jueves, 27 de diciembre de 2012

Viejos consumos en el cine nacional: Puerto Nuevo (1936)

Una típica línea argumental del cine clásico es aquella en la cual cierto individuo extremadamente pobre se ve repentinamente incluido en la vida de la clase social más rica y opulenta, casi siempre por motivos de carácter fortuito. Muchas obras del séptimo arte han aprovechado esa tradicional historia (que remite al viejo cuento de La Cenicienta) mediante una reconstrucción variable por los entornos, épocas y situaciones específicas que le dan marco en cada caso. Hoy vamos a repasar algunas escenas de Puerto Nuevo, un film argentino de la vieja guardia protagonizado por el excelente actor Pepe Arias y dirigido por los prestigiosos Luis César Amadori y Mario Soffici (1)


La historia, tal cual lo señalamos, recurre a la situación del indigente sorprendido por el toque de la fortuna en un modo completamente incidental. Como siempre, no vamos a abundar en la trama sino en las escenas que nos interesan desde el punto de vista de los consumos del pasado. Prácticamente al inicio de la película vemos  un abigarrado barrio de emergencia situado en alguna zona cercana al Puerto de Buenos Aires (2). Pronto aparece el protagonista paseando a su perro, y luego entra en escena un vendedor ambulante con su “carrito”, en cuyo interior podemos observar una serie de elementos cárnicos, algunos embutidos y una pequeña pero humeante parrilla. Un tosco cartel que reza “parrilla criolla” lo confirma plenamente.


Esta breve escena resulta una joya histórica porque remite al origen más primigenio de los célebres “carritos de la costanera”, esa modalidad gastronómica porteña que supo ser furor en diferentes épocas. Junto con otros documentos y testimonios incuestionables (3), el cuadro cinematográfico de marras pone de manifiesto la verdadera procedencia de tan peculiar método de servicio, asociado a los sectores menos favorecidos de la escala social, así como de su raíz netamente portuaria. Los dos personajes continúan charlando junto al comercio andariego por algunos instantes más.


Más tarde, a tono con el cambio de suerte que propone el argumento, vemos al inefable Arias disfrutando de un distinguido banquete en una fastuosa mansión de la época. Por supuesto, no falta el toque humorístico que evidencia la falta de refinamiento del humilde héroe de la historia. En determinado momento, un camarero le retira la entrada cumpliendo con los diferentes pasos del menú. Sorprendido, el buen hombre comenta: “aquí no se puede ni hablar; en cuanto uno se descuida le sacan el plato”.


Tras concluir la cena, el mismo grupo del banquete se dirige a un establecimiento bailable para divertirse. Lo que podemos ver entonces no es otra cosa que uno de aquellos legendarios cabarets de la ciudad, en este caso dotado de la mejor categoría disponible. Las escenas del caso nos muestran parejas bien vestidas danzando en la pista al compás de un tango, mientras el grupo de nuestro interés se encuentra sentado en una mesa ubicada en el sector del palco. En ella no falta la bebida asociada siempre a este tipo de entornos: el Champagne, posiblemente un francés genuino en virtud de la época, cuando los espumantes argentinos todavía no resultaban  numerosos en el mercado.


La escena final, otra vez dentro del barrio pobre, sirve para confirmar la zona en que transcurre la historia y le da nombre a la cinta, gracias al típico paredón costero de diseño inconfundible que supo erigirse desde la Dársena Sur hasta las inmediaciones del actual Aeroparque Metropolitano (inexistente en aquel entonces).


Así concluye esta antigua película filmada hace casi ochenta años, que nos ha servido una vez más para revivir antiguas formas y entornos de consumo en la Argentina del ayer.

Notas:

(1) Breve ficha técnica: “Puerto Nuevo”. Dirección: Luis César Amadori y Mario Soffici.  Guion: Luis César Amadori y Antonio Botta. Intérpretes: Pepe Arias, Alicia Vignoli, Charlo, Sofía Bozán, José Gola. Estrenada el 12 de Febrero de 1936.
(2) Efectivamente, para la década de 1930 había algunos asentamientos de ese tipo en la zona de Retiro, junto a la sección portuaria de referencia. Para los que no están familiarizados con el tema, el Puerto de Buenos Aires se dividía entonces en cuatro partes llamadas “secciones”. De norte a sur eran Puerto Nuevo, Puerto Madero, Riachuelo y Dock Sud.
(3) Además de las pruebas periodísticas y bibliográficas, muchas fotografías antiguas son útiles para testimoniar que en sus comienzos los carritos eran carros en el sentido literal y bien primitivo del término. Generalmente estaban situados en cercanías de los muelles para aprovechar la gran masa de trabajadores efectivos y de desocupados en busca de una “changa”. Con los años se fueron  trasladando a la costanera norte, donde obtuvieron celebridad y llegaron a ser restaurantes correctamente edificados. Hoy conviven allí algunos locales inmuebles con una nueva generación de carritos móviles. Las dos imágenes a continuación datan de las décadas de 1920 y 1930, aproximadamente.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Un revelador libro ferroviario de stock de 1898 8

A lo largo de siete entradas hemos visto la notable variedad de bebidas nacionales e importadas que el Departamento de Confiterías del Ferrocarril Sud despachó para el consumo en estaciones y trenes durante los dieciséis meses comprendidos entre Abril de 1898 y Julio de 1899. Pero hasta ahora  se trató siempre  de artículos presentados en botellas y porrones. Por eso, tal vez resulte una sorpresa saber que el texto de nuestro interés también incluye una larga lista de brebajes fraccionados en damajuanas y barriles. Ahora bien, ¿cuál es la explicación de esta modalidad tipo granel, cuya figura parece poco relacionada con el cuidadoso y esmerado servicio gastronómico ferroviario que venimos analizando? En realidad, esa presencia no debe sorprender en absoluto, ya que la venta por vaso, copa o jarra también era extremadamente popular en aquellos tiempos en los que se bebía copiosamente. Así, nuestro libro de stock no hace más que reflejar las costumbres de la época, aunque resulta notoria  la existencia del despacho suelto no solamente en materia de vinos, sino también en cognac, grappa, caña, ginebra, ajenjo, licores, aperitivos y vermouth. Hoy nos puede parecer insólita la presentación de ciertas bebidas en esos recipientes, pero lo cierto es que los grandes envases de vidrio y madera constituían un porcentaje muy importante del expendio gastronómico en los años finales del siglo XIX, muchas veces superior al de las propias botellas de litro o medio litro.


Antes de presentar el repertorio vale aclarar algunos puntos. Al lado de cada artículo se ubica una abreviación de la unidad de medida tal cual fue apuntada en el longevo libro que nos ocupa, es decir, lt en el caso de litro, dj en el caso de damajuanas y barril en el caso del roble. De todos modos, los precios están expresados siempre por litro, a fin de presentarlos de un modo comparativamente útil y con el propósito de resaltar, nuevamente, que una vez en confiterías y trenes, esos envases eran abiertos y servidos por copa, vaso o jarra (1). En las damajuanas, el importe se obtuvo dividiendo el valor total por el número de envases asentados y luego por diez  (el formato de diez litros era prácticamente el único en esa época). De todos modos, reconozco que en este caso tengo algunas dudas respecto a la objetividad de los valores, ya que encontré no pocas disparidades que no logro explicar.  Para ciertos ítems me he visto en la obligación de tratar de interpretar posibles errores de los empleados del FCS cuando volcaron los datos hace ciento catorce años. Bien o mal, ha sido la única manera de hacerlo. En varias llamadas numéricas, luego, añadí breves comentarios sobre los casos más notorios de ello.


Primeros veamos lo que corresponde a vinos, todos ellos en damajuanas,con sus denominaciones transcriptas de manera fiel al original.

Locomotora   (dj)                         0,45 (2)
Priorato  (dj)                                1,00
Seco  (dj)                                     0,90
Malbeck  (dj)                                0,45 (3)
Mendoza tinto  (dj)                       0,50
Mendoza blanco  (dj)                   1,00
Vino de Familias  (dj)                   0,55             

Y ahora continuamos con el resto de las bebidas. Los adjetivos  “común” y “ordinario” han sido tomados textualmente.

Caña blanca  (lt)                          0,80
Caña guindado  (lt)                      0,40
Caña durazno  (lt)                        0,60
Caña doble limón  (lt)                   0,60 
Cognac ordinario (barril x 50)      1,90 (4)   
Cognac común   (lt)                     8,00 (5)
Ginebra común  (dj)                     0,80
Grappa  (lt)                                  3,50      
Anís ordinario  (dj)                       0,30
Ajenjo ordinario  (dj)                    1,20
Amerital  (dj)                                1,10 (6)
Carabanchel común  (lt)              0,35
Bitter común  (lt)                          6,00 (7)
Fernet común  (dj)                       1,00
Vermouth común  (lt)                   3,00
Vermouth Torino  (lt)                   6,00 (7) 

Otra sorpresa ferroviaria, ¿verdad? ¿Quién no hubiera querido estar sentado en un coche comedor disfrutando una jarra de vino Locomotora, o una copa de ajenjo para sumirse en extrañas reflexiones? Ya lo hemos dicho antes, pero lo repetimos: estas cosas eran normales para nuestros bisabuelos, aunque nosotros sólo podamos imaginarlas como una especie de sueño lejano. Por fortuna, algunos testimonios del pasado nos permiten realizar tan grato ejercicio, aunque más no sea como pasatiempo…

                                                          CONTINUARÁ…

Notas:

(1) La pregunta obligada es cómo se establecía el precio de venta cuando se trataba de damajuanas o barriles, antes de que fueran abiertos y servidos de manera fragmentada. La respuesta es muy simple: del mismo modo que se puede establecer  hoy un precio y un margen de ganancia para una botella de whisky, o sea, haciendo un cálculo previo de las medidas.
(2) Si tenemos en cuenta el entorno de consumo, no se puede negar que el nombre era excelente.
(3) Esta es la más antigua referencia directa de puño y letra que conozco sobre el Malbec en Argentina. Sólo aparece asentado en un mes (Julio 1898) pero con una salida importante: 46 damajuanas.


(4) Afortunadamente, el empleado tuvo la gentileza de anotar la capacidad del barril, lo que me permitió calcular el precio por litro. Sólo se despachó una unidad en Septiembre de 1898 por un valor total de $ 95.
(5) Este importe contrasta fuertemente con el anterior, aunque no hay manera de saber si se trata de una equivocación, ya que es otro producto asentado en un único período mensual.
(6) No es el Aperital, mucho más conocido, ni se trata de un error de escritura, ya que en varios mese s aparecen claramente tanto uno como otro, bien diferenciados.
(7) También aquí me llama la atención que el litro suelto (tanto en bitter como en vermouth) sea más caro que una botella cerrada de marca reconocida.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Histórico gin tonic en el Casal de Catalunya: crónica de una degustación

En nuestra serie de entradas dedicadas a la degustación de productos añejos no siempre ocurre que se conjuguen estupendamente el lugar de reunión y los productos analizados. Pero esta vez sucedió exactamente así. Elegimos el prestigioso restaurante porteño Casal de Catalunya (1) para realizar la cata de dos joyas alcoholeras de la industria nacional, correspondientes a sendas marcas de gin elaboradas en la primera mitad del decenio de 1960: Royal Ludgate y Hiram Walker. En una breve reseña de las empresas involucradas podemos señalar, por ejemplo, que la Casa Dellepiane (responsable del Royal Ludgate por aquellos años) se fundó en 1898 como firma importadora, pero no fue hasta 1940 que lanzó su etiqueta de producción local  muy célebre en nuestra patria : el “cognac” Tres Plumas. La compañía continúa hoy en el mercado de la mano de la familia que le da nombre, a más de 113 años de su creación. Por su parte, Hiram Walker es una prestigiosa destilería de origen canadiense, actualmente controlada por el gigante francés Pernod Ricard. Por las décadas de 1950 y 1960 tenía su propia filial en Buenos Aires sobre la calle Rivadavia 620. Dos publicidades gráficas de los años cincuenta permiten  esbozar una idea del suceso que ambas marcas lograban en estas latitudes (2).

 
Las botellas de Consumos del Ayer fueron obtenidas vía Internet, como otras veces, y una rápida mirada nos permitió alcanzar la certeza de que ambos artículos habían sido embotellados en el primer lustro de la década de 1960 (3). Así lo confirmaron las estampillas fiscales, los tapones utilizados y otros datos visuales bastante claros para el ojo acostumbrado. La etiqueta del Hiram Walker contenía, además, una referencia de carácter incontrovertible: la leyenda ENV. 1964, indicativa del año de fraccionamiento. Íbamos a probar, entonces, dos ejemplares de gin argentino cercanos al cincuentenario de vida. Para ello convocamos a nuestro equipo regular de cata  (Enrique Devito y Augusto Foix), en esta ocasión ampliado con la grata presencia de un grupo de amigos altamente entrenados en los ejercicios del buen comer y el buen beber. Ellos son Jorge Martínez, Alejo Berraz, Alvaro Canella y el anfitrión Damián Cicero, factótum del excelente restaurante que nos cobijó y encargado de los sabrosos platos servidos al término de nuestro trabajo.
 
 
El proceso de apertura se llevó a cabo sin inconvenientes de ninguna índole, tras lo cual dimos paso a la degustación en dos formas rigurosamente separadas: primero, pequeñas medidas puras en vasos chicos, y luego, bajo la modalidad de gin tonic, en cantidades más generosas y con los vasos largos que corresponden al caso. Todos los presentes coincidieron en el buen estado de los prototipos analizados, llenos de aromas limpios y agradables, elaborados sin dudas con los mejores alcoholes nacionales de la época. Las opiniones generales coincidieron asimismo en destacar el semblante algo más alcohólico del Royal Ludgate, aromático y potente, frente al perfil clásico y elegante del Hiram Walker. Esa diferencia se reflejó también en la etapa del gin tonic, ya que el HW pareció quedar algo “tapado” por el sabor de la tónica y el limón, mientras que el RL mantuvo la silueta espirituosa que resalta su aroma particular.

 
Devito hizo hincapié en los estilos, uno más “argentino”, aromático y dulce (RL), y otro “purista”, fino y seco (HW). Berraz, en cambio, fue contundente al sentenciar que el Royal Ludgate era “más gin”, opinión suscripta por Martínez  de un modo menos terminante, ya que para él resultaba “con más presencia”. Canella, por su parte, dividió las aguas según la modalidad de trago, en virtud de que sus preferencias se inclinaron por el HW bebido solo y por el RL mezclado en gin tonic. No obstante, el grupo coincidió ampliamente en la calidad integral de los añejos productos, doblemente meritoria por esa misma razón. Ello nos llevó al siguiente interrogante: ¿habrán sido mejores, como norma general, los alcoholes argentinos de hace cincuenta años? No es sencillo afirmarlo, pero tal vez sea así en vista de las actuales dificultades para elaborar productos masivos de calidad con el permanente aumento de costos. Tampoco debemos olvidar que las décadas de 1950 y 1960 marcaron una “edad dorada” en la coctelería argentina, al decir de sus veteranos referentes, por lo que no resulta descabellado inferir un mejor nivel de bebidas espirituosas en general. Y también considero, según una opinión personal sostenida por mi modesta experiencia de investigación histórica, que ciertos rubros no muestran  hoy el mismo esmero productivo que existía en aquel entonces. Esa, creo, es la mejor explicación de por qué, sistemáticamente, encontramos en tan buen estado las bebidas y los tabacos de hace cincuenta, sesenta o setenta años, cuando a veces nos sorprendemos por lo mal que se conservan  productos idénticos que no tienen más de diez o veinte años de vida.


Así concluyó nuestra tarea en la elegante barra del Casal de Catalunya. Acto seguido pasamos a la mesa dispuesta especialmente para los sufridos catadores, donde alargamos la velada con buena comida y buenos vinos. Pronto vendrán más degustaciones en las que buscaremos, como siempre, captar los distintos momentos de la historia argentina a través de sus consumos cotidianos.

Notas:

(1) El Casal de Catalunya se sitúa en Chacabuco 863 del barrio de San Telmo. Es un restaurante enmarcado por un antiguo edificio construido hacia 1886 y reformado en 1927 dentro del estilo neogótico barcelonés. Su cocina se especializa en platos de mar, huerta y montaña, con predominio de pescados y mariscos en sofritos y cazuelas. Una mención especial merecen los cochinillos cocinados al horno, que llegan a la mesa tiernos y crocantes.


(2) Además, los avisos ayudaron a confirmar la antigüedad, ya que las ilustraciones coincidían casi perfectamente con nuestras botellas. Las pequeñas diferencias que hallamos se encuadraban con mucha lógica en  los años transcurridos desde la publicación de las propagandas (1953) hasta  la fecha de embotellamiento del Hiram Walker (1964) y, según creo, del Royal Ludgate.
(3) El vendedor señaló que las botellas provenían de un almacén del barrio de Mataderos cerrado hace pocos años. Allí, según su relato, quedaron  intactas  bebidas de todo tipo y edad, incluyendo muchos productos importados. Todo fue vendido en la web.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Europa en Buenos Aires: la Avenida de Mayo 3

La apertura de la Avenida de Mayo en 1894 vino a transformar definitivamente el perfil  chato y anticuado de la ciudad de Buenos Aires. La nueva arteria era un símbolo del progreso,  la modernidad y el lujo -tan propios de la época- pensada como paseo de recreación para la creciente aristocracia porteña. Sin embargo, a los pocos años se transformó en un gran polo hotelero que supo atraer  no pocas personalidades internacionales. Quizás hoy resulte difícil de creer, pero en las primeras décadas del siglo XX la capital argentina era considerada un interesante destino turístico y cultural, por el que pasaron figuras de la política, la ciencia y las artes como Georges Clemenceau, Jean Jaures, Anatole France y Vicente Blasco Ibáñez, entre otros. Paralelamente, la profusión de locales gastronómicos (señalados en las dos primeras entradas de esta serie) y la existencia contemporánea y geográficamente cercana de grandes tiendas al estilo de Gath y Chaves o A la Ciudad de Londres, no hicieron más que acrecentar la fama de una calle tan europea como cualquier similar de París o Madrid (1)


El período de esplendor de la Avenida de Mayo tuvo lugar entre 1910 y 1930, lapso que coincide con la plenitud ocupacional de los hoteles instalados. La historiadora Elisa Radovanovic, especialista en el tema, ha efectuado un completo estudio sobre los opulentos establecimientos del ramo afincados en la ronda que nos ocupa, del que extractamos y reseñamos los siguientes:

 
-Gran Hotel España: situado a la altura del 916 al 956, fue obra del arquitecto español José Arnavat dentro de un concepto claramente emparentado con los hoteles parisinos. Los testimonios de antiguos empleados aseguran que sus clientes eran personas realmente importantes, con una fuerte mayoría de españoles. Es  recordada la calidad de sus muebles, cortinados, alfombras y vajilla.
- Hotel Metropole: en este caso se trataba de un proyecto local creado por el arquitecto argentino Augusto Plou, inaugurado en 1899 en la esquina con Salta. Un detalle del avanzado concepto de su diseño era la composición de los cuartos, que podían ser transformados a pedido en departamentos independientes entre sí. Tales eran las comodidades que ofrecía que se hablaba de él como un lugar para residir permanentemente, ya que sus prestaciones superaban a las de las mejores residencias particulares.
- Hotel Majestic: enclavado en la esquina de Santiago del Estero, contaba con ocho plantas y llegó a ser uno de los más prestigiosos de la avenida. Albergó, por ejemplo, a la comitiva chilena arribada para los festejos del Centenario, al escritor Antoine de Saint-Exupery y a otros personajes de su tiempo. En 1931 quebró y pasó a manos del estado. Durante muchos años funcionaron allí dependencias de la DGI, luego AFIP.
- Hotel Castelar: el único que perdura en nuestros días con buena parte de su brillo original. Fue inaugurado durante la etapa tardía del fenómeno hotelero, en 1928, cuando algunos de los primeros establecimientos enfrentaban un lento pero sostenido ocaso. La obra pertenece a Mario Palanti (arquitecto) y José Pizone (ingeniero), quienes acuñaron la idea de este extraordinario edificio de doce pisos y tres subsuelos. Contaba con 200 habitaciones completas, comedor a la carte, grill room y bar americano, salón de fiestas y banquetes. Con el tiempo, su primitiva función de gran hotel internacional fue dando paso a un perfil de ocupación con predominio de pasajeros del interior del país. No obstante, como dijimos, sigue vivo y gozando de buena salud.


Otros hoteles importantes fueron  el París (esquina Salta), el Chester (altura 586), el Cazievel´s News (915), el Albión (1168), el Chile (1295), el Italia-América (916) y el Imperial (952), por mencionar sólo algunos de ellos. Entre todos, lograron darle a la calle que nos ocupa una fama perdurable, a pesar de la profunda declinación posterior a la los años cuarenta, cuando los grandes  exponentes del ramo desparecieron o pasaron a ser, en muchos casos, “hoteluchos” (2). Atrás quedaron los tiempos de viajeros famosos, de familias aristocráticas (que se instalaban durante meses  haciendo uso de una pensión completa de primer orden) y, sobre todo, de aquella reputación  legendaria.  Los tiempos pasaron, pero todavía sigue siendo una linda experiencia caminar la Avenida de Mayo y detenerse en sus riquezas edilicias, sus librerías, sus cafés y sus vidrieras. No será la de 1910, pero vaya si sigue siendo bonita a pesar de los años…


Notas:

(1) No hay que dejar de lado la inauguración del Puerto Madero entre 1889 y 1898 como un factor de incentivo para el arribo de turistas y hombres de negocios de todo el mundo. Ese hecho produjo un notorio incremento en la llegada de buques pertenecientes alas grandes compañías navieras europeas, que comenzaron a incluir a Buenos Aires dentro del privilegiado grupo de sus destinos  internacionales.
(2) Debe quedar claro que algunos de aquellos hoteles continúan funcionando como tales (el Chile, por ejemplo), pero de ninguna manera con el brillo de sus tiempos dorados. Sólo el Castelar ha logrado pervivir como un establecimiento de categoría.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Cigarros en tela de juicio 1

La ley argentina de marcas, promulgada en 1876, brindó por primera vez un cierto marco jurídico al ya entonces dinámico  sector  de  los artículos  de consumo masivo. Sin embargo, debieron pasar algunas   décadas  para  que  se  modificara la costumbre  de  ignorar  por  completo   esas reglamentaciones. Aun en los últimos años del siglo XIX resultaban frecuentes los conflictos al respecto, especialmente aquellos referidos a marcas de productos alimenticios, bebidas y tabacos, que eran, por cierto, los tres rubros más importantes de la incipiente industria nacional de antaño. Por el interés que presenta ese contexto tan particular, en dos entradas nos vamos a referir a sendos juicios entablados por falsificación e imitación de marcas de cigarros ocurridos hacia 1900, que concluyeron con sentencias diametralmente opuestas para demandantes y demandados. El primer caso tuvo su origen en 1898,   cuando la prestigiosa casa importadora William Paats, Roche y Cía se presentó ante la justicia denunciando la falsificación e imitación de marcas de cigarros toscanos llevada a cabo por la no menos acreditada fábrica rosarina de tabacos “La Suiza”, de Testoni, Chiesa y Cía.


Para empezar, veamos quiénes eran los protagonistas del litigio. El querellante W Paats, Roche y Cía, como dijimos, tenía una sólida reputación en el ramo importador (1). El 6 de diciembre de 1897 celebró con el gobierno del Reino de  Italia un contrato para la distribución y venta de sus tabacos en las repúblicas de Paraguay, Uruguay y Argentina por el término de cinco años. Vale señalar que desde los tiempos de la unificación italiana en 1861, la producción tabacalera peninsular era monopolio del estado, o sea que solamente éste se encontraba facultado para fabricar, comercializar y otorgar licencias de importación  relativas a cualquier artículo del ramo. Por su parte, la acusada manufactura  argentina de Testoni y Chiesa se había constituido como una de las más importantes del país desde su inauguración en 1890. A mediados de esa década contaba con una espaciosa planta de 3000 metros cuadrados para la elaboración y venta de sus productos en la calle Urquiza 1052 de la ciudad de Rosario y una sucursal en Buenos Aires sobre la Avenida de Mayo 646. La siguiente es una foto de su local rosarino, en el que producía numerosas variedades y marcas de cigarros, cigarrillos, picaduras y rapé.


Fue así que en 1898 el importador de marras se presentó ante la justicia denunciando que “los tabacos italianos son objeto de una vastísima falsificación en esta república, la que se elabora con tabaco ordinario de Tucumán, Misiones o Corrientes con una cubierta de Virginia inferior, vendiéndose esos tabacos a un precio inferior del legítimo, que varía entre un tercio y la mitad de su valor”. Luego asegura que “esta firma (Testoni y Chiesa) vende más de un millón de cigarros italianos mensualmente (…) La casa demandada, para ocultar su acción, ha imitado también la marca,  que por la forma adoptada en los paquetes, color del envoltorio, distribución de inscripciones y escudos agregados hace una confusión inevitable, sobre todo, para la mayoría de los consumidores italianos analfabetos”. Resumiendo, había dos imputaciones diferentes: una por falsificación y otra por imitación. Las pruebas de la parte acusadora habían sido obtenidas mediante el embargo llevado a cabo en la fábrica Testoni y Chiesa de Rosario, durante el cual se hallaron 952 paquetes con 47600 cigarros con etiquetas que llevaban la leyenda “Direzione Generale delle Gabelle” , denunciados como falsificación. Por otro lado, se secuestraron también 7522 paquetes con 336.100 cigarros denunciados como imitación, al igual que otros 308 paquetes con  15.400 cigarros iguales a los anteriores pero con estampilla de impuestos internos, es decir, que se hallaban próximos a su puesta en venta. Veamos ahora cómo era el rótulo italiano auténtico para el paquete de 50 toscanos, que constituía una marca registrada por los importadores exclusivos W Paats, Roche y Cía. en nuestro país con el amparo y la aprobación del propio Reino de Italia.


Y ahora observemos los rótulos utilizados por Testoni y Chiesa. El de la izquierda fue denunciado por falsificación, y el de la derecha por imitación de marcas de fábrica.


Exceptuando algún detalle (2), la etiqueta de la izquierda parece, en efecto, una falsificación muy evidente, a tal punto que  los precios son expresados en liras y no en pesos. Lo más increíble es que durante la causa se estableció fehacientemente la existencia de muchos otros manufactureros de cigarros que empleaban  etiquetas similares, y que éstas era impresas por encargo en cualquier casa de litografía de la época, o sea que tal práctica era común al momento del juicio. La ley de impuestos internos de 1895 había obligado a colocar el nombre y la dirección del fabricante en los envases de tabaco, pero es obvio que las falsificaciones continuaron existiendo, aunque en menor medida. El punto verdaderamente  interesante del juicio es que nos da una idea bien documentada y cronológicamente concreta sobre el enorme consumo de toscanos en los años finiseculares del XIX, así como de las triquiñuelas que utilizaban los fabricantes argentinos para “subirse” a la fama positiva del genuino cigarro italiano.


¿Cómo terminó la cosa? En una primera instancia, la justicia sobreseyó a Testoni y Chiesa por no haberse probado fehacientemente la falsificación (los acusados declararon que no vendían más cigarros con etiqueta italiana desde 1895, y que lo hallado en sus depósitos era un “saldo”) y por ciertas dudas en cuanto a los derechos de W Paats, Roche y Cía. para defender una marca extranjera. Sin embargo, apelada esa sentencia y luego de cuatro años de juicio y más de 900 fojas, la Cámara Federal revocó el fallo original y encontró culpables a Testoni y Chiesa de todos los cargos. La empresa fue condenada a pagar una multa de 500 pesos fuertes, mientras que las mercaderías secuestradas en 1898 acabaron siendo vendidas por subasta pública. Como si esto no fuera suficiente, tampoco pudo seguir utilizando la marca “La Suiza” para sus toscanos, ya que la misma fue finalmente rechazada por la Oficina Nacional de Marcas y Patentes.

                                                         CONTINUARÁ…

Notas:

(1) En la entrada del 1/11 vimos algunas publicidades de la firma en cuestión para la ginebra holandesa Real Holland y el bitter Secrestat.
(2) Evidentemente se trataba de una etiqueta diseñada a imagen y semejanza de la original italiana, aunque con un detalle que revela cierto anacronismo. Si se comparan el rótulo falsificado y el auténtico, ambos están encabezados por los nombres de distintas oficinas gubernamentales que controlaron de manera sucesiva el monopolio estatal de tabacos. Entre 1884 y 1893 lo hizo la “Direzione Generale delle Gabelle” (de impuestos), pero a partir del 7 de diciembre de 1893 pasó a la órbita de la “Direzione Generales delle Privative” (de privilegios del reino). Por lo visto, los fabricantes argentinos nunca se ocuparon de efectuar la modificación correspondiente.