía
- Las tres Marías: pan, carne y yerba
- Máquina: revolver
- Maranfio: guiso en general, puchero.
- Mono: atado de ropa colgado al hombro
- Otario: pavo, ave grande
- Pistolear: mendigar
- Roque: perro
- Sacar la pistola: ir a pedir
- San Roque: linyera con perro
- Tártago: mate
- Vitrola: lata pequeña para tomar mate

Los crotos tenían  un cierto poder de auto convocatoria y fueron varias las ocasiones en las que hicieron escuchar sus reclamos. En 1935, por ejemplo, se declararon en huelga al no recibir respuestas para su demanda de mejoras en la retribución por bolsa cosechada. El paro concluyó con un éxito relativo, pero quedaron en el recuerdo los nombres de algunos de sus más fervientes impulsores: Miguel Schiaffino, Domingo Montiel y Lucio Strato, de Bragado, Juan Miguez, de 9 de Julio, y Antonio Lezcano, de Mechita.


Como tantas otras cosas, la vida de linyera fue desapareciendo a la par de los trenes, las vías  y  el  cereal  embolsado. Las  nuevas  prácticas  agrícolas  y  la  paulatina regularización del mundo laboral  influyeron en ese eclipse, que no logró alejar de la memoria colectiva aquel semblante tan tenaz como trotamundos, mezcla rara de bohemia y dureza física. No está de más recordar, a modo de corolario,  la vieja costumbre almacenera de los cinco centavos: los días sábados, en un plato, los parroquianos dejaban cinco centavos. Cuando el croto llegaba, retiraba su moneda, a condición de comprar algo en el almacén.

Notas:

(1) El mote proviene de José Camilo Crotto, gobernador de la Provincia de Buenos Aires en el período 1918-1921. Durante su gestión se firmó un decreto por el cual los trabajadores golondrinas estaban autorizados a viajar en tren sin abonar boleto.
(2) El atorrante fue el primer vagabundo tipificado de nuestro país. Apareció en las grandes urbes hacia 1880, y se dice que su denominación proviene de los caños de la empresa A. Torrent empleados en obras públicas de desagüe, dentro de los cuales dormían estos personajes.
(3) Un fenómeno similar, pero de proporciones mucho mayores, ocurrió en los Estados Unidos luego de la crisis de 1930. De allí surgió una categoría de hombres denominados popularmente hobos (equivalentes, en cierto modo, a los linyeras argentinos), que vagaban por el país en busca de alguna oportunidad. La excelente película de ficción  Emperor of the North (El Emperador del Norte),  representa muy bien esa época en medio del típico ambiente ferroviario de los trenes de carga con locomotoras a vapor.


viernes, 19 de abril de 2013

Un revelador libro ferroviario de stock de 1898 10

La industria argentina del tabaco era una de las más prósperas hacia fines del siglo XIX, tal como lo demuestran muchos vestigios históricos. Y aunque no faltaba mucho para que comenzara un fuerte proceso de concentración  entre las  empresas  del  sector,  el panorama  de  1898  aún  exhibía  una  saludable  variedad  de  fabricantes  con su correspondiente  y  nutrido  número  de  etiquetas.  En  el  ramo  de  los  cigarrillos, específicamente, la época señalada no volvió a tener parangón en cuanto a su variopinta lista de marcas, que incluía también algunos rótulos importados. Los precios del rubro daban para todos los bolsillos, con diferencias de hasta un cuatrocientos o quinientos por ciento entre los timbres más económicos y los más costosos del mercado. Las calidades tenían relación con dichos segmentos de valor y les daban algo de lógica, puesto que existía un largo repertorio de jerarquías, desde los finos cigarrillos hechos con tabacos importados (virginia, habano, bahía) hasta los ásperos ejemplares confeccionados con tosco tabaco criollo y papel del tipo más humilde (1).


Su disponibilidad física estaba al alcance del habitante común en cualquier rincón de la república, tanto en ámbitos urbanos como en entornos rurales. Los cigarros y cigarrillos se podían adquirir en cigarrerías, almacenes, confiterías, restaurantes, pulperías, bares y hoteles, además de la importante venta que realizaban los cigarreros ambulantes ubicados en los sitios más concurridos de las ciudades. Desde luego, la dinámica realidad ferroviaria de la época no era ajena al fenómeno. Tanto las confiterías de las estaciones como los comedores de los trenes contaban con una amplia oferta al respecto, y así quedó registrado en nuestro libro de stock del Ferrocarril Sud. Hoy nos vamos a dedicar a los ítems de cigarrillos asentados en el longevo volumen, que componen un catálogo bastante impresionante por su extensión y diversidad.


Las marcas asequibles eran las siguientes, con sus precios expresados en pesos, por atado:

Alerta                                        0,10
Brazil                                         0,10
La Hija del Toro                        0,10
Popular N° 1                             0,10
Atorrantes                                 0,15
Dante                                        0,15
Guardia Civil                             0,15
Proveedora                               0,15
Sportsmen                                0,15
Vencedora Argentina                0,15
Bouquet N° 15                          0,15
Bouquet N° 20                          0,20
Brisson                                     0,20
Cuarteto                                   0,20
El Diario                                    0,20
Excelsior N° 1                           0,20
Ideales                                     0,20
La Sin Bombo                          0,20
Mauser Argentino                    0,20
Perfectos Vegueros                 0,20
Río Novo Picadura                   0,20
Río Novo Hebra                        0,20
Violetas                                    0,20
La Cubana p/armar                  0,25  (2)
Excelsior N° 2                           0,30
Sublimes                                  0,30
Titán                                        0,30
Vegueros Cubanos                  0,30
La Cubana armados                0,35
Reina Victoria                          0,35
Three Castles                          0,40
                                                                                                                
De la suma de las unidades entregadas por el depósito del FCS a lo largo de los 16 meses que abarca el libro, surge que los favoritos entre las preferencias del público eran los Ideales (29.842 atados), Mauser Argentino (22.653) y La Sin Bombo (17.138). Curiosamente, ninguno de los tres pertenece al pelotón más económico, sino que corresponden al mismo segmento intermedio de veinte centavos.  Dos de  ellos tienen además su origen en la misma fábrica: La Sin Bombo, legendaria manufactura fundada por Juan Canter en 1854, responsable de la marca homónima y de los Ideales, Cuarteto, Sublimes y Titanes, entre otros cigarrillos famosos (3).


Hemos visto entonces una lista que nos pone al tanto de la cuantiosa existencia de etiquetas tabacaleras, propia de un tiempo en el que se “pitaba” mucho y fuerte. Y hablando de eso, anticipamos que la próxima entrada de la serie estará dedicada a todos los tipos de cigarros puros vendidos y fumados en el mundo ferroviario del FCS. Su detalle, ciertamente, va a ser por demás interesante.

                                                              CONTINUARÁ…

Notas:

(1) Así y todo, no hay que dejarse llevar por las frecuentes alusiones marcarias a Cuba y Brasil. Es un hecho documentado que los industriales del sector, frecuentemente,  se mostraban  muy poco dispuestos a revelar la  verdadera calidad y procedencia de los tabacos. No fueron pocos los escándalos suscitados por ese motivo.
(2) En tales casos, el artículo consistía en un paquetito de tabaco con una determinada cantidad de papeles para armar los cigarrillos. La práctica del armado cayó en desuso durante mucho tiempo, pero hoy parece  gozar de cierto resurgimiento.
(3) Ya hemos apuntado alguna vez la web del CPCCA, pero lo volvemos a hacer. Se trata de una de las páginas más completas sobre la historia del cigarrillo en Argentina. En este caso, el link lleva directamente a la lista de fabricantes desde 1885: http://www.cpcca.com.ar/cma/fab/FAB.HTM

jueves, 11 de abril de 2013

Pulperías ambulantes, serenatas con vino casero y otras añosas postales Quilmeñas

Por su carácter de antiguo poblado al sur del Gran Buenos Aires, Quilmes cuenta con una nutrida historia social y política. En el añoso libro “Estampas de antaño” (1), Marcelo Traversi reúne algunas postales auténticamente originales de la vida cotidiana en la zona durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX. Desde la heroica defensa de José Antonio Santa Coloma en su casa fortificada frente a las tropas británicas invasoras desembarcadas en Junio de 1807, hasta la llegada del Ferrocarril a la Ensenada en 1873 o  los ensayos aeronáuticos de 1921, el relato del autor (presentado en breves capítulos) resulta sumamente instructivo y ameno. Gracias a él sabemos, por ejemplo, que hacia 1894 hubo allí un comisario de apellido Malbec a cargo de la correspondiente dependencia policial, y que en esa misma época ya eran frecuentes, y hasta violentos, los juegos con agua durante las festividades del carnaval. Las reuniones, los personajes y las costumbres completan el atractivo cuadro de sucesos  reseñados en la obra.

















Lógicamente, nuestra mirada está siempre puesta en todo aquello vinculado con  el consumo de comidas, bebidas y tabaco como parte de la realidad histórica. Y sobre eso, afortunadamente, abundan las anécdotas y las notas de color, como el caso de la curiosa pulpería ambulante que apareció cerca de la ribera del Río de la Plata por el año 1871. Fue así que el comerciante andariego se detuvo un día en las cercanías de un rancho de pescadores con su carreta, “bajo la techumbre formada por el ramaje de un compacto grupo de árboles  (…)  Descargó allí todos los enseres del negocio: mostrador, bancos, mesas, estantes, mercaderías, comestibles, damajuanas, bebida embotellada, bochas, tabas, naipes y dados. Poco tiempo después quedó instalada la pulpería. Al poco rato llegaron los primeros parroquianos, toda gente del rancho próximo…” Y señala, como artículos favoritos de la demanda, la caña paraguaya, el vino carlón y la ginebra (2).


Una figura desconocida en nuestros días es el carnerero, encargado de criar y faenar el abundante ganado ovino que pastaba en los solares quilmeños por 1865. A él acudían los vendedores ambulantes con sus caballos, en los que cargaban de dos a cuatro animales atravesándolos en su lomo y sentándose ellos en el anca del equino. El precio del carnero era de diez pesos en moneda corriente, de cinco para el medio y de tres el cuarto. La abundante grasa de este tipo cárnico servía además para elaborar, cocinar o aderezar  otros platos típicos como carbonadas, tortas fritas, rositas de maíz y empanadas. Con la misma materia prima se podían fabricar también velas caseras. La abundancia de descampados con diferentes especies comestibles solía animar a algunos personajes a servirse de ellos. Tal fue un caso del crudo invierno de 1891, en el que cinco muchachos bastante conocidos  no tuvieron mejor idea que cocinar un puchero bajo el ombú de cierta propiedad privada. Alertado el dueño de casa, se acercó a los farristas y les dijo en tono nada componedor: ¡Me parece que las gallinas del puchero son mías! Los jóvenes, que lo conocían, lo tomaron familiarmente del brazo y le ofrecieron una copa…y otra, y otra. Al rato, el propietario estaba sentado a la mesa (las raíces del ombú) disfrutando del banquete como uno más.


Otra postal que despierta de inmediato una corriente de simpatía con las costumbres de la época es aquella de las serenatas, llevadas a cabo por algunos de los jóvenes enamorados de la población, cuyos nombres son incluso citados por Traversi: los hermanos Iturralde, Antonio Barrera, Celestino y Oscar Risso, José Navarro, Agustín y Luis Matienzo, Rodolfo Labourt y Julio Fernández Villanueva. Pero el enfoque es específico en el caso de Esteban Almeida, que un día se detuvo con sus amigos frente a la ventana de una casa en la que habitaba cierta moza preferida de su corazón. Buen cantor y guitarrista, comenzó junto a su coro una serenata entonada con los versos más sentidos:
 
Si a tu ventana llegase una paloma,
trátala con cariño que es mi persona

No pudo continuar, porque entre los barrotes de la reja apareció una escopeta apuntándole directo a la cabeza. Corteses, sus amigos convencieron al irascible tata de la joven sobre lo impropio de su actitud. Ya calmado, el hombre fue modificando  rápidamente su conducta: los hizo pasar y les obsequió con sendos vasos de un exquisito vino de su elaboración (3). Meses más tarde, la joven contrajo matrimonio con el improvisado serenatista. Lo que se dice, un final feliz.


Quedan en el tintero muchas otras estampas y personajes para detallar: las tertulias formales en las casa más distinguidas del vecindario, los lugareños montados a caballo que encendías sus cigarros de hoja en la llama de los faroles del alumbrado público, los cazadores de aves (patos, becasinas, batitúes y chorlos), los recordados vascos tamberos, o los bailes rancheriles que convocaban en sus pistas no solamente a los civiles de la comarca, sino también a los mismos “milicos” encargados de vigilarlos. Pero las que hemos desarrollado bastan para evocar una feliz época de sencillez, cuando la gente aún vivía de manera pausada y tranquila, en sintonía con los ritmos de la naturaleza.

Notas:

(1) Editorial El Ateneo, 1949.
(2) Los dibujos incluidos en la entrada son los originales del libro.
(3) La elaboración de vino casero fue una constante en los alrededores de Buenos Aires desde la época colonial hasta la década de 1970. El área costera del Río de la Plata al sur de la capital era una de las más importantes al respecto. Un censo vitícola del año 1950 señala la existencia de 49 productores artesanales sólo en el partido de Avellaneda. 


sábado, 6 de abril de 2013

Cafés, Fondas, Boliches y Bodegones en Puente Pacífico y Plaza Italia

No todos los nombres que les asignamos a los barrios de Buenos Aires son correctos. De hecho, algunos de ellos ni siquiera existen oficialmente. Sin embargo, nadie niega que hablar de “Congreso” es más preciso que referirse a Montserrat, o que “Once” tiene un significado geográfico mucho más específico que Balvanera, al menos en nuestros días. De ese modo, la costumbre de encontrar nuevas referencias dentro de los antiguos vecindarios ya constituidos creció a la par de la ciudad durante los últimos cien años. En esta entrada, justamente, nos vamos a referir a los locales gastronómicos que existieron en el pasado de dos zonas vecinas con características toponímicas del tipo señalado: Puente Pacífico y Plaza Italia, ambas pertenecientes al veterano barrio de Palermo.


Partamos entonces en nuestro viaje desde el punto que podemos observar en la foto de arriba: la intersección de la Avenida Santa Fe y las vías del Ferrocarril Central Argentino, donde hoy se ubica la estación Carranza. Por supuesto, la imagen no se parece en nada a su panorama actual, especialmente por el gran túnel automotor construido en las últimas décadas de siglo XX. Pero muy cerca de allí, hacia 1945, había un cine denominado Nacional, y junto a él un cafetín cuyo nombre se perdió en el tiempo, pero que sus parroquianos recordaron siempre por la profusión de mesas para jugar a las cartas, con paño incluido.  Otros sitios de la época sobre la Avenida Santa Fe fueron el Café Maldonado (4846), el café y restaurante Las Azucenas  (4820) y el Café Falucho (esquina SO de Humboldt). 


Algunas cuadras en dirección al centro, llegamos a la que en otros tiempos supo ser una encrucijada múltiple entre el arroyo Maldonado, la Avenida Santa Fe y el Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico (1), constructor en 1908 del viaducto ferroviario que terminó perpetuándose bajo la designación de “Puente Pacífico”. En la esquina NO de Santa fe y Juan B Justo se erigía un local que se remonta a la década de 1910, llamado La Paloma, famoso por su ambiente tanguero matizado con  reconocidas figuras de la vieja guardia de ese género musical. Y antes de cruzar el Puente Pacífico podemos girar la cabeza hacia otra esquina de gran importancia histórica, como lo fue la de Santa Fe y Luis María Campos (ex Camino de Las Cañitas). Ese lugar era el punto de un reducto célebre, conocido como  Café El Pino o Café del Agua Sucia. Curiosos rótulos para un comercio gastronómico, pero que tienen su sentido: el primero, porque en el fondo del terreno había una gran conífera visible desde varias cuadras de distancia, y el segundo, debido a una especie de gran charco de agua barrosa que se formaba, los días de lluvia, justo enfrente del café en cuestión. En la siguiente foto, La Paloma hacia 1959.


Plaza Italia es el otro punto de nuestro interés. El nombre del paseo fue consecuencia de la instalación del monumento a Garibaldi en la hasta entonces Plaza de Los Portones (2) La majestuosa estatua, donada a la ciudad por los residentes italianos, se inauguró el 19 de junio de 1904.  El lugar fue un sitio abierto al paso público desde muy antiguo, y su importancia se acrecentó a partir de la gran afluencia de gente a la primera Exposición de la Sociedad Rural Argentina, que se realizó en 1878. Siguió cobrando animación con la creación del Jardín Zoológico en 1890 y del Jardín Botánico en 1892. Siendo una zona de paseos familiares, la gastronomía no tardó mucho en hacer su aparición. Según el historiador Oscar Himschoot, uno de los primeros recintos del ramo fue el abierto en Santa Fe y Serrano como confitería, bar y casa de lunch, que sus propietarios Boniforti y Sánchez bautizaron como El Pedigree. Quizás rememorando la antigua denominación de la plaza, a pocos metros era sito el Café Los Portones. Y finalmente, ya en el límite que impone la intersección de Santa Fe con Scalabrini Otriz (antes Canning), estaba emplazado el bar Atenas, refugio de tangueros y malevos.


Sobre este último local, Himschoot recuerda que “uno de los habitués del Atenas era el Maco Milani, niño bien, que se destacaba como gran bailarín de tango (…) Llevaba de ladera a Joaquina Morán, interesante morocha que, además, era inteligente. Milani era pintón y distinguido, de peinado liso y de cutis blanco. Los años le dieron la biaba, porque terminó siendo un curda y perdiendo la línea. Así se escribía la historia por esos tiempos y se iba formando Palermo, mezcla de bacanaje y mistonguería, de laburantes y cafiolos, de mansiones y casa bajas…”

Notas:

(1) El reconocimiento popular como “Pacífico” de ese ferrocarril ha perdurado hasta hoy, sobreviviendo más de medio siglo a la nacionalización de 1949 que trastocó su gracia por “Ferrocarril General San Martín”. El propio Puente Pacífico es una prueba de ello, pero también podríamos agregar la Galería Pacífico de la calle Florida (el edificio perteneció a la empresa del FCBAP en sus primeros tiempos) y la estación “Mercedes Pacífico” de la ciudad homónima, identificada así para diferenciarse de las otras dos que posee esa urbe bonaerense: “Mercedes del Oeste” del FCO y “Mercedes del Trocha” (por trocha angosta) del FCCGBA. Aún hoy se levanta el viejo cartel nomenclador en la estación del Pacífico con la sigla aclaratoria P al final.


(2) El  antiguo nombre se debía a unos inmensos portones de entrada al Parque 3 de Febrero (creado en 1875) Daban frente a la actual Plaza Italia por Avenida Sarmiento y fueron demolidos en 1917.