miércoles, 28 de noviembre de 2012

El Diluvio de Magallanes

En una de las entradas fundacionales de este blog, hace casi un año, nos referimos a Roberto Payró y su libro La Australia Argentina. En aquella oportunidad aprovechamos la excusa literaria para analizar el consumo de un misterioso vino de la época, el Panquehua o Panquehue, aparentemente muy popular en ese rincón meridional de América durante los últimos años del siglo XIX. Pero no profundizamos demasiado en el resto de la obra, que constituye un invalorable testimonio de la vida en los rincones extremos de la república y de los sacrificios que  imponía la supervivencia cotidiana a sus habitantes, al igual que a todos los viajeros que hasta allí se arrimaban. Con un estilo directo y descriptivo, este gran escritor argentino logra atrapar la atención  a través de las peripecias sufridas por él mismo desde su salida de Buenos Aires en el vapor Villarino hasta la llegada al extremo sur del continente, pasando por varias escalas.

 
Desde el principio de la travesía (que tocaba Puerto Madryn, Puerto Santa Cruz, Gallegos, Ushuaia, Lapataia e Isla de los Estados, amén de algunos puertos chilenos) el cronista no deja de remarcar las deficiencias del sistema estatal de transporte (“insuficiente y hasta irritante”), cuya pobre calidad y baja frecuencia retrasaban el desarrollo de las incipientes poblaciones patagónicas, condenadas a esperar largos meses por el arribo de correspondencia, noticias y enseres elementales. Situación  bien diferente al activo sistema privado chileno, que no solamente ofrecía muchas más frecuencias de viaje, sino también una interesante variedad de destinos internacionales (1). Además, el servicio gastronómico dejaba mucho que desear, según asegura Payró  señalando que  no faltaba lo que nuca falta a bordo: las quejas de los pasajeros por la comida, pero esta vez con fundamento”. Luego se extiende en “la grasa patria, los huevos asentados y los guisos imposibles”, además del asado (que olía a cebo) y los dulces (que sabían a jabón). Su condición de periodista bastante reconocido le ofreció entonces la oportunidad de sentarse a la mesa del capitán Murúa junto con el ilustre Francisco P.  Moreno, “en la que brillaron las sopas instantáneas Maggi que llevaba el perito argentino para su expedición” (2)
 
 
Un punto del relato presenta interés especial por la descripción de una taberna marinera enclavada en la ciudad chilena de Magallanes (nombre original de Punta Arenas), cuya silueta pertenece definitivamente al pasado lejano. Se trata de El Diluvio, lugar de contraseña para toda la curiosa y extinta fauna humana de loberos, balleneros, mineros, buscadores de oro y “merodeadores de las costas” que sabían pulular por aquellos confines del mundo. El dueño era un catalán bajito, colorado y cabezón, que toca el piano con bastante habilidad, al decir del prosista que nos ocupa, motivo por el que muchas personas preferían pasar allí sus horas de ocio bebiendo un vermouth o un pisco y escuchando algo de música, en lugar de permanecer en los hoteles, donde había mayores comodidades (3).



 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Es que así era Punta Arenas hacia finales del XIX, bastante alegre y bulliciosa, tal cual lo relata el mismo Payró: “abundaban los restaurantes, los despachos de bebidas y los billares; no encontré una sola librería, ya que no merece el nombre de tal una taberna donde se vende papel y algún libro escolar” (4). Curiosa descripción de un poblado que “no es ni tiene por qué ser muy lector”. Bien al contrario, los cafés atraían a la vecindad  para pasar el tiempo, hablar de negocios y hacer vida social. ¿Quedará actualmente algún refugio gastronómico semejante, otrora tan común en los puertos de todo el mundo? No lo sabemos, pero podemos afirmar sin atisbo de duda que en El Diluvio, alguna vez, se entremezclaron el humo de las pipas, el sonido de las copas y  los acordes de un viejo piano.

Notas:

(1) El autor ofrece ejemplos concretos de líneas que tenían escala en Punta Arenas pero no tocaban ninguno de los puertos argentinos, condenados a esperar el paso del maltrecho transporte Villarino cada dos meses. Menciona a tal efecto las empresas PSNC (Pacific Steam Navigation Company), Lloyd Norte Alemán y Kosmos, entre otras, que ofrecían servicios quincenales y hasta semanales.
(2) Para el que suscribe resultó toda una sorpresa saber que ya en 1898 existían las sopas instantáneas, cuyo origen no dudamos en señalar como importado.
(3) Para esa época, mientras los hospedajes escaseaban terriblemente en el lado argentino, la hotelería florecía en el sector chileno. Propongo a los interesados en el tema leer el siguiente artículo sobre la oferta hotelera en la región desde 1870 hasta 1952:   http://www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0718-22442005000100001&script=sci_arttext
(4) Como curiosidad de la época, en 1896 se instaló en esa localidad la más antigua de las fábricas chilenas  de cerveza, de nombre Austral, propiedad del alemán Juan Fischer.


viernes, 23 de noviembre de 2012

Doscientos años de bebidas sin alcohol

Según refiere José Antonio Wilde en Buenos Aires, desde 70 años atrás, el primer antecedente patrio de las actuales bebidas sin alcohol fue el de los refrescos que se preparaban en almacenes y pulperías, con la salvedad de que no siempre carecían de algún ingrediente espirituoso (1). Según su valioso relato, las tres principales variantes eran  la sangría  (vino carlón, agua y azúcar), la vinagrada (igual que la anterior, pero con vinagre) y la naranjada, hecha con zumo agrio de naranjas. Este memorioso autor recuerda además que muchos tomadores le agregaban al final un vasito de caña, al decir de ellos, por ser “fresca”. No fue sino hasta la década de 1870 que aparecieron las primeras bebidas sin alcohol en la modalidad de refrescos, aguas y “tónicas” carbonatadas, aunque todavía sin ninguna  marca demasiado popular o dominante del mercado (2)


En efecto, durante buena parte del siglo XIX y las primeras dos décadas del XX existió una amplia y atomizada lista de fabricantes, muchos de los cuales producían  además licores y  vermouth. Es muy frecuente encontrar en añejas publicaciones periódicas los avisos de Fábricas de Licor o Fábricas de Soda, casi siempre vinculadas al almacenamiento o la distribución de vinos y cervezas. Era un completo sector de la industria y el comercio llevado adelante  por pequeños emprendedores del rubro de bebidas en la más amplia acepción del término (3). No obstante, al igual que con otros tantos productos, los años del cambio de siglo trajeron consigo el fenómeno de la concentración. En 1868, los hermanos Juan, Andrés y Pedro Inchauspe decidieron fusionar sus respectivas fábricas de soda en una sola (4), dando así el puntapié inicial para el nacimiento de toda una saga de marcas legendarias. En 1904, la empresa se mudó a las nuevas instalaciones de la avenida San Juan 2844 para continuar elaborando sus exitosas etiquetas, que se ampliarían en el futuro: Soda Belgrano, Indian Tonic Cunnington, Ginger Ale Cunnington, 2L lima-limón, Naranja Neuss y Pomelo Neuss. No queremos dejar de señalar un dato sobre la más antigua de ellas: durante los años treinta y cuarenta  se imprimieron chapas metálicas con la imagen de la botella y la frase “aquí hay soda Belgrano, la mejor del mundo”. Cientos de estos anuncios marcaron una época en las paredes de bares, fondas y almacenes de todo el país.

 
También en la década de 1900 se popularizó la Bilz, bebida de frutas creada por el médico naturista alemán Friedrich Eduard Bilz, que adoptó nombres comerciales como "Bilz-Brause" y "Bilz-Limetta". Comenzó a ser producida y comerciada por el empresario Franz Hartmann, y se la ofrecía como una bebida de características digestivas -casi medicinales-, tal como se observa en el origen de muchas otras gaseosas célebres. Con los años aparecieron nuevas empresas y marcas, entre las que destacamos a las recordadas Bidú Cola  y Pomona, al igual que las más recientes  Canada Dry o Pindy. Algunas permanecieron siempre, otras se fueron y regresaron, y otras partieron para no volver. Sin embargo, nunca se sabe: la moda del revival suele depararnos, de tanto en tanto, alguna grata sorpresa…

Notas:

(1) El hecho de tomar bebidas alcohólicas o de agregárselas a casi todo elemento líquido no significa que la población de ese tiempo estaba integrada por borrachos irrecuperables. En realidad, el agua no era entonces una bebida segura desde el punto de vista sanitario debido a la frecuente presencia de bacterias, mientras que los jugos de fruta o zumos de cualquier tipo no podían ser conservados ni envasados, lo que obligaba a consumirlos frescos. Por ese motivo, las bebidas alcohólicas eran populares no solamente por gusto, sino también porque su composición  las hacía seguras, confiables, prácticas y duraderas.
(2) En realidad, las aguas carbonatadas naturales ya habían sido descubiertas y envasadas de manera rudimentaria desde el siglo XVIII, pero no tuvieron difusión en nuestro medio hasta la segunda mitad del XIX.
(3) Como resabio de aquella pretérita rama de la producción nacional, aún hoy subsisten algunas fábricas de soda que elaboran sus propias marcas de gaseosas.


(4) Situación que se extendió hasta 1885, año en que Juan y Andrés se separaron de la sociedad, que quedó exclusivamente en manos de Pedro.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Nueva York, a 60 kilómetros de Buenos Aires

Un título como el de esta entrada despierta la curiosidad de inmediato, pero es necesario aclarar que la misma no tiene nada que ver con la “gran  manzana” del país del norte, sino con las doce manzanas que comprendía la otrora famosa calle Nueva York de Berisso. En efecto, ese pequeño núcleo urbano extendido a lo largo de seis cuadras (desde Valparaíso hasta Entre Muros)   llegó a ser considerado una ciudad en sí mismo por su ajetreada vida social y gastronómica, tanto de día como de noche. Además de los bares, restaurantes, cantinas, fondas y hoteles que allí existieron, la arteria de marras también fue célebre por sus locales nocturnos asociados a la prostitución y el juego. En definitiva, una composición de imagen relacionada con cualquier zona portuaria de los siglos XIX y XX en la que convivían barcos, marineros, industrias y trabajadores. Lo que se dice un amplio campo para el desarrollo de reductos especializados en comidas, bebidas y diversión.

 
Si bien ya existía un caserío desde 1810 merced al asentamiento de varios saladeros de carne, (Staples en 1810, Trapani en 1821, Juan Berisso en 1871, el saladero San Luis en 1879), el gran salto del progreso fue la inauguración del Puerto de La Plata en 1890. A partir de allí se sucedieron las típicas etapas que  marcan a los pueblos nacientes: loteos, construcción de viviendas, instalación de escuelas y apertura de comercios. En los inicios del siglo XX se produjeron  otros hitos al respecto, vinculados a la radicación de tres enormes plantas industriales: el frigorífico Swift (1904), el frigorífico Armour (1915) y la gran destilería de YPF (1923). La melancólica quietud que ofrece hoy el barrio en cuestión contrasta con la realidad visible en la foto siguiente, correspondiente a los últimos años de la década de 1920. En ella se observa la prominente figura del Armour al fondo y  la calle de Nueva York rebosante de vida, con sus tranvías y ómnibus junto a sus cafés, bodegones, almacenes, cigarrerías  y tiendas de ropa  (1).
 
 
Muchos testimonios hacen referencia a los comercios gastronómicos de la época de esplendor, que se extendió desde 1920 hasta 1970.   En  el  bar Sportman, por ejemplo, tocaba una orquesta de señoritas. En el “Bar de los Turcos” de Héctor Salim se vendían 480 sándwiches por día, consumidos ávidamente por la masa de obreros que entraba o salía de los frigoríficos en alguno de  sus tres turnos. Los memoriosos recuerdan especialmente a los trabajados rusos (2), que consumían profusamente grapa Mariposa (la de más alta graduación en ese tiempo), aunque la consideraban “un poco floja” y le agregaban pimienta. La noche era ciertamente movida, comparable con su equivalente de La Boca en términos de cantinas,  bailes, bullicio y negocios del pecado. El cabaret La Cambicha, según dicen, tenía 27 “pupilas” en muy buena forma, incluyendo la libreta sanitaria obligatoria en los tiempos de la prostitución legal. Otros rememoran los garitos como reflejo de la gran cantidad de dinero que corría por el barrio, al  punto de que alguien asegura haber visto una mesa de billar totalmente cubierta de billetes, y de los grandes.
 
 
Por supuesto, los vaivenes económicos del país sacudieron fuertemente a esa particularísima vecindad, dependiente en extremo de la vida portuaria y las industrias asociadas (3). A partir de la década de 1950, el fin del modelo agroexportador fue dejando lentamente sus cicatrices. La carne ya no era embarcada en cantidad y gran parte de las gigantescas instalaciones emplazadas con ese único  propósito empezaron a quedar obsoletas. La cronología es terminante: en 1969 cerró el frigorífico Armour y en 1983 hizo lo propio el Swift. Hacia comienzos de la década de 1990, en el marco de las políticas privatizadoras de ese período, la destilería de YPF redujo drásticamente su dotación de personal. Mientras tanto, los negocios iban cerrando, la gente emigraba y los tiempos se modificaban de un modo implacable. Y aunque la Nueva York de hoy, con su soledad y sus cortinas bajas, es objeto de no pocos (y loables) proyectos de revitalización de la mano de la cultura, es indudable que nunca volverá a ser la misma (4). Lo que sí podemos hacer, por suerte, es recordarla como era en sus años dorados.


Notas:

(1) A diferencia del resto de la ciudad de Berisso, la arteria de referencia no se encuentra ubicada en las cercanías del puerto, sino directamente dentro de él. Para quien  no conoce la zona, los canales laterales este y oeste marcan el límite portuario platense. Nuestra Nueva York se encuentra entre el canal este y el Dock Central.
(2) La numerosa  masa de trabajadores extranjeros, sumada al personal de los barcos de ultramar, convertía a la calle Nueva York en una verdadera comunidad cosmopolita. Allí convivían italianos, españoles, eslovenos, búlgaros, rusos, griegos, croatas, turcos, lituanos e ingleses, entre otros.
(3) Además de conocer personalmente la zona y de haberla caminado recientemente, el autor de este blog tuvo  la oportunidad de charlar sobre el tema con algunos vecinos de Berisso. Todos ellos  señalan que la enorme mayoría de la población activa trabajaba en la destilería o en los frigoríficos.


(4) Independientemente de los proyectos del área cultural, el viejo edificio del Armour ha sido reciclado para la instalación de un polígono industrial que, de hecho, ya funciona. Pero lo dicho sobre la imposibilidad de revivir el pasado es evidente: por más industrias que allí se alojen, los hábitos de vida han cambiado demasiado. A modo de ejemplo, los obreros ya no viven en las cercanías de sus lugares de trabajo, como antes, mientras que la operación marítima y portuaria está sujeta hoy a normas de seguridad que limitan fuertemente las diversiones en tierra de los marineros, tan comunes en otras épocas.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Un revelador libro ferroviario de stock de 1898 7

No por nada se llama Belle Epoque al período comprendido entre 1890 y 1914. Esa calificación, creada para definir un lapso de fuerte crecimiento económico capitalista en Europa, tuvo su correlato en casi todos los países de Occidente, incluida la Argentina. Considerada decadente en muchos aspectos y progresista en otros, la belle epoque ofrece un sinnúmero de testimonios sobre su existencia cronológica. Uno de ellos, por ejemplo, es nuestro libro de stock del FCS, que hasta ahora nos brindó bastantes datos sobre la jerarquía y variedad del servicio gastronómico en coches comedores  y confiterías de aquel  ferrocarril. Pero esta vez llega una entrada que seguramente provocará el asombro por la impactante cantidad de vinos importados, muchos de los cuales se cuentan aún hoy entre los más prestigiosos del mundo.   La   lista   que presentaremos no sólo resulta fastuosa por cantidad y diversidad, sino por la presencia de marcas mitológicas que constituyen buena parte del “olimpo” enológico mundial.



















Como para tener un parámetro de comparación muy certero, recomiendo a los lectores que no lo hayan hecho remitirse a la entrada anterior de la serie (publicada el 20/9), en la que volcamos una escueta nómina de vinos argentinos, cuya pobreza numérica nos obligó a incluir las presentaciones de ½ botellas, cosa que normalmente no hacemos. En esa oportunidad aclaramos que tal estrechez respondía a la realidad de la industria vitivinícola argentina de fines del siglo XIX, todavía en una etapa de crecimiento y consolidación. Y también anticipábamos el fuerte contraste que se presentaría frente al catálogo de productos importados. Pues bien, ahora le toca el turno a ese lujoso pelotón de botellas foráneas.


Elegimos en primer término los vinos franceses blancos y tintos de Burdeos y Borgoña, algunos asentados por sus marcas (los más caros y prestigiosos) y otros por su sola apelación de origen. Todos ellos, salvo una excepción que será debidamente aclarada, corresponden a la botella de litro.

St. Julien                                   3,00
St. Estephe                               1,75
Cote Superieur                          2,00
St. Emilion                                  3,50
Moulin a Vent                            1,75
Chablis                                      6,00
Volnay                                       6,00
Beaune                                      5,00
Pommard                                   1,85
Recommandé                            1,50 (1)      
Recommandé ½                         0,80 (1)      
Chateau Biré                              3,50
Chateau La Rose                       3,50
Pontet Canet                              5,00
Chateau Margaux                      4,00
Chateau Lafite                           8,00

De este primer repertorio surge (sumando todas las unidades desde Abril 1898 a Julio 1899) que el amplio e indiscutido favorito era el Recommandé, en sus presentaciones de medio (14.851 botellas) y de litro (4.805 botellas),  motivo  por  el  cual  hicimos  la prerrogativa antedicha e incorporamos el envase chico para conocimiento de su éxito. Ahora le siguen los vinos de otros orígenes europeos, a saber:

Italiano Barbera                          3,00
Italiano Chianti                            4,00
Rioja                                           1,50
Priorato                                      1,40
Vino del Rhin                              3,00

Y finalmente la lista de vinos dulces, licorosos y generosos,  seguida  por  la  de champagne, siempre en pesos, por botella grande  y con la misma denominación  textual que aparece en el libro:

Chateau Yquem                          8,00
Sauternes                                   4,00
Barzac                                         3,50
Haut Sauternes                           1,75
Moscato Italiano                          2,60             
Marsala Florio                             5,50 (2)
Jerez Romet                                7,50
Jerez Amontillado                        9,00
Oporto Ramos                             8,75
Oporto “Genuino”                       9,00
Oporto Lágrima Christi              10,75
Oporto Commendador                9,00

Cordon Rouge                           12,00 (3)
Mumm                                        12,00 (3)
Pommery                                   14,00
Roederer                                   12,00
Clicquot                                     12,00


¿Qué tal? Nada menos que 37 etiquetas de vinos extranjeros con algunas  opciones accesibles y otras alternativas lujosas, como para dejar satisfechos a todos los viajeros. Ya lo dijimos alguna vez: el ferrocarril del Sud (como otros de la época)  no dudaba en ofrecer lo mejor para su servicio de a bordo, en vistas de que el tren era entonces  monarca absoluto en materia de viajes terrestres. Sólo los transatlánticos se mostraban capaces de emular su confort, velocidad y confiabilidad, cosa que duró algunas décadas más. En la próxima entrada de la serie pondremos a consideración todas las bebidas que llegaban a los puntos de despacho (confiterías y trenes) en la modalidad “granel”, es decir, en damajuanas y barriles. Porque de eso también había…


                                                            CONTINUARÁ…

Notas:

(1) El término Recommandé (que en francés significa “recomendado”) o simplemente Recomandé fue muy utilizado desde 1900  hasta 1930 por las bodegas argentinas como una denominación genérica de tipo comercial, al igual que “vino para familias”. Existió también una marca homónima explotada por Luis Tirasso, de la bodega Santa Ana, alrededor del año 1910. Ninguno de los dos casos tiene que ver con el vino asentado en el libro, que indudablemente procedía de Francia (certeza que obtengo a través de varios indicios que sería muy engorroso enumerar) y tal vez era embotellado en forma  exclusiva para el FCS. De hecho, los ferrocarriles de entonces importaban por sí mismos muchos artículos. En anteriores y futuras entradas de este tema se pudieron y podrán apreciar varios productos de origen europeo (gin, whisky, té, caramelos, dulces, especias, aderezos, etc.) que evidentemente  llegaban al país sin intermediarios. Y seguramente algo similar ocurría con el vino francés más vendido en trenes y estaciones. Para graficar lo dicho con un testimonio incontrovertible, aquí van un par de imágenes de una antigua botella de gin Burnett del año 1947, con una estampilla en la base de la botella que declara “Importado directamente por el departamento de Confiterías del Ferrocarril Sud”.


















(2) No confundir con la bodega argentina del mismo nombre, fundada recién en la década de 1920. Lo que se consumía en 1898 era el acreditado Marsala siciliano auténtico, elaborado por el establecimiento Florio de Italia desde 1833.


















(3) Posiblemente sea el mismo producto asentado con dos denominaciones diferentes, ya que existe un Cordon Rouge de Mumm.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Publicidades con verso del siglo XIX

El grado de profesionalismo y sofisticación de la publicidad  moderna es realmente notable. Empresas enteras se dedican a ello en modo permanente, además de conformar el motivo central de diferentes carreras universitarias diseñadas específicamente para su aprendizaje. Ya no se trata sólo de vender un producto determinado, sino de toda una rama de la actividad económica y del conocimiento humano. Casi  no podríamos concebir el mundo actual sin una importante carga publicitaria que ocupa amplios espacios en los medios de comunicación, en la vía pública y en casi todos los ámbitos de la vida. Pero la realidad era bien distinta hace poco más cien años, cuando no existían los agudos mensajes de nuestros días y las propagandas se limitaban, casi siempre, a la cándida exposición de los datos fundamentales de los productos (1). Así y todo,  ya entonces había excepciones que anticipaban la revolución publicitaria del siglo siguiente. De aquel ingenio  destacaremos hoy algunos mensajes gráficos aparecidos en la Argentina durante las dos últimas décadas del siglo XIX con la modalidad  “en verso”, muy en boga por la época. Todos ellos están concentrados en el rubro de las bebidas, como veremos en un ejercicio de regresión temporal que, según creo, será bastante divertido.


El primer reclame corresponde a la ginebra holandesa “Real Holland” y su importador W Paats, Roche y Cía, una prestigiosa casa introductora de aquel tiempo (2). Dejaremos a criterio de cada lector de este blog el juicio sobre la calidad  literaria de las distintas composiciones, pero anticipo que algunas de ellas pueden generar la hilaridad  inmediata a los ojos y oídos de nuestra época actual. En efecto, no se puede dudar de que los gustos culturales han cambiado mucho desde entonces, si tenemos en cuenta que el remate del anuncio expresaba lo siguiente:

Si yo fuera el Poder Ejecutivo
o tuviera con el mucha influencia,
habría de eximir de todo impuesto
a la casa que importa esta ginebra

Un poco más logrado en cuanto a su rima fue el texto elegido para promocionar el Vino Marsala Extra de Felipe Profumo y Cía, de acuerdo con el aviso que presentamos a continuación:

¡Bien se fastidia el demonio!                                                     
cuando mi mujer es mala,
le doy el vino Marsala
y hay paz en el matrimonio.

Dos prestigiosas bodegas mendocinas también dejaron constancia de esta manera tan primitiva como simpática para promover sus marcas de vinos. De todos modos, considero que las respectivas estrofas  difieren bastante en cuanto a calidad. Pero insisto: no entraré a juzgarlo. Que cada uno decida de acuerdo con sus preferencias. El primero, correspondiente a  la vieja bodega Trapiche de la familia Benegas, hacía su manifiesto bajo el título “Discurso Vinícola”.

La mortandad, señores,
arroja cada vez cifras menores,
es porque con los vinos de El Trapiche
no hay bebedor que espiche.

Mientras tanto, Miguel Escorihuela seleccionó esta rima para su otrora célebre vino El Aragonés:

La Pilarica me ha dicho
que no se debe beber
otro vino que no tenga
la marca El Aragonés


















Volvemos otra vez a la casa W Paats, Roche y Cía, que por lo visto realizaba fuertes inversiones en materia publicitaria, en este caso relativa al afamado Bitter Secrestat.

Del Bitter Secrestat una copita
tomando a medio día y por la noche,
resuelves el problema de la vida,
vistes con elegancia y te das corte.

Otro Bitter, pero nacional, el San Martín, ponía a consideración de los consumidores del pasado algo muy particular, cuya imagen y texto traen a colación lo dicho anteriormente sobre el profundo cambio de gustos culturales (un verdadero abismo) acaecido en el transcurso de un siglo. ¿Cómo se consideraría hoy un aviso como éste?

Con el bitter San Martín
se abre tanto el apetito
que el señor Don Agapito
se comió a su chiquitín.


















Y quise dejar para el final mi favorito, sin ningún lugar a dudas. En un tiempo como el que corre, donde todo parece tener que ver con la imagen exterior, bien vale recrear la pieza elegida por Bardera  y Cía. para su selecto Vermouth Buenos Aires. Tanto el mensaje en sí mismo como el contenido visual nos ponen frente a una antigua conducta que parece haber sido completamente extraviada: la capacidad de disfrutar las cosas sencilla y despreocupadamente, sin pensar tanto en la figura. Aquí va, para finalizar, este sabio testimonio de aquellas queribles publicidades con verso.

Es tan bueno este vermouth
que el sujeto más delgado
una vez que lo ha probado
engorda como un mamouth.



Notas:

(1) Cuando alguien tiene la oportunidad de analizar con detenimiento una buena cantidad de viejos avisos en medios de la época, salta a la vista la precariedad con que se hacían las cosas. A modo de ejemplo, esta propaganda de la muy prestigiosa cigarrería y fábrica de tabacos de Manuel Méndez de Andes pone de manifiesto que los anuncios eran publicados sin ningún tipo de mirada o corrección previa. Las dos joyitas en su texto están señaladas con flecha roja, pero las anticipamos: son las “cigarrekas” y los “cigarros habonos

(2) Muy pronto tendremos oportunidad de tener una nueva referencia sobre W Paats, Roche y Cía, que hacia 1900 se vio obligada a presentar una demanda por falsificación e imitación de marcas en cigarros toscanos.