miércoles, 29 de agosto de 2012

Un legendario oporto argentino de la vieja guardia: crónica de una degustación 1

¿Puede una añosa y desaparecida marca de vinos ser calificada como “legendaria”? Desde luego que sí, cuando el que emplea ese calificativo posee pruebas para sostener semejante adjetivación. Y ciertamente creemos tenerlas, tanto como para asegurar que nos referimos a  un producto emblemático del segmento de los vinos dulces con una trayectoria de ochenta años en el mercado nacional. Y ello, sin contar su generosa presencia en infinidad de testimonios y registros del pasado, desde  libros contables hasta publicidades y obras de la  literatura patria. Así tal cual fue el Vino Cordero, un proverbial artículo de consumo que logró perdurar en las estanterías del comercio vernáculo desde mediados del siglo XIX hasta similar período del XX, lapso en el que obtuvo el reconocimiento público como vino de postre argentino por excelencia.


En 1867, Francisco Cordero comenzó  a comercializar un vino dulce al estilo de los  célebres licorosos europeos que tanta aceptación tenían en el mercado nacional (1). Eran los tiempos en que oportos, marsalas, jereces y moscateles resultaban casi indispensables para las buenas mesas argentinas. Incluso se les atribuían  propiedades cuasi medicinales para todo tipo de malestares estomacales y respiratorios. De hecho, un eslogan típico de la marca en cuestión a lo largo de su historia tenía que ver con el tema, y decía: “El Vino Cordero vigoriza y fortalece. Para postres, banquetes, tertulias, casamientos y bautizos. Por su pureza es un vino ideal, de sabor exquisito y aromático”.   Tal mensaje perduró por ocho décadas  con  ligeras  modificaciones,  tanto  en  las publicidades como en la propia etiqueta. En sus buenos tiempos bastaba pedir “un Cordero” para que el interlocutor -mozo, pulpero, almacenero  o  dependiente  de cualquier local gastronómico del país- supiera de qué se le estaba hablando.
 
 
Para destacar la celebridad y el prestigio que lo acompañó durante su dilatada vida conviene empezar contrastando algunos hechos. Cuando la etiqueta hizo su aparición pública, la industria vitivinícola argentina estaba en pañales. La mayoría de los vinos eran comunes y se fraccionaban en barriles para su despacho directo a la venta. El Cordero, mientras tanto, era envasado en una sólida botella de vidrio adornada por  la vistosa etiqueta que pronto se hizo famosa. En ese orden de cosas, nunca fue un vino barato: su precio se acercaba a los de varios artículos similares del Viejo Mundo. Desde el punto de vista de los testimonios documentales que ya analizamos o que analizaremos oportunamente en este blog, lo encontramos en las siguientes ocasiones:

1898: libro de stock del Ferrocarril Sud, a $ 4,50 la botella de litro
1927: guía comercial del Ferrocarril Provincial de Buenos Aires, a $ 0,40 la copa. (2)
1938: guía comercial del Ferrocarril Sud, a $ 0,40 la copa
1943: revista y catálogo “La Cooperación Libre” de El Hogar Obrero, a $ 2,25 (litro) y $ 1,35 (1/2 litro)

Pero la cosa no se agota allí. Durante todo ese período también era frecuente verlo en los principales medios gráficos de noticias y actualidad, como Caras y Carteas o PBT. Sus propagandas alternaban cándidos mensajes alusivos a reuniones familiares con otros de tono humorístico, en los que no faltaban  las   caricaturas políticas y los versos. Famoso, por ejemplo, fue el anuncio del año 1907 que mostraba una personificación del presidente José Figueroa Alcorta durante una cena con la leyenda: entre ustedes la navidad pasar, en La Haya yo prefiero, por eso voy a brindar, por la Argentina primero,  y el suculento manjar,  de  la  “Frutilla  al Cordero”. (3)  Precisamente, fue entre las décadas de 1890  y  1920  que  la  marca  alcanzó su  cenit  de reputación, popularidad y ventas. Hacia 1930 su estrella comenzaba a declinar lentamente, pero la obtención de un premio en la Exposición Industrial Argentina de 1933 y  1934  le  dio  un  nuevo  impulso,   como  lo evidencian  varios folletos alegóricos impresos para la ocasión  (4). Dos últimos datos refuerzan la fama positiva que tenía el producto. En la comedia ¡Al Campo! de Nicolás Granada, estrenada en 1902, una  escena  presenta  a  la  protagonista femenina intentando suicidarse mediante la ingesta de “Solución de Buffach y Vino Cordero” (5). Finalmente, en el año 1900, el propio Francisco Cordero se presentó ante la justicia junto con varias prestigiosas firmas de bebidas por un sonado caso de falsificación de marcas que involucraba a un  tal Generoso Mosca. Otros querellantes eran Gerónimo Bonomi (por Amaro Monte Cúdine), Otard Dupuy, Cusenier, los hermanos Branca (por Fernet Branca) y H. Secrestat (por Bitter Secrestat) (6).  El hecho da una idea bastante certera de los productos a los que se equiparaba el Vino Cordero.


Bien, la cuestión es que el responsable de este blog pudo hacerse de una botella genuina y cerrada del caldo de marras, cuya fecha de producción se ubica en algún punto del decenio de 1940. Por supuesto, el manjar líquido fue debidamente degustado y analizado por  nuestro eficaz equipo de cata. Pero necesitábamos una entrada previa para profundizar sobre la historia de este mítico vino dulce argentino. La crónica concreta de la degustación estará aquí muy pronto.

                                                            CONTINUARÁ…

 Notas

(1) Todo indica que Cordero nunca tuvo una bodega propia, sino que era una especie de négociant  que compraba vinos en Cuyo (especialmente en San Juan) y los fraccionaba en Buenos Aires. La creación vinícola de su autoría tuvo un éxito formidable que lo sobrevivió por mucho tiempo, ya que falleció el 25 de Julio de 1903. Sus herederas (esposa e hijas) continuaron en  la actividad  por al menos cinco décadas más.
(2) Señalado en la entrada del 30/10/2011
(3) En 1907, Roque Sáenz Peña encabezó la delegación argentina en la Segunda Conferencia de La Haya sobre Derecho Internacional, en representación del presidente.
(4) A partir de 1871, cuando ganó la primera medalla en la Exposición Nacional de Córdoba, el Vino Cordero obtuvo numerosas distinciones en exposiciones locales e internacionales. Su etiqueta y contraetiqueta se caracterizaban por la profusión de imágenes y mensajes relativos a tales logros.



















(5) La Solución de Buffach era un potente insecticida de la época. Evidentemente la escena satiriza el método de suicidio, porque la mezcla combina algo tóxico con un producto reconocido como una delicia.
(6) El fallo se dictó el 21 de Mayo de 1900. El acusado Mosca fue declarado culpable y condenado a pagar una multa de quinientos pesos.
 

viernes, 24 de agosto de 2012

Viejos consumos en el cine nacional: La mentirosa (1942)

Ya hemos dicho alguna vez que los Consumos del ayer atañen  no sólo a los alimentos, las bebidas y los tabacos en sí mismos, sino también a las industrias que los elaboraban y a los entornos en los cuales se hacía dispendio de ellos. En ese orden de cosas, solemos analizar algunas  modalidades del comercio gastronómico que tuvieron su época de esplendor en  los tiempos pasados. En mayo del presente año, por ejemplo, nos referimos a la particular  manera de servicio conformada por los “bares automáticos” que llegaron a proliferar en las principales ciudades de la Argentina durante las décadas de 1930 y 1940. Lo fugaz de esta curiosa usanza comercial  hace que sean francamente escasos los documentos y testimonios al respecto, pero la paciencia del investigador (sumada a  la suerte) siempre tiene su recompensa. Y no ha sido otro que el cine nacional el encargado de dejar una invalorable huella visual y dinámica de ello a través de La mentirosa, un film del año 1942 protagonizado por la recordada actriz Niní Marshall en su inefable interpretación de “Catita”. (1)


La historia está centrada en aquel célebre personaje  femenino y su novio, quienes se ven envueltos en distintos enredos por causa de su propensión a decir mentiras sin  medir en absoluto las consecuencias. Promediando la película, la pareja ingresa en un bar automático para comer algo liviano. La imagen general del local es breve, al igual que toda la escena completa (no llega a dos minutos), pero suficientemente elocuente como para observar en detalle ciertos artilugios propios de  los negocios en cuestión, en especial los cilindros vidriados tipo “espiral” empotrados en la pared. Es entonces cuando el protagonista masculino coloca una moneda en la ranura y hace que el mecanismo entre en funcionamiento, llevando su pedido (un sándwich) desde el nivel superior hasta la salida.
 

Acto seguido, y como es de esperar, Catita hace de las suyas mientras se pone a golpear la pared a la voz de “¡oiga, diga, esto es una vergüenza!”, en clara postura de reclamo por una supuesta falla del mecanismo. Lógicamente, todo es una treta que hace honor al título de la película, ya que ella no colocó ninguna moneda. A pesar de todo, la jugada le sale bien y un mozo accede cortésmente a introducir, de su propio bolsillo, el correspondiente valor en la ranura. Catita, triunfante, se deleita con el bocado mal habido en base a sus artimañas.


Su novio, sorprendido por lo bien que le salió la triquiñuela, intenta hacer algo similar para procurarse una bebida gratis. Se acerca al grifo expendedor y comienza a golpear la pared  repitiendo el grito: “eh, diga, esto es una vergüenza!”. Pero la suerte de la pareja concluye en ese mismo momento, puesto que se abre una de las aberturas y aparece  un empleado del local  que sentencia en tono poco amigable: “¡no se haga el vivo, que lo estoy mirando desde aquí atrás! (2)


Fracasado el intento de estafa, el muchacho no tiene más remedio que hacer efectivo el pago solicitado y sólo entonces logra retirar su bebestible. Luego, la pareja se acerca a una mesa alta en el centro del recinto y continúa charlando por algunos instantes más, que son los últimos de la escena.


Mucho tiempo ha transcurrido desde que los bares automáticos desaparecieron. Hoy existen nuevas modalidades de autoservicio, pero lo lindo es que podamos evocar  este peculiar y pionero modo gastronómico de antaño, especialmente si lo hacemos a través de una querible pieza del viejo cine argentino.

Notas:

(1) Breve ficha técnica: “La mentirosa”. Dirección y guion: Luis César Amadori. Intérpretes: Niní Marshall, Miguel Gómez Bao, Pablo Palitos, Juan José Piñeiro. Estrenada el 12 de junio de 1942.
(2) Es probable que los bares automáticos hayan estado  muy expuestos a ese tipo de reclamos, sobre todo en el caso de los “avivados”. No es descabellado inferir que la reiteración de tales episodios fue, entre otras, una de las causas de su posterior desaparición.

domingo, 19 de agosto de 2012

Europa en Buenos Aires: la Avenida de Mayo 1

Al decir de muchos, es la más europea de las arterias sudamericanas, en la que se mezcla el estilo francés de la perspectiva visual con la esencia hispánica de su espíritu. Tuvo épocas de elegancia fastuosa, como un  símbolo de la riqueza que disfrutaban  las clases altas de la sociedad argentina. Pero también fue escenario del acervo cultural porteño y de no pocos enfrentamientos políticos. En sus veredas contrastaban  hoteles de lujo y opulentas confiterías con peñas literarias, teatros y comités partidarios. Casi todo podía verse y oírse allí, en la Avenida de Mayo, esa que supo abrirse paso en medio  de  una  Buenos   Aires  todavía  chata  y  colonial. La que albergó el primer subterráneo de Sudamérica. La que elegían las damas del centenario para lucirse con la última   moda  de  París.  La que generó importantes grescas entre republicanos y falangistas durante la triste época de la Guerra Civil. La que atesoró siempre el mayor contenido gastronómico auténticamente español. La de los bares, los restaurantes, las cigarrerías y los hoteles. La que ha sido, en definitiva, un pedazo de Europa en Buenos Aires durante casi ciento veinte años.


No está demás apuntar que este tradicional paseo fue abierto a partir de una demolición parcial que atravesó  por  el  medio  a  las  diez   manzanas comprendidas entre Rivadavia e Hipólito Yrigoyen, desde Bolívar hasta Luis Sáenz Peña (1).  El proyecto original data del año 1869, pero la obra comenzó en 1883 con la aprobación definitiva del trazado y fue inaugurada en 1894. Desde entonces, la   Avenida  de  Mayo  supo   ser  una  meca gastronómica  asociada  a  las  tradiciones  culturales  del  Viejo  Mundo y a  los acontecimientos históricos de nuestra república. En ese orden de cosas, su lista de bares, cafés, confiterías, restaurantes y hoteles es más que larga, pero trataremos de señalar los más típicos y recordables por mérito propio.  Descendiendo numéricamente, es decir, de oeste a este (como le gusta caminarla a un servidor), los testimonios nos hablan del Bar Avenida (1493), el Café Berna (1460), la Confitería  del  Centenario (1347), el Café del Siglo (1313), el bar La Puerta del Sol (1164), el American Bar (1084), el café La Armonía (1002), el Café Gaulois (899), el  Café  Latino  (729), el  Café Madrid  (701), la Cervecería Keller (651) , el bar La Cosechera (625, 850 y 1200, según las épocas) y los cafés La Nueva Prensa (587) y La Prensa (564), entre tantos otros que adornaron sus aceras más que seculares.

En el Gaulois (más tarde rebautizado Café Central), Julio de Caro estrenó el tango Mala Junta (2). El café La Armonía, fundado en 1899 por los hermanos Caneda,  era conocido por servir el mejor chocolate con  churros  de  la  ciudad,  y  también  fue llamado “café de los cómicos” por la presencia constante de actores y actrices que interpretaban ese tipo de rutinas. A  la  altura  del  1208  se encontraba el Café Español, al que concurrían tanto franquistas como republicanos. Los historiadores Oscar Himschoot y Ricardo Ostuni señalan que “los enfrentamientos solían terminar  a  sillazo  limpio, botellazos y cuanto objeto contundente se tuviera a mano”.  En el Bar Avenida (1493) se reunían los periodistas de Crítica, el recordado diario de Natalio Botana. Asimismo hubo, en la arteria que nos ocupa, varias cervecerías. Además  de  la  mencionada Keller, también se recuerda otra de nombre Berna, establecida en 1923 por Daniel Calzado y cuya especialidad gastronómica era el singular Emparedado Berna: un sándwich de lomito con anchoas. Por su parte, la confitería La Victoria, en la esquina noroeste de Chacabuco, fue pionera en servir la sidra en balón.


Ahora bien, llegado este punto, muchos se preguntarán: ¿que hay del Tortoni, de Los 36 Billares, del Hotel Castelar  y de ciertos restaurantes casi legendarios  situados aún hoy en las inmediaciones? A no desesperar, que la  presente  es  sólo  la primera de tres entradas destinadas  a  completar  el   tema. La  próxima  versará   sobre   los   sitios tradicionales que lograron subsistir hasta el presente, y la última acerca de  todo lo que tiene que ver con la hotelería de lujo, tal vez la faceta histórica menos conocida de nuestra Avenida de Mayo.

                                                              CONTINUARÁ…

Notas:

(1) La concreción del proyecto fue un avance del progreso para la ciudad, pero también dejó su tendal de víctimas de la picota. En lo que hace a la gastronomía, uno de los caídos fue el “Café Ristorante di Milano con Alloggio", ubicado frente a la Plaza Lorea (es decir, en el extremo oriental de la actual Plaza Congreso). Las siguientes son dos fotos del curioso edificio estilo “castillo” que albergaba al comercio de marras. En una se puede ver el frente del negocio y en la otra se aprecia una vista panorámica de la Plaza Lorea con el tanque  que servía para el abastecimiento de agua corriente en un amplio sector de la metrópoli. La flecha marca el edificio de referencia, ubicado exactamente en la franja donde  pasa hoy la Avenida de Mayo.


(2) Así como la Avenida Corrientes resultó ser tanguera por excelencia, la Avenida de Mayo tuvo muy pocos reductos dedicados al género musical porteño. Desde el punto de vista artístico, siempre estuvo más ligada a los teatros de la zona y no tanto a la música. No obstante, además del mencionado De Caro, contó con la asistencia esporádica de algunos personajes de la talla de Roberto Firpo, quien recordaba  un trabajo que tuvo en cierta confitería ubicada, según sus propias palabras, “enfrente del Pasaje Barolo” (2a). De acuerdo con su añoranza comenzó tocando sonatas, romanzas y valses en el piano, pero un día convenció al dueño de interpretar un tango acompañado  en bandoneón por su amigo Bachicha. El resultado fue tan sorprendente como paradójico: si bien el  evento convocó a una  ruidosa  y   nutrida  concurrencia,  también   hizo  huir a  las  familias tradicionales que poblaban el lugar, motivo por el cual los músicos resultaron despedidos de inmediato.
(2a) El Pasaje Barolo es una galería que comunica  la Avenida de Mayo con la calle Hipólito Yrigoyen a través del edificio Palacio Barolo. Esta bellísima construcción, inaugurada en 1923, fue en su momento la más alta de Buenos Aires. Hoy se realizan allí visitas guiadas. Tiene una página web propia: http://www.pbarolo.com.ar/


martes, 14 de agosto de 2012

Esa foto tiene una marca

Así como el poder testimonial de las fotografías resulta enorme a los fines del periodismo gráfico, suele suceder que las imágenes dejen   registro   de   hechos puramente simples y cotidianos, no tan trascendentes como los acontecimientos    políticos, sociales, culturales y deportivos de la historia. Y también ocurre que   esas   instantáneas, irrelevantes a primera vista, no lo sean tanto,  y  que  podamos encontrar en ellas valiosos datos de época incluidos casi sin querer. Así, fotos familiares o callejeras sacadas con el más humilde propósito amateur terminan resultando valiosas  para  la  investigación del pasado. En ese contexto, muchas fotografías pretéritas esconden curiosidades que permiten recrear la popularidad de diferentes marcas comerciales, como lo demuestra la presencia absolutamente casual  de carteles, propagandas y envases  en añosas instantáneas. Por ese motivo, hoy le vamos a dedicar la entrada completa a un puñado de  estampas  en  las  que  antiguos  emblemas  del  comercio  se  “colaron”  en forma  involuntaria. En el primer caso no hace falta aclarar nada respecto de los rótulos señalados con flecha, puesto que se trata nada menos que del chocolate Nestlé y  la cerveza Quilmes. Pero no deja de ser curiosa la circunstancia de la toma: dos empleados ferroviarios posando junto a tres niños (tal vez sus propios  hijos) en el andén de una pequeña estación argentina de ferrocarril.


El segundo caso presenta características diferentes, que traen a colación lo dicho anteriormente sobre el carácter episódico y casual que adquieren los testimonios fotográficos. Se trata de un documento periodístico que refleja el accidente ocurrido en la ciudad de Mar del Plata entre un tranvía y un colectivo de la empresa Explanada-General Pueyrredón, promediando la década de 1940. En el frente del primer vehículo se puede observar el clásico anuncio de los cigarros Avanti con el sencillo pero efectivo mensaje: “fume Avanti” (1) (2)


Luego  continuamos  con  una  fracción  de la panorámica obtenida en el viejo Puente Pueyrredón que cruza el Riachuelo, mirando hacia Avellaneda. En aquellos años (circa 1930)  la cantidad y  variedad  de  vehículos  que  lo cruzaban era ciertamente importante, tanto como la profusión de carteles propagandísticos. Y entre ellos destacamos el del legendario Amaro Monte Cúdine,   aperitivo  elaborado  por  Bonomi Hermanos desde el año1885 en base a la fórmula tradicional que combina vino con extractos de diferentes hierbas (3). Muchos años antes,  a finales del siglo XIX, otra instantánea que inmortaliza  los alrededores del mítico Mercado del Plata nos permite ver una modalidad tipo “pasacalles” de uso muy común entonces. A pocos metros de la esquina (posiblemente las actuales Perón y Carlos Pellegrini) se aprecia desde atrás un letrero semicircular con la leyenda “pidan Licores Cusenier”.


Para finalizar nos internamos en un antiguo bar porteño, donde un pequeño grupo familiar disfruta de una notable variedad de bebidas. De una vista atenta y ampliada concluimos que la imagen es muy rica en materia de marcas (4), pero nos quedamos con dos de ellas:  la  botella  de  Pineral  en la mesa y el cartel de la cerveza Palermo Estrasburgo en el mostrador. Viejos nombres que seguiremos recreando en este blog, porque para eso estamos…


Notas:

(1) La historia de esta marca fue analizada en dos entradas subidas durante los meses de Noviembre y Diciembre de 2011.
(2) Avanti tenía tres o cuatro consignas para sus publicidades, que repitió durante décadas mientras modificaba los diseños. Algunos de ellos fueron el mencionado “fume Avanti”, así como otro que rezaba “Avanti, cuanto más se fuman más gustan” o el más sencillo de todos, en el que simplemente aparecía la marca junto al precio sugerido al público, con el aditamento “el mismo cigarro y el mismo precio en toda la república”.


(3) El antiguo edificio de la empresa Monte Cúdine en la Avenida Belgrano 2280 fue reciclado y puesto en valor hace algunos años para la instalación de una galería comercial del ramo de los muebles.


(4) Se pueden observar también publicidades y envases de Toddy, pastillas Volpi y whisky Johnnie Walker, entre otras. La botella sobre la mesa a la izquierda parece ser de Chinato Garda, otra gloriosa marca de antaño, pero no puedo afirmarlo con absoluta seguridad.

jueves, 9 de agosto de 2012

La vitivinicultura del centenario 1

No muchos argentinos saben acerca de lo bien que se presentaba el futuro para nuestra patria en 1910, cien años después de su creación. Los festejos del centenario tuvieron como marco a un país que se había vuelto pujante  en todos los órdenes, luego de largas décadas de desencuentros. La  primera  década  del  siglo XX  resultó  ser contemporánea al enriquecimiento de la república en base a un modelo agroexportador, a la afluencia masiva de inmigrantes europeos y al poblamiento y explotación de las regiones más ricas de nuestro territorio. Mientras tanto, los antiguos enfrentamientos se habían atenuado, la  política  se había  vuelto  una práctica pacífica y los acuerdos proliferaban.. En esa coyuntura económica y social tan favorable florecía una industria del vino no menos prometedora, que comenzaba a cobrar dimensiones realmente importantes frente al desafío de ofrecer productos de buena calidad y proveer el suministro necesario para la creciente población. La introducción de variedades europeas de uva en 1853, el arribo del ferrocarril a las tierras de Cuyo en 1885 y la masiva llegada de pobladores extranjeros - algunos deseosos de producir vino y muchos de consumirlo - habían acelerado considerablemente el fenómeno, como lo demuestra el siguiente cuadro comparativo.


Evolución del viñedo argentino entre 1872 y 1910
(cifras expresadas en hectáreas)

1872                      3.650
1888                    25.654
1895                    33.459
1907                    55.529
1910                  121.137

En los primeros años del siglo XX ya existía una importante oferta de vinos finos, generalmente imitaciones de algunos productos europeos que constituían la base del consumo de las clases acomodadas, junto a una fuerte importación de los vinos  franceses  más  famosos. Además se elaboraban vinos de menor valía destinados a las clases menos pudientes, pero todos los registros hacen suponer que las etiquetas más modestas de la época eran significativamente superiores a sus similares de cincuenta o sesenta años después. Los indicios sobre esa actividad vitivinícola de hace cien años resultan sorprendentes por la cantidad de circunstancias comparables a las actuales. No deja de asombrar, por ejemplo, el amplio predominio de las variedades finas por sobre los cepajes comunes, con el Malbec a la cabeza de las tintas y el Semillón reinando entre las blancas. Los viñedos también rebosaban de Cabernet, Verdot, Pinot Noir, Torrontés y Sauvignon, como exponentes emblemáticos de una clara y genuina intención de producir vinos respetables. El marcado interés en experimentar con nuevas variedades de calidad  es una circunstancia de la época históricamente incuestionable; bien puede afirmarse que el abanico ampelográfico tan propio de los viñedos argentinos empezó a gestarse durante la primera mitad de esa década de 1910, cuando no faltaba mucho para que entraran en escena más cultivares prestigiosos como el Merlot, el Syrah y el Chardonnay. Otra acentuada semejanza con la industria de hoy es la proliferación de nuevos establecimientos, especialmente por el carácter pequeño, artesanal y familiar de muchos de ellos, en contraste con la tendencia al gigantismo que caracterizaría al sector a partir de la Segunda Guerra Mundial.


Producción de vino por cantidad y capacidad de bodegas, año 1910
(en todo el territorio nacional)

2564  bodegas de menos de 500 hectolitros:       16.725.719 litros
468  bodegas de 500 a 2000 hectolitros:             28.492.319 litros
165  bodegas de 2000 a 5000 hectolitros:           41.230.369 litros
125  bodegas de 5000 a 20.000 hectolitros:      112. 197.406 litros
25  bodegas de 20.000 a 40.000 hectolitros:       73.638.426 litros
10  bodegas de 40.000 a 80.000 hectolitros:       50.099.316 litros
2  bodegas de más de 100.000 hectolitros:         41.229.237 litros

3361  bodegas                                                     363.602.792 litros

Pero también se perciben, en otros sentidos, diferencias abismales. El virtual monopolio de las provincias cuyanas en materia de vinos estaba lejos de materializarse durante los primeros decenios del siglo XX. Aunque Mendoza y San Juan se situaban en primer lugar en las estadísticas (con una sorprendente similitud de hectáreas dedicadas a la vid), existía un importante desarrollo en otras provincias que décadas más tarde acabarían por desaparecer del mapa vitivinícola nacional, como Entre Ríos y Buenos Aires. Algunas regiones actualmente reconocidas, en cambio, apenas daban sus primeros pasos en la actividad y su presencia en las estadísticas era casi marginal. Tal es el caso de Río Negro y Neuquén, que hacia 1910 atesoraban sólo 557 y 24 hectáreas de vid, respectivamente, frente a las 596 de Santiago del Estero o las 333 de Santa Fe.


En esa realidad dinámica y esperanzadora, no obstante, se estaba gestando el germen de la lucha entre calidad y cantidad. Un informe privado de 1912 ya señalaba que los 400 millones de litros de vino producidos en el país apenas constituían la mitad de las necesidades de consumo para los habitantes de aquel tiempo, cálculo basado en la prudente estimación de los requerimientos de la dieta del argentino normal: un mínimo de medio litro diario. Así, no eran pocos los viñateros entregados incipientemente a producir vinos de uvas criollas con el propósito de aumentar rápidamente el volumen, si bien  todavía  eran  poco  frecuentes  los  vinos elaborados únicamente en base a variedades comunes. Lamentablemente, en contraste, empezaba a ser normal la práctica de cortar los vinos de Malbec, Cabernet, Pinot o Semillón con esos caldos de calidad inferior, como señala el informe del doctor Pedro Arata publicado en el año 1905. Todo esto se producía en medio de un verdadero frenesí por encarar la  producción  y  abastecer al anhelante mercado doméstico, al punto tal que la superficie dedicada al cultivo de la vid en todo el país se duplicó entre 1907 y 1910.

Distribución del viñedo argentino, año 1910
(cifras expresadas en hectáreas)

Mendoza                     48.500
San Juan                     48.432
Catamarca                    7.129
Entre Ríos                     4.875
Buenos Aires                 3.256
La Rioja                         3.245
Córdoba                        1.594
Salta                              1.121
San Luis                        1.105
Otras provincias            1.880

 TOTAL                     121.137


                                                         CONTINUARÁ…

sábado, 4 de agosto de 2012

Aceite de oliva en la casa del Virrey Liniers

Pocos productos alimenticios están  tan asociados a la historia de los pueblos mediterráneos como el aceite  de  oliva. Por  ese  motivo, no  es  difícil encontrar referencias  sobre  su  consumo en el pasado  de  nuestro  país. Como contrapartida, el hallazgo objetos relacionados al artículo en cuestión  resulta  muy  infrecuente, comparado  con  la abundante existencia de botellas de vino, cerveza y ginebra  preservadas o incluso comercializadas en el mercado anticuario. También es generosa la cantidad de vajilla que atesoran  los diferentes museos argentinos y que da cuenta de muchas de las costumbres gastronómicas locales durante los siglos pasados. Pero de recipientes aceiteros, más bien poca cosa, a no ser por un  descubrimiento arqueológico efectuado hace poco tiempo  a escasos metros del centro mismo de la ciudad de Buenos Aires, en lo que fuera la casa de Don Santiago de Liniers, titular del Virreinato del Río de La Plata entre 1807 y 1809 (1).


Allí, en el antiguo patio colonial de la propiedad, un equipo de arqueólogos argentinos realizó excavaciones durante los primeros meses del año 2012. Luego de varios  intentos infructuosos, los especialistas lograron dar con una cuadrícula tipo “yacimiento”  muy rica en materia de viejos objetos de la vida cotidiana. En ese orden de cosas  se exhumaron dedales de cobre, monedas, amuletos, piezas de vajilla (como un plato de mayólica portuguesa) (2) y hasta una tijera, con fechados que oscilan entre los siglos XVII y XIX. Ocurre que la añosa finca del barrio de San Telmo tiene un pasado muy complejo, como lo explica el arquitecto Daniel Schávelzon, quien señala que “sabíamos que la casa había sido muy alterada y lo confirmamos con los cimientos hallados: debajo de la casa que habitó Liniers había otra más antigua, que a su vez había sido construida encima de otra original, posiblemente emplazada en el siglo XVII.” Pero lo más interesante de todo, a los efectos de este blog, fue el pico de una botija o tinaja  utilizada para transportar y almacenar aceite de oliva. Ciertamente, el exquisito y natural derivado de las aceitunas era un artículo bastante  popular en las colonias españolas por herencia y tradición cultural. Además, se trata del producto oleico más fácil de extraer a partir de su materia prima, incluso con métodos rudimentarios como la molienda manual que se sirve de prensas de piedra (3).


Los mismos recipientes  eran empleados para el transporte de las propias aceitunas o de almendras, frutos secos, vinagre y vino. Pero la experiencia de los arqueólogos pudo precisar el origen exacto de la pieza (o mejor dicho, del fragmento de pieza) y los propósitos precisos de su utilización hace más de doscientos años, cuando la Argentina todavía no era tal. Ahora restan los cuidadosos procesos de restauración necesarios para todos los objetos hallados en las excavaciones, que  incluyen  largas horas de búsqueda de fragmentos coincidentes, limpieza, pegado, clasificación y archivo. Tal vez un día los habitantes de la ciudad tengan finalmente su Museo Arqueológico en un espacio donde todas esos pequeños y preciados tesoros de nuestro pasado puedan ser exhibidos a la comunidad.


Notas:

 (1) La Casa del Virrey Liniers está ubicada en Venezuela 469, en el barrio de San Telmo. Frecuentemente se realizan allí exposiciones y diferentes eventos culturales relacionados con la historia argentina.


(2) Los arqueólogos no tienen dudas sobre ese origen, ya que se trata de un tipo de cerámica con esmalte a base de estaño que comenzó a producirse en Europa a partir de la ocupación  morisca. Data de un período comprendido entre los años 1600 y 1650.


(3) A diferencia del maíz, el girasol o la soja, que requieren de procesos intrusivos, altas temperaturas y  solventes para la extracción oleosa, las olivas sólo deben ser prensadas para lograr el mismo fin. Por esa razón es uno de los aceites naturales más antiguos utilizados en el mundo occidental.